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Los ricos de oro

Últimamente intento explicarle a mi hijo Gabriel, de 11 años, las diferencias astronómicas entre las rentas de las personas. Gabriel se percató de la existencia del fundador de Microsoft, Bill Gates, hace dos años, cuando su padre hizo de telonero de Gates en un gran congreso patrocinado por el Gobierno danés. Desde entonces, a Gabriel le fascina las posibilidades aparentemente infinitas de disponer de 40.000 millones de euros.

Por ejemplo, siempre que le digo que algo es increíblemente valioso (incluso, pongamos, un gran cuadro de un museo), dice, invariablemente, "Bill Gates podría comprarlo, ¿a que sí?". Sí, Gates podría comprar todo el museo. Pero luego se daría la vuelta y lo devolvería para que todos pudiéramos verlo, así que no tendría sentido. Gabriel no está convencido del todo.

El mejor modo que los países ricos tienen de ayudar a las regiones pobres como África es abrir sus mercados y proporcionarles ayuda

Mi hijo ha decidido que si de mayor no puede ser jugador profesional de baloncesto, le gustaría comprarse un equipo. Como profesor de Económicas, no puedo evitar preguntarle si sabe que comprarse un equipo de la Asociación Nacional de Baloncesto le costaría entre 200 y 450 millones de euros. "Pero Bill Gates podría comprárselo. Podría comprarse todos los equipos de la liga, ¿no es cierto?". Sí, le contesto. Pero si Bill Gates fuera el propietario de toda la NBA, ¿cómo decidiría a qué equipo apoyar? Gabriel acepta el argumento, pero de nuevo me doy cuenta de que no está convencido.

Gates no es el único que puede comprar con facilidad equipos y cuadros. La última lista Forbes de los más ricos de Estados Unidos muestra que los que más ganaron el año pasado, entre cuyas filas se incluye el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, consiguieron aumentar su riqueza entre 3.500 y 6.500 millones de euros. Sí, eso es sólo el aumento anual de su riqueza. En conjunto, sus beneficios de 40.000 millones de euros superaron toda la renta nacional de más de 100 países.

¿Cuánto ganan los que reciben las rentas más elevadas de Estados Unidos en comparación con los 1.000 millones de personas más pobres del mundo? Bien, si los nueve que más ganan donasen sus ingresos, sería el equivalente de unos tres meses de renta de los 1.000 millones más pobres. (Gabriel sabe, cómo no, que Bill Gates y Warren Buffet ya han donado decenas de miles de millones).

Tengamos en cuenta que la idea de que los ultrarricos podrían con facilidad resolver la pobreza es absurdamente ingenua. Las investigaciones académicas más serias apoyan con firmeza la idea de que el mejor modo que los países ricos tienen de ayudar a las regiones pobres como África es abrir sus mercados y proporcionarles ayuda para construir infraestructuras físicas e institucionales.

Los mayores éxitos en la lucha contra la pobreza mundial proceden de China e India, dos países que han conseguido salir adelante en gran medida por sí solos. Pero esto parece demasiado complicado para explicárselo a Gabriel todavía.

¿Son las enormes diferencias de renta y de riqueza resultado inevitable del crecimiento rápido? En general, la respuesta histórica es que sí. China, cuyo historial de crecimiento desde 1970 ha roto ya todas las marcas, va camino de convertirse en el país con la distribución más desigual de la renta. De hecho, China ha superado a Estados Unidos y se acerca a Latinoamérica en niveles de desigualdad.

En cualquier caso, hay límites a cuánta presión fiscal puede aplicar el sistema político a los ultrarricos. Piensen que cualquiera de los nueve mayores perceptores de rentas estadounidenses ganan más en dos días de lo que la principal candidata a la presidencia estadounidense, Hillary Clinton, recauda para su campaña en un buen trimestre.

En lugar de gravar punitivamente a los ricos, la globalización refuerza la opción del impuesto sobre la renta (o, mejor, sobre el consumo) fijo, con una exención moderadamente alta. Aparte de los habituales argumentos sobre la eficacia, sencillamente va a ser cada vez más difícil y costoso mantener complejos e idiosincrásicos sistemas fiscales nacionales.

Por desgracia, el avance hacia una reforma fiscal básica no forma parte de las prioridades de la mayoría de los países. Sólo podemos esperar que la generación de nuestros hijos viva en un mundo más capaz de nivelar mejor la eficacia y la equidad. Gabriel dice que se lo pensará.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 08 de diciembre de 2007.

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