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Crítica:LIBROS | Narrativa

Dos radiografías de un mundo que se acaba

Estas dos novelas, dos clásicos incuestionables y prácticamente desconocidos en España, son perfectas para aquellos lectores que tienen ambición de leer en largo y están dispuestos a buscar tiempo para ello. Las separa medio siglo, pues Keller muere el mismo año (1890) en que se publica la novela de Prus y la diferencia entre ambas mitades del siglo está patente en el asunto, en el estilo y en el sentido de estas dos novelas excepcionales.

Boleslaw Prus (1847-1912) es el gran novelista polaco del XIX, en todo superior a su nobelizado contemporáneo Sienkiewicz; el primero fue un escritor realista centrado en los problemas de su tiempo, que se integró en el conflicto personal y social del individuo, mientras que el segundo fue un adulador de lectores patrióticos. Prus es un stendhaliano confeso que decide escribir sobre la crisis europea que acabará en la guerra de 1914-1918 desde la perspectiva polaca que le compete. Para ello crea un formidable personaje, Stanislaw Wokulski, un hombre emprendedor hecho a sí mismo que ha reunido una bonita fortuna con el comercio y lo enfrenta a la aristocracia decadente; el recurso literario es sencillo: en su madurez, Wokulski, que hasta entonces no ha tenido tiempo de dedicarse a amoríos, se enamora como un colegial de Izabela Lecka, aristócrata, "hermosa y malcriada, pero sin alma", como dice el lúcido judío Szuman al amigo y segundo de Wokulski, Rzecki. El conflicto de clases se une al momento histórico de cambio y liquidación de una época y, a su vez, se integra dentro del conflicto entre el romanticismo tardío que aún pervive en Polonia y el positivismo que impera en el oeste europeo.

La muñeca

Boleslaw Prus

Traducción de Agata Orzeszec

KRK Ediciones. Oviedo, 2007

1.392 páginas . 59,95 euros

Enrique el verde

Gottfried Keller

Traducción de Isabel Hernández

Espasa-Calpe. Madrid, 2008

640 páginas. 25,90 euros

Prus es un stendhaliano confeso que decide escribir sobre la crisis europea que acabará en la guerra de 1914-1918

La muñeca tiene ese sabor añejo, único e inconfundible de las historias contadas al detalle. El asunto amoroso es el que mantiene la intriga, pero la habilidad de Prus para despiezar la historia y recomponerla en toda su amplitud, el excelente ejercicio de creación de muchos y muy variados personajes, el tino con que los desarrolla y los mezcla, el riquísimo retrato que hace de la sociedad polaca de su tiempo como cronista que fue de la misma en la prensa, la perspicacia con que aborda temas latentes entonces, como el del antisemitismo, el interés por la ciencia tan propio de la época, la admirable sucesión de escenas-cumbre (la experiencia de la guerra, el viaje a París, la escena del vagón de tren…), todo contribuye, en fin, integrado en una estupenda relación rítmica acción-reflexión, al logro de este libro; muy moderno aún, por otra parte, pues el uso del contraste como medio expresivo, de las historias secundarias que afluyen a la corriente central del narrador principal, los juegos de voces (ensoñaciones, relatos, pensamientos, el diario de Rzecki) e incluso atisbos de monólogo interior (Izabela en la chaisse-longue) dejan al lector metódico y tranquilo ampliamente satisfecho.

El modo de Enrique el verde es muy distinto. El libro pertenece a la primera mitad del siglo XIX y la luz que lo ilumina es Goethe; de hecho, el lector ha de hacerse a la idea de que deberá leerlo tal y como se lee hoy, por ejemplo, Las afinidades electivas; es decir: no desde el realismo sino más bien a través de una lectura demorada por una visión del mundo que ya es pasado. Enrique el verde es una novela de carácter autobiográfico que sigue el modelo del Bildungsroman o novela de formación que definió Goethe con su Werther y que Keller lleva a la cumbre. La historia de la formación del joven Enrique desde la infancia hasta su asentamiento en la sociedad es un texto cargado de reflexión en un mundo en el que el interés por el conocimiento y la construcción de la persona es una especie de vocación trascendental. La lectura se ralentiza igualmente que en el caso de Prus, pero la diferencia sustancial es que en este último la intriga cumple un papel que, en el caso de Keller, se ve sustituido por un detallado proceso de aprendizaje. Sin embargo, en ambas coexisten las historias laterales, las menudencias, la cuidada creación del escenario con las reflexiones sobre la vida, etcétera. Lo que marca la diferencia es la mentalidad: la de Keller es más romántica, lo que hoy nos pide una lectura cargada de simbolismo, mientras que la de Prus es decididamente positivista.

Enrique el verde es una de las novelas señeras del XIX en lengua alemana. El paso adelante que supone es el de retratar a un héroe que, finalmente, en lugar de triunfar o morir en el empeño, se acomoda a la realidad. Toda la fase de su dedicación a la pintura, fase heroica, pero meta para la que no está dotado, marca profundamente la segunda mitad del libro y en cierto modo anticipa la figura del antihéroe que cristalizará mucho más tarde en la literatura; en toda ella, el relato de su vida medio bohemia y la comprensión de su fracaso, utilizando la figura de la madre al fondo como referencia, es una muestra soberbia de percepción y sensibilidad literaria.

Prus es una novedad absoluta. Keller no tanto, pues la misma traductora ya dio a conocer las deliciosas Novelas de Zurich (Alba, 2000); pero Enrique el verde (primera edición en Austral, también 2000) pasó vergonzosamente inadvertida. Reeditada ahora en tapa dura (también se presenta así, aunque en formato menor, La muñeca) es el momento de incorporarlas a la biblioteca de todo buen lector de literatura, tanto si se leen ahora como si se guardan para más adelante. Las dos ediciones están muy bien anotadas. En fin, no suelen presentarse ocasiones de rescatar y apreciar descubrimientos de tan alta calidad y solera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de abril de 2008