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DIETARIO VOLUBLE
Columna
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Historias lejanas

Enrique Vila-Matas

1

- Hace muchos años, dormí una noche en la casa de Carlos Barral en Calafell. Es una historia ya lejana. Dormí en un sofá de la sala de estar de la planta baja, cerca de la chimenea y de la puerta de entrada. Cuando hace tres años supe que la casa de Yvonne y Carlos Barral se había convertido en Casa Museo, recordé que había dormido allí, y me llegó de pronto la conciencia brutal del inexorable paso del tiempo. Parecía casi increíble, pero había vivido lo suficiente como para haber dormido en lugares que ahora ya eran museos.

Luego, un día, vi la casa de los Barral en la televisión, y vi el sofá, y supe que se hacían allí visitas que se programaban desde el Ayuntamiento. No sé por qué el resto de aquel día me pareció dominado por una extraña furia que parecía estar despojando de sus colores a las cosas. Por la noche, desperté algo alterado creyendo que dormía en el sofá de los Barral y los visitantes del museo me miraban como muertos vivientes. Completamente ya despierto en mitad de la noche, me dio entonces por pensar que la literatura no tenía ninguna relación con la realidad, y que para confirmarlo bastaba el ejemplo de la casa de Calafell y sus visitas programadas. Qué lejos estaba la literatura de Barral de esas visitas y del sofá convertido en pieza de museo y del reportaje de televisión que había visto por la mañana. Viendo aquel reportaje, me había parecido observar que en realidad la literatura, por muchos esfuerzos que se hagan, nunca podrá aparecer en la televisión. Esto, sin ir más lejos, ya lo había notado cuando los de TV-3 fueron a la feria del libro de Francfort y ya desde el primer momento vi que la literatura no aparecería en sus imágenes. Es más, vi que no sabían dónde encontrarla y filmarla, dónde estaba ni qué era. Y también que no tenían la menor relación con ella. La buscaban por todos los pabellones de la feria y acababan plantando la cámara ante lo primero que les parecía que podía ser literatura: un dibujante de cómics firmando libros, un cineasta que había adaptado novelas, una señora que leía a Jordi Pujol.

Pero la literatura siempre ha tenido su autonomía plena y su propio sentido, sus relaciones, su coherencia íntima y un código interno infinitamente serio. Y tiene una casa propia en un lugar extraño, que no se parece al museo de Calafell ni a la feria de Francfort, sino a ese palco parecido a un sofá que hay en el gran teatro de Oklahoma del que nos hablara Kafka; un palco que, por poco que miremos bien, acabaremos descubriendo que no es exactamente un palco, sino el escenario mismo: un escenario con una balaustrada que avanza en amplia curva hacia el vacío.

2

- Historia lejana: un escritor muy famoso la semana pasada.

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3

- La velocidad de las cosas, que diría Rodrigo Fresán. Parece que haya transcurrido una infinidad de tiempo desde aquel marzo de 2002 en que, en un ordenador ajeno, sentí que había quedado fascinado por Internet o, más concretamente, por el narrador de historias que se ocultaba en el buscador de Google. ¿Quién iba a decírmelo a mí, que tanto me había resistido a la Red? Entré distraídamente en Google para buscar un dato trivial sobre Pablo Neruda y no tardé en encontrarme con un conocido suyo, un raro, el argentino Omar Vignole, un hombre que se pasó media vida paseando con una vaca por la calle Florida de Buenos Aires, dedicado a escandalizar con sus discursos callejeros. Navegando por la constelación del filósofo de la vaca (así le llamaban) fui a parar a otro desconocido, el escritor argentino Raúl Barón Biza, amigo de Vignole y, al igual que éste, ausente de todos los diccionarios, pero con presencia en la Red. Me adentré entonces en el relato extraño de la vida delirante de Barón: sus primeras nupcias con la aviadora extranjera que acabó matándose en la finca familiar, el alto monumento funerario construido en su honor, los tres hijos de su segundo matrimonio, la brutal secuencia del día en que desfiguró la cara de su mujer con una botella de ácido y poco después se suicidó. Aún estaba impresionado por el desenlace de aquella biografía que abundaba en historias tremendas cuando descubrí que el tercer hijo de ese segundo matrimonio, Jorge Barón Biza, había publicado en 1999 un libro, El desierto y su semilla -de reciente publicación, por cierto, entre nosotros, en 451 editores-, donde narraba con gran talento literario cómo fue reconstruido el rostro de su madre.

Tal era la familiaridad que había ido adquiriendo con los Barón Biza que quedé impresionado cuando supe que el autor de El desierto y su semilla -al que algunos habían comparado con Joyce y Proust- no hacía mucho que se había suicidado arrojándose desde su apartamento en la Córdoba argentina. Sorpresa, conmoción. Apenas acababa de conocer su existencia cuando se me había ya matado. Apagué el ordenador ajeno con la sensación de que con mis entradas en el buscador de Google me había ido construyendo a la carta el guión de una rara película, de una apasionante historia real. Al día siguiente me compraba un ordenador, Internet por módem vía teléfono y Windows 98. Pero todo esto es hoy memoria extrañamente ya muy lejana. Y raro es decirlo, pero siento que respiro con una pulsión constante de lejanía, como si viviera a finales del XXI. Y es que todo, incluso lo más moderno, se me vuelve enseguida antigualla y recuerdo bien lejano. Je me souviens d'internet, que diría Perec. Podría yo perfectamente decir lo mismo.

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