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Análisis:Ola de violencia xenófoba en Suráfrica

Negrofobia en Suráfrica

Un columnista negro escribió esta semana que era un error atribuir la brutal violencia desatada contra inmigrantes africanos en Suráfrica a la xenofobia. El problema es de "negrofobia, el odio a los negros", escribió Andile Mngxitama en City Press, un periódico cuyos lectores son casi todos negros.

Pero no el odio de los blancos a los negros, sino del odio a los negros por los negros; específicamente, el de los negros surafricanos hacia los negros que no son surafricanos.

Han muerto por lo menos 43 inmigrantes africanos en los barrios marginales de Johannesburgo, la ciudad más próspera del continente africano, a manos de personas que, hasta no hace mucho, fueron las víctimas del sistema de opresión racial más deliberadamente despiadado del mundo. En algunos casos los quemaron vivos, en otros los degollaron. Más de 10.000 inmigrantes -de países como Zimbabue, Malawi, Mozambique, Somalia y Nigeria- se han refugiado en comisarías o en iglesias en un intento de escapar a la ola de salvajismo desatada contra ellos. El Gobierno del presidente Thabo Mbeki ha condenado duramente los ataques y, en un reconocimiento del descontrol imperante, ordenó el miércoles que el Ejército entrara en los barrios de más alta tensión.

Los surafricanos compiten con los extranjeros por los mismos trabajos

Suráfrica es hoy como el Salvaje Oeste de Estados Unidos en 1870

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¿A qué se debe esta perversa negrofobia en un país donde, por lógica histórica, deberían de ser los blancos el objetivo de la ira negra? Porque la verdad es que nunca se han visto incidentes raciales de manera sistemática contra los blancos en Suráfrica. Ni hoy, ni durante la época más dura del apartheid, el sistema que no sólo negaba el voto a la mayoría negra, sino el acceso a los mejores trabajos, las mejores zonas residenciales, los parques, las playas; les condenaba a niveles de educación, de salud, de vivienda muy por debajo de los de los blancos, que poseían en aquellos tiempos (1948 a 1994) quizá la mejor calidad de vida del planeta. Y si los negros se rebelaban, los mataban o los encarcelaban; como hicieron, durante 27 años, con Nelson Mandela. Sin embargo, el movimiento armado de liberación que fundó Mandela, y que el Gobierno blanco denominaba "terrorista", nunca tuvo como política atentar contra blancos "inocentes"; ni siquiera contra políticos, mucho menos contra periodistas. Hubo casos excepcionales de militantes que pusieron una bomba en un bar, o en un supermercado, pero a lo largo de más de 30 años de existencia las cifras de hechos "terroristas" del Congreso Nacional Africano de Mandela estuvieron muy por debajo de las de ETA o el IRA, cuyas causas (casi todo el mundo estará de acuerdo) no partieron nunca de injusticias ni remotamente tan apabullantes como las que vivieron los negros durante el apartheid.

Entonces, ¿por qué la negrofobia? Obedece fundamentalmente a factores económicos básicos. Muy básicos.

Imaginemos que la ola de inmigración que se ha visto en España en los últimos 15 años hubiera coincidido con un desempleo del 40% entre los nativos. En ese caso, el debate sobre la inmigración se hubiera formulado aquí de manera menos sosegada. En Suráfrica, el 40% es la cifra real de desempleo, casi toda correspondiente a la población negra. El número de inmigrantes africanos que viven actualmente en Suráfrica supera los cinco millones. Van a Suráfrica por el mismo motivo que vienen a Europa, o que los mexicanos, salvadoreños y nicaragüenses emigran a Estados Unidos. Suráfrica es, en términos relativos, la superpotencia africana, un país cuyas estadísticas macroeconómicas le sitúan entre las economías emergentes admiradas por el Banco Mundial.

Suráfrica hoy es como lo era el Salvaje Oeste de Estados Unidos en 1870. Una tierra de tremenda energía y oportunidades donde la vida es barata y la ley, difícil de imponer. El dilema de los inmigrantes, especialmente la mayoría que procede de Zimbabue -cuya economía ha sido destrozada por el régimen de Robert Mugabe- consiste en que a las posibilidades de trabajo, de buscarse la vida mejor que en el desierto en el que se ha convertido su país, se suma un clima generalizado de peligro. Suráfrica tiene los índices de homicidio más altos del mundo para un país que no está en guerra. Con o sin inmigración, existe una durísima cultura de violencia.

Muchas veces el problema consiste en que los inmigrantes no sólo compiten con los surafricanos por los mismos trabajos, sino que lo hacen en desigualdad de condiciones. El apartheid fue un sistema que de manera muy bien pensada concedió a los negros una educación muy inferior, precisamente para que no pudieran competir con los blancos por los mejores trabajos. En Zimbabue, hasta que Mugabe entró en una especie de enloquecida decadencia más o menos al mismo tiempo (1994) que Mandela llegó al poder en Suráfrica, el nivel de educación para la mayoría era netamente superior. En Nigeria lo sigue siendo. Con lo cual, si un empresario surafricano debe elegir entre emplear a un surafricano pobre y negro o un zimbabuense pobre y negro, lo más probable es que opte por el zimbabuense, que además -como todos los nuevos inmigrantes en todos los lados- seguramente se entregará a su trabajo más que el nativo. Porque no tiene nada más.

Con lo cual la negrofobia, en los sectores más resentidos de la población negra surafricana, ha ido in crescendo. Porque esto no es nuevo. Ha habido incidentes aislados, asesinatos de extranjeros africanos como los que se han visto esta semana, durante al menos tres años. No sólo en Johanesburgo sino también en Durban y Ciudad del Cabo. La presión está ahora sobre el Gobierno surafricano, y las propias comunidades negras donde se ha ido creando tensión, para que esto no vaya a más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de mayo de 2008