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COLUMNA

Un camino propio

La publicación, días pasados, del informe Pisa sobre el estado de la educación, ha provocado numerosos comentarios, como era de esperar. Las opiniones han sido variadas pero, en general, han predominado las que juzgan el estado de la educación en España poco menos que desastroso. Ante lo que considera una desgracia, el español suele reaccionar exagerando el carácter de la misma, como una forma de protección. Frente a esta con-ducta, los juicios matizados de los especialistas no obtienen el mismo éxito de público. Cuando los expertos han tratado de explicar con algún detalle las características del informe Pisa, no han encontrado quien les escuchara.

Es cierto que el informe muestra algunos datos preocupantes sobre la situación de la enseñanza en el país. Quizá el principal de ellos sea el escaso grado de comprensión lectora, por el efecto negativo que puede tener en el conjunto de la educación. Pero también contiene cifras para que podamos sentirnos satisfechos. El esfuerzo que ha realizado España, en los últimos treinta años, para mejorar la calidad de la enseñanza es indudable, como reconocen todos los expertos sin excepción. Otra cuestión es que nos quede todavía por recorrer un camino considerable. Pero esto no debería hacernos olvidar de dónde venimos, salvo que, por alguna razón, pretendamos pedirle peras al olmo.

A la hora de explicar los motivos del atraso, los partidos políticos y los sindicatos han recurrido a las fórmulas habituales, es decir, no se han molestado en pensar. Unos han afirmado que la culpa es de las leyes educativas y otros que hace falta más dinero para la educación. De poco ha servido que los especialistas demuestren que ni una cosa ni la otra son tan relevantes como a primera vista puede parecer. Hoy por hoy, no está comprobado que exista una relación directa entre el gasto en la enseñanza y lo que aprenden los alumnos. En cuanto a las leyes educativas, un simple recuento de los años en que han gobernado PSOE y Partido Popular, y de las fechas en que se realiza el informe Pisa, bastaría para dejar la discusión zanjada.

Cuando uno repasa con atención las cifras del estudio Pisa, advierte que, en líneas generales, los resultados que obtiene nuestra enseñanza se corresponden con la realidad social del país. ¿Acaso podía ser de otra manera? Sin embargo, esto es lo que pretenden muchos de quienes han opinado estos días: que el sistema educativo español sea completamente diferente de la sociedad española. Desde luego, sería admirable que nuestros jóvenes alcanzaran unos resultados idénticos a los que alcanzan los estudiantes finlandeses. Pero, para ello, tal vez sería necesario que la sociedad española se asemejara en algo a la finlandesa. Y no creo, hoy por hoy, que los españoles estemos dispuestos a ese sacrificio. Lo nuestro es la picaresca y no la ética protestante.

Y la Comunidad Valenciana, se preguntará el lector, ¿dónde queda aquí? Pronto habremos de verlo. Del mismo modo que el señor Font de Mora ha logrado unas encuestas estupendas sobre su política, preveo que tendremos unos informes igualmente estupendos sobre nuestra educación. De momento, la directora general de Innovación, Evaluación y Calidad Educativa, Auxiliadora Hernández, ya ha declarado que "la presencia de la Comunidad Valenciana en el informe Pisa es mínima, sin ampliación de resultados, ya que aquí realizamos otro tipo de evaluaciones que consideramos más útiles y acordes con nuestros currículos". Prepárense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 10 de diciembre de 2007