Reportaje:

La nueva generación de tenderos echa el cierre

Un 10% de pequeños negocios cierra cada año - Grandes cadenas e inmigrantes toman el relevo de comercios y bares familiares

La cuarta generación se ha plantado. Ninguna de las dos hijas de Rosa Maria Dosta seguirá con el negocio. La mercería que heredó de su madre, y ésta de su abuela, bajó la persiana para siempre el pasado sábado, después de 84 años de historia en el Eixample barcelonés. Tampoco las hijas de Julio Fernández continuarán al frente de Modas Primitivo, "el pequeño Corte Inglés de Barakaldo", que echa el cerrojo en 2008. Abrió en 1915 y también desaparecerá tras la tercera generación. Y el dueño del bar Cartago, que llevaba 40 años en el centro de Madrid, sirvió su última caña hace dos semanas.

Cada año cierran en España miles de comercios y bares familiares tradicionales, tiendas y locales con solera que en su día tejieron el ADN de las ciudades. La irrupción de las grandes cadenas les ha sorprendido con el paso cambiado y, a la postre, se enfrentan a un grave problema de relevo generacional. Inmigrantes y grandes empresas toman el testigo y transforman la imagen de los barrios. La saga termina. "Me da mucha pena, pero tal y como está el pequeño comercio, dejado de la mano de Dios... Es un sector sacrificado, es difícil salir adelante, y yo me he labrado otro camino". Ana Fernández, procuradora, es la mayor de las tres hijas que ya no heredarán Modas Primitivo cuando su padre se jubile el próximo año.

Los jóvenes ya no aceptan lo sacrificado de los horarios
Faltan 30.000 trabajadores en la hostelería y 50.000 en el comercio
Este proceso, natural e imparable, homogeneiza las ciudades
Especializarse en productos selectos es la salida para el viejo comercio
Los inmigrantes copan ya el 20% de los traspasos en la hostelería
Es imposible rentabilizar un bar si hay uno por cada 125 habitantes

Un cierre más para las estadísticas. A lo largo de 2006 desaparecieron en España unas 51.899 empresas de comercio minorista, que representan el 10% del total y eran sobre todo las más pequeñas y particulares, pero se compensó porque en el mismo periodo abrieron más: 55.853. En la misma línea, cerraron también más de 34.713 empresas de hostelería, el 12% del total y principalmente los bares más pequeños, pero abrieron unos 40.000, según explican desde el ministerio de Industria citando los datos del directorio central de empresas (DIRCE). Es decir, que la probabilidad de que una empresa sobreviva más de cinco años es del 50%, y este índice de probabilidad baja a menor tamaño.

Así que ambos sectores crecen en empleo y centros, pero cambian de manos y se concentran en grupos cada vez mayores: donde se encontraba la familiar Vehils, en Barcelona, se erige hoy un enorme Zara.

Este proceso natural, tozudo, imparable, hace que cada día las ciudades se parezcan más entre sí y que dé igual pasear por la Portal de l'Àngel de Barcelona o Preciados, en Madrid, epicentros de las compras conquistados por gigantes como Mango, Zara o Cortefiel. Provoca también que en una comunidad como Cataluña, tradicionalmente proteccionista con el pequeño comercio, con sus botiguers, los comerciantes hayan calculado la desaparición de 10.000 negocios en una década.

Los bares de barrio también se ven cada vez más relevados por las franquicias. "Están cerrando muchos en Madrid, más de lo que creemos, hoy por ejemplo habrá más de 100 ó 150 locales que se traspasan, verdaderas instituciones, en unos años cerrarán más del 20%", explica Tomás Gutiérrez, presidente de la federación madrileña de hostelería, llamada La Viña. "Los que ahora tenemos 50 o 60 años hemos dado mucha personalidad a nuestros bares, conocemos a los clientes y vienen por nosotros".

Pero no dramatiza: "Llevamos toda la vida trabajando 15, 16 y 17 horas en el bar y ahora no tenemos quién nos siga, afortunadamente, nuestros hijos ya no están dispuestos". Los "chicos" de Mariano Abad, el dueño del bar Cartago, tampoco están por la labor. "Uno está en el RACE, otro en una constructora y la chica se ha hecho filóloga, enseguida vieron que con los impuestos y la presión no les compensaba tanto sacrificio", explica.

Los jóvenes españoles cuentan con mejor calidad de vida que sus padres y mayor formación, quieren trabajar, y duro, pero no consagrar su vida a los horarios del negocio, tan esclavos a veces. "Antes, el comerciante, por ejemplo, hacía su vida en la tienda, toda su familia vivía en ella, pero la juventud tiene ahora otros horizontes", explica el sociólogo Lorenzo Navarrete, profesor de la Universidad Complutense y colaborador del Instituto de la Juventud.

Esa cuarta generación que pone fin a la Mercería Rosa, a Modas Primitivo o al Bar Cartago, ha estudiado en la Universidad, tiene su pareja y amigos fuera de esa esfera, "y no quieren desencajarse del entorno".

Julio Fernández es el primero en alegrarse de que sus hijas se hayan dedicado a otras labores. "Hemos procurado que las tres tengan sus carreras y puedan pelear y progresar, porque esto da lo justo para subsistir", explica. Son Ana, la procuradora, su hermana psicóloga y la otra, para más inri, ha acabado trabajando en uno de los gigantes de la competencia: la sección textil de Eroski.

Pero el problema de hosteleros y comerciantes no es que los herederos no quieran heredar, sino que los españoles en general no quieren trabajar en el sector. Faltan unos 30.000 trabajadores en la hostelería y unos 50.000 en el comercio, según los cálculos de las patronales, una necesidad de mano de obra alentada por el crecimiento económico general y del turismo. El presidente de la Federación Española de Hostelería, José María Rubio, admite lo duro de las condiciones laborales: "Es trabajar cuando todos los demás descansan, de noche, fines de semana, y nadie lo hace si lo puede evitar". En su opinión, la mejora de las condiciones de trabajo es la "asignatura pendiente" de los empresarios, la búsqueda de nuevas fórmulas que permitan a los trabajadores conciliar su vida laboral y personal, pero niega categóricamente que el sueldo ofrecido sea el problema. "Muchos jóvenes se despiden del trabajo diciéndote que se van a otro sitio en el que les pagan menos, pero viven mejor".

El sueldo medio del dependiente de una tienda que se incorpora ahora al trabajo ronda los 600 ó 700 euros más comisiones por venta, y el de los camareros, algo superior, según sindicatos y empresarios. Pero comerciantes y restauradores también detectan un problema de escaso "reconocimiento social" al gremio. La Confederación Española de Comercio, por ejemplo, ha propuesto al Gobierno un plan de empleo que, entre otros elementos, propone medidas para "prestigiar" el oficio mejorando la formación. "No tiene nada que ver con el prestigio, los jóvenes saben que van a tener sueldos bajos y, para eso, prefieren ser mensajero o dedicarse a la limpieza", discrepa el sociólogo Lorenzo Navarrete.

El rechazo de los españoles a trabajar en la tienda o en el bar ha llevado en los últimos años a un fenómeno trascendente: entre un 15% y un 20% de bares y restaurantes que se abandonan van a parar a manos de inmigrantes, con mayores necesidades, y en el caso de Barcelona, hasta una tercera parte.

Cada vez son más los extracomunitarios, muchos de ellos asiáticos, que trabajan como camareros y cocineros y que, cuando el dueño del local se jubila, se quedan con el traspaso. "Gracias a ellos hay muchos locales que no han desaparecido", sostiene Rubio. Aun así, asegura que el declive de los bares Paco es inevitable. "En España sigue habiendo más bares que en el resto de Europa junta, un establecimiento por cada 125 habitantes, y muchos son imposibles de rentabilizar", advierte. La tendencia de futuro, a su juicio, pasa por una reducción progresiva del número de locales, un incremento de su tamaño medio y una mejora de la gestión. "Es ley de vida", concluye.

Y es que, tal como explica el director general de Política Comercial del Ministerio de Industria, Ignacio Cruz Roche, la "renovación" del sector es constante y muchas empresas no están adecuadas al mercado actual. La Mercería Rosa vivió su época de esplendor en los 60 y los 70, cuando las puntillas, el género de punto y el bordado suizo causaban furor en España. En los 80 aún aguantó el tipo, pero a partir de los 90 comenzó el declive. "Han cambiado los hábitos, ya no se cose, las chicas ya no se preparan el ajuar...", explica Rosa Maria. Y la calidad del tejido ha dejado de importar a todo el mundo, se lamenta. "La gente compra lo más barato y ya está".

Por eso su hija se buscará un empleo fuera. En la guerra de precios los gigantes de la distribución tienen la última palabra. Y las cuotas de mercado también: las tiendas multimarca, que copaban el 66% del mercado textil en 1985, se quedaron con el 32% en 2006 (véase cuadro).

La salvación del viejo comercio pasa por la especialización, por el producto más selecto, lo que en el caso del sector alimentario, por ejemplo, pasaría por convertir el viejo colmado en una tienda delicatessen.

El presidente de la Confederación Española de Comercio, Miguel Ángel Fraile, descarta la crisis del sector y destaca la transformación: "Se abren más peluquerías y tiendas de informáticos, por ejemplo, que son consideradas de servicios". Pero admite que las multinacionales acaparan grandes ejes como calle Sierpes en Sevilla o la Gran Vía de Bilbao. "Vienen las multinacionales, expulsan a tu gente y aplican modelos clónicos en cada ciudad, y eso es un empobrecimiento", critica.

En los últimos años, y al calor del boom inmobiliario, las grandes marcas han pagado cifras astronómicas por ubicarse en locales de grandes calles comerciales como el Paseo de Gracia o Preciados. Han ofrecido unos traspasos tan caros que muchos comerciantes han optado por el toma el dinero y corre. La mercería Rosa es un local de 80 metros cuadrados en la calle Balmes con Provença. Cuando Rosa Maria lo venda podrá embolsarse más de 5.000 euros por metro.Fraile resalta que "a todos nos conviene proteger el comercio autóctono, la seña de identidad", y advierte del peligro de confiar el empleo al monocultivo del gran formato comercial.

Al final, Lorenzo Navarrete observa que el debate sobre la extinción del comercio tradicional refleja las dudas de una sociedad indecisa, medrosa, una España "que se enamora de la modernidad, pero al mismo tiempo, refunfuña por la pérdida de valores".

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0027, 27 de diciembre de 2007.

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