PERDONEN QUE NO ME LEVANTE

Lo más frágil

Si no me equivoco, en Madrid está por empezar la Feria del Libro, y me resulta fácil desde Beirut, y quince días antes -precisamente porque es Beirut y porque necesito del futuro-, cerrar los ojos y extender en mis párpados una representación del Retiro en fiesta de historias, de letras y de personas que escriben y personas que leen. Desde aquí, en lo frágil, lo perdido, no saben cómo aprecio las costumbres inamovibles, los lugares que permanecen… Ni saben cómo sé, porque lo he vivido de un tiempo a esta parte, la facilidad con que perdemos hasta la más insignificante de nuestras certezas.

Aquí, en Sodeco, cuando sólo había tanques guardando la conjunción con la calle Damasco, pero todavía no habían empezado a matarse unos metros más arriba, yo solía ir al cine un par de veces al mes, a una multisala que sigue existiendo, pero que está vacía, como el centro comercial que la hospeda, porque no nos atrevemos a cruzar la calle ni a meternos en una sala oscura. Pero ahora mismo memorizo hasta los aspectos más banales de la multisala, el malhumorado portero que gruñía a quienes llegábamos demasiado tarde y extendía ostensiblemente el grueso cordón de terciopelo granate, acabado en pompones, para prohibirnos el paso. Hoy las barreras son otras, y echo en falta al inofensivo cancerbero.

Así es como lo cotidiano se desvanece, o pierde su inocencia, o se transforma brutalmente cuando los hombres deciden retroceder a la caverna y entrar en la espiral de destrucción material que si se inicia es porque antes fueron asuntos más importantes los que se laminaron: los valores de civilización, de convivencia, de autocontrol, de reconocimiento del otro, de autocrítica… Tantas fibras sensibles que, tejidas, formaban una red sobre la que podía caminarse con relativa tranquilidad, ahora se han deshilado -o más bien han sido segadas brutalmente-, y el entero andamiaje que propiciaba la vida cotidiana ha empezado a derrumbarse.

No sé qué habrá ocurrido cuando ustedes lean esto. Si estaremos en paz, en tregua de guerra, en guerra sin tregua o en paz descansen. Una cosa sí sé. Lo que ya ha muerto, muerto está. No es cierto el mito de la reconstrucción. No es verdad que las personas partamos de cero. No es moral -es profundamente inmoral, en efecto- decir, como le leí hace poco a un sinsustancia, que no hay nada más bonito que ver cómo busca la felicidad una víctima de la guerra. No hay nada más doloroso. No hay nada más aberrante que tener que buscar la felicidad, la reconstrucción del propio ser, cargando con sus muñones, sean morales o físicos. Una vez escribí que no hay dolor inútil, y claro que me estaba refiriendo a penas de amores y otras emociones igual de secundarias, en comparación con la supervivencia. Porque el dolor parido, el dolor sin vuelta que produce la violencia, ése todos deberíamos poder ahorrárnoslo.

La gran lección libanesa que el mundo debería aprender no consiste en el despliegue de estrategias geopolíticas de sus facciones, ni en las facilidades que ofrece para el análisis del funcionamiento de las injerencias extranjeras en la región de Oriente Próximo, ni en la siempre fascinante historia de cómo un país del tamaño de Asturias puede multiplicarse en los abismos. Brindando todo eso y mucho más, la verdadera y amarga lección de Líbano es, sin embargo, hacernos saber que el odio, estiércol de una siembra permanente que garantiza el crecimiento de varias memorias selectivas y sesgadas, es el mejor instrumento con que cuentan los instrumentalizadores de conflictos, los verdaderos asesinos, los que raramente mueren pero siempre mandan matar.

Y su triunfo más asqueroso es que aceptemos la aniquilación de la pureza de aquello que hasta ahora nos amparaba.

No me resigno a dejar de ir al cine de mi barrio. Pero no puedo atravesar la calle, y meterme sola en un centro comercial, y buscar a un portero gruñón que ya no ocupa su puesto, ni ver una película que no proyectan.

Hoy hace un año de la lucha en Naher el Bared. Y creo que también entonces evoqué aquí la Feria del Libro.

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