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Reportaje:

El primer siglo del Pompeia

Enclavado en Montjuïc, el club del que Josep Pla fue conserje cumple 100 años

Corría junio de 1929, la dictadura de Primo de Rivera agonizaba y el Mirador, semanario de arte, literatura y política, en catalán, publicó el día 6 de aquel mes un anónimo delicioso referido al Tenis Pompeia.

El club abre sus puertas a quienes no son socios al alquilar las pistas

La entidad nació de la mano de los frailes capuchinos de la Diagonal

"Es sabido", decía el texto, "que el Pompeia, entre los clubes de tenis de Barcelona, tiene un aire más bien democrático y nada estirado y también que uno que tiende a considerarse aristocrático y selecto es el Turó. Hace tiempo, al encontrarse los presidentes de los dos clubes, que eran Josep Maria Tarruells y el distinguido fabricante Lluís Escayola, salió a la conversación la llegada de notables jugadores extranjeros que jugaron gran cantidad de partidos en el Pompeia. Escayola, un tanto vejado por los pocos partidos que se jugaban en el Turó, dijo: 'Sí, para jugar claro que van al Pompeia, pero cuando quieren alternar, ¡no lo dude!, van al Turó...'. 'Hay de todo', respondió Tarruells sin inmutarse; 'hay quienes van al Turó y los hay que van... al Excelsior".

Seguramente, muchos socios del Pompeia se verán identificados con esta anécdota de un club, efectivamente, nada estirado, con cierto aire irreverente y que cumple ahora 100 años. Enclavado en un privilegiado rincón de Montjuïc, rodeado de árboles y con fantásticas vistas sobre Barcelona (tanto que hasta hace poco la Federación Española quería trasladar allí su sede), el Pompeia cuenta con una piscina y siete pistas de tierra, y se siente orgulloso de su carácter popular porque no es preciso pagar entrada para ser socio ni para jugar en ellas.

Todo empezó gracias al padre franciscano Marià Rupert, que quedó deslumbrado en Italia al visitar el santuario de Pompeya y quiso hacer una réplica en Barcelona. Gracias a sus influencias con el cardenal y las damas de la aristocracia barcelonesa, logró los fondos para alzar en 1908 el templo de Nuestra Señora de Pompeia en la Diagonal e impulsó la Societat Esportiva Pompeia "para formar a la juventud de ambos sexos despertando su sentido moral".

Y el Pompeia creció, logró el título de real en 1920, arrendó pistas en la Travessera de Gràcia con Casanova y fue feliz, ajeno a que en aquellos años, previos a la Exposición de 1929, se habían construido en Montjuïc un chalet y una pista rodeada de gradas, que inauguró Alfonso XIII y en la que España debutó ante Alemania en la Copa Davis. Sus destinos se cruzaron en los años cincuenta: la presión inmobiliaria obligó al Pompeia a mudarse y su presidente, Joan Piñol, se acordó de las pistas de Montjuïc, abandonadas y utilizadas cuando algún dirigente franquista quería darle a la raqueta.

Y hasta hoy. Ligado a una concesión municipal, el Pompeia, presidido por Josep Maria Minguella desde los años noventa, ha sobrevivido con 600 socios (algunos de cuarta generación) y una escuela de 100 alumnos. No han surgido de ella grandes campeones, salvo Marc López, que está entre los 200 mejores del mundo, aunque se recuerde a Pere Masip, el recogepelotas que fue capitán de la Davis en 1949. "Más que tenistas, queremos hacer buenas personas", subrayó Jordi Lingüerre, secretario del club, que repasó programa en mano los torneos de tenis, golf y dominó, otra de las pasiones de los socios, para festejar el centenario.

Minguella se perdió el acto por una repentina enfermedad, ya superada, pero allí estaban los miembros de la junta, los empleados, Pedro González, ex gerente y profesor de tenis durante 50 años y que le ha tomado el testigo en la gestión del club el también entrenador Antonio Vallecillos. Y Víctor Ferré, entrenador y autor del libro Pompeia, cent anys d'història (se han editado 1.200 ejemplares). Y también Jordi, uno de los conserjes. Y hasta el espectro de Josep Pla, su antecesor, que empezó con 17 años a redactar actas, rellenar recibos y llevar la correspondencia del club. El célebre escritor le dejó al Pompeia un impagable regalo en El quadern gris, tal como recuerda Josep Maria Badia en el prólogo: "Para llegar tenía que pasar por detrás del escenario de un teatro vacío y tétrico, la iluminación era muy deficiente, la habitación cuadrada, baja de techo, y me pareció que no tenía ventanas". Fascinado por los nombres que aparecían en los recibos, sigue: "Este club se ha montado para separar a las buenas familias de la influencia de los jesuitas y ponerlas bajo la de los frailes de la Diagonal (...). Están los nombres más impresionantes de Barcelona, lo bueno y mejor de la ciudad, las figuras que se dedican a la vida de sociedad y salen en las notas gratuitas, las que se dedican al deporte caro, aparte de las conocidas por su riqueza, virtudes y conocimientos a la hora de comer, que suelen ser quienes más conocimientos tienen".

Pero como nadie es perfecto, cuenta que el hijo de un millonario echó fuego por la boca cuando comprobó tras jugar que le habían robado la cartera. "Hasta en la sociedad más correcta puede haber elementos extraños", le dijo el escritor. Seguro que Escayola, el vejado presidente del Turó, habría sonreído.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de febrero de 2008