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¿Y si se callaran todos?

La reconvención del Rey al presidente de Venezuela, Hugo Chávez, que tanto patriotismo español ha desatado (ignorando u obviando que el Rey tiene un papel institucional que ha de respetar) me ha hecho pensar, aparte de en estas cosas, en la cantidad de gente a la que me gustaría poder decirle lo mismo. No sólo entre los políticos, sino también entre los periodistas y hasta entre mis vecinos de calle y de portal. El mundo está lleno de iluminados que ni escuchan ni dejan hablar al resto.

En España, esa situación cobra ya tintes de patología social. Al ruido ambiente, que es conocido y que nos sitúa, según parece, a la cabeza de los países más ruidosos del planeta (ignoro si ello contribuye a acrecentar el cambio climático), se une, en estos últimos tiempos, el guirigay político y periodístico que invade todos los estamentos, desde los más ilustres, como los parlamentos, hasta los medios de comunicación.

España es un país áspero, ensordecedor, vehemente, en el que todos lo saben todo
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La famosa crispación, que no remite (al revés, sigue en aumento), se ha contagiado a la sociedad, que, viendo cómo debaten sus representantes públicos y sus opinadores más reputados, ha adoptado su modelo y grita continuamente. Cualquier programa de televisión, ya sea de cotilleos, de confrontación política o simplemente de deportes, es una muestra de todos esos defectos que nos distinguen entre nuestros vecinos: gritos, desplantes, interrupciones, hasta insultos entre los intervinientes, que se pasan la mayor parte del tiempo intentando hacerse oír o que les dejen hablar los otros, incluso en esos programas en los que, para mayor vergüenza, el micrófono se les corta cuando han consumido un tiempo, como si fueran niños de parvulario. E igual sucede en las radios, donde los tertulianos hablan y hablan sin parar, no para contrastar ideas, sino para reafirmarse en las que ya tienen, jaleándose entre ellos y dejándose halagar por los oyentes. Con lo que esas emisoras se convierten en instrumentos de agitación política, cuando no de propaganda pura y dura, en lugar de cumplir con su función, que es la de informar al público.

A ejemplo de los políticos y de todos esos personajes que, con el título de periodista o sin él, ejercen de opinadores sin que se sepa, en muchos de los casos, cuál es su mérito ni su especialidad, el ciudadano de a pie se ha contagiado de esas costumbres y opina a grandes gritos en el bar, despreciando las opiniones de sus vecinos, que, por su parte, gritan también, sin que a nadie le importe lo que el otro piensa o dice y, lo que es mucho peor, dejando detrás de sí una de estela de arrogancia que tiene su raíz en la idiosincrasia hispánica, esa que Díaz-Plaja resumió en un libro de gran éxito, El español y los siete pecados capitales, en el que venía a decir que el principal de éstos es la soberbia ("¡A mí me vas decir!", "¿Qué sabrás tú?", "Te lo digo yo y punto", son algunas de nuestras expresiones más comunes), y que se acrecienta hoy con la virulencia ambiente, esa que viene de los políticos y que se transmite de arriba abajo como en una cadena de transmisión. Parece como si todo el mundo estuviera enfadado con los demás.

El resultado de todo ello es un país ensordecedor, áspero, vehemente, en el que todos lo saben todo y en el que nadie va a cambiarles de opinión. Un país en que, por tanto, el que es educado y respetuoso, el que escucha antes de opinar y, cuando opina, lo hace con discreción, está condenado, a poco que se descuide, a no poder expresarse. Aunque tampoco debe importarle, puesto que, como decía Ferlosio, en el mundo en que vivimos nadie convence a nadie de nada. Menos aún en España, donde la crispación política, el vociferío ambiente, el guirigay que lo invade todo, desde la radio a los restaurantes, pasando por el Parlamento, ni siquiera permite que las personas puedan decir lo que piensan, salvo que lo hagan a gritos, sumándose de ese modo al guirigay y al ruido generales.

Así que me pregunto: ¿Por qué no se callan todos? Y que nadie nadie piense que esto responde a esa soberbia que Díaz-Plaja señalaba como el gran pecado del español; al contrario, mi pregunta nace del cansancio de vivir en un país en el que es imposible escuchar a nadie, no digo ya los pájaros o los pensamientos propios, y del desasosiego que me produce pertenecer a una sociedad que, teniendo el mayor nivel de vida de su historia, se comporta como si fuera todo lo contrario y que, habiendo recibido el mayor grado de formación que ha tenido nunca, hace gala de una mala educación desconocida en lugares con altas tasas de analfabetismo. Sin ir más lejos, en esos países de Iberoamérica cuyos ciudadanos vieron con gran sorpresa el exabrupto del Rey de España, bien que fuera merecido por ese histriónico personaje cuya verborrea y mal gusto parecerían sacados de una tertulia de la Cope o de un programa de cotilleos de los muchos que llenan nuestras televisiones.

Julio Llamazares es escritor.

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