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La genialidad

En enero de 2006, Daniel Barenboim ofreció en Madrid una lectura sabia e inquietante de El clave bien temperado, de Bach. Fue tan impactante que se podía salir del recital con la impresión de que el pianista argentino había tocado techo. Su recital de anteayer desmintió estas suposiciones y llevó directamente a la constatación de que Barenboim se ha instalado en la genialidad, y de ahí no desciende. Toque Bach, Beethoven, Piazzolla, tangos, música brasileña o Liszt. Sus recitales de piano son un remanso de paz en la vorágine de actuaciones operísticas o sinfónicas. No sé si él lo siente así, pero es lo que transmite. Tienen estas actuaciones al teclado un punto de confidencialidad, y, lo que es más curioso, son una explosión de libertad. Barenboim crea atmósferas sugerentes que hechizan, conmueven, estremecen.

DANIEL BARENBOIM

Obras para piano de F. Liszt.

Ibermúsica. Auditorio Nacional,

Madrid, 1 de abril.

La genialidad de Barenboim se manifestó anteayer en muchos terrenos, pero el más relevante es el que saca a la luz otra genialidad, la de Liszt. Expone sus partituras de inspiración italiana con una transparencia y una fantasía que emocionan. La sombra poética de Petrarca o el reflejo emotivo después de una lectura de Dante se instala en los desarrollos musicales de los cuadernos de su segundo año de peregrinaje a Italia. La leyenda del sermón a los pájaros de san Francisco de Asís posee una ternura infinita y las paráfrasis verdianas de Aida, Il trovatore o Rigoletto son ejercicios deslumbrantes de creatividad sin límites. Son propuestas para el diálogo las diseñadas por Liszt. Con la literatura, con la historia, con la pintura, con la propia música. Barenboim es el anfitrión de lujo de esta recreación. El viaje con él se convierte en una experiencia inolvidable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 02 de abril de 2008.

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