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Análisis:EL ACENTO

El último vuelo de Tempelhof

La madre de todos los aeropuertos, como lo llamó Norman Foster, el legendario Tempelhof, está pronto a recibir y despedir su último vuelo, antes de que termine el año.

El 24 de junio de 1948, el que entonces era el único aeropuerto de Berlín veía aterrizar el primer DC-3 norteamericano con toneladas de carbón y munición de boca. Era el comienzo del puente aéreo que sostuvieron los aliados durante un año para avituallar Berlín Oeste, amenazado de estrangulamiento por la URSS, que había cerrado todos los pasos desde la RFA hasta el sector de la ciudad bajo control aliado.

Moscú acabó por ceder y Berlín Oeste, escenario de tanto Hollywood de posguerra, se salvó, y hoy, reunificado con el sector oriental, es la capital de Alemania. Y fue precisamente tras la reunificación cuando se decidió convertir el viejo aeropuerto de Schönefeld, el mayor civil de la RDA, situado en Brandeburgo, al sureste de Berlín, en el principal de la capital y cerrar Tempelhof.

Pero las leyendas, como los viejos soldados, difícilmente mueren y Tempelhof, aunque con tráfico apenas de cabotaje, ha seguido sirviendo a su ciudad, hasta que el alcalde Klaus Wowereit decidió que de este año no pasaba. Una campaña de última hora para salvar la imponente nave central, edificada para Hitler en los años treinta, fracasó en abril cuando los partidarios de preservar Tempelhof ganaron un referéndum; pero a causa de la escasa participación, inferior al 25%, el resultado no fue considerado un mandato por el munícipe, que ya había advertido que obraría como mejor creyera. Y desde un ángulo económico se entiende la prisa, porque el monumento cuesta 10 millones de euros al año, que ni por asomo recupera con los fletes.

El majestuoso edificio central no desaparecerá, sin embargo, del todo, porque se reconvertirá en museo o en oficinas del Gobierno local. Pero nadie podrá olvidar aquellos pesados aviones, que en los momentos de mayor intensidad aterrizaban cada 90 segundos, y en especial, a los minúsculos paracaídas-pañuelo con chocolate y uvas para los niños, que brotaban del vientre de los bombarderos de la uva, como eran entonces conocidos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 21 de mayo de 2008