DIETARIO VOLUBLEColumna
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Las calles habituales

1 - Conmoción esta mañana al salir a la calle

y reparar de golpe en la extrañísima presencia de las cosas. Me he sentido tan atónito como completamente superado al observar la geométrica distribución de las calles, los letreros que indican la cercanía del parque Güell, las personas vestidas y charlando, el vendedor de lotería, la risa del paquistaní en la puerta del supermercado, la vendedora de flores de la Travessera, la inteligencia de todo eso.

El barrio es un prodigio más de la relojería universal, y uno ha de ser muy estúpido para negar la inteligencia y ficción de las cosas que lo recorre. He caminado por las calles como si fuera un recién llegado y he admirado la perfecta distribución de semáforos y letreros, la asombrosa realidad de la inteligencia cotidiana.

Me ha turbado ver al hombre de pelo rizado, enano y cojo que desde hace años, siempre a la misma hora, dobla por la calle del Torrente de las Flores. ¿Adónde va desde hace tantos años? Parece uno de esos turbios viajeros que tan mala espina nos dan cuando cruzan en diagonal los vestíbulos de las estaciones y acaban doblando por un pasillo lateral sin que sepamos nunca qué destino llevan.

Sin necesidad de forzarlas, me han llegado con suprema puntualidad la angustia por la fuga del tiempo y la enfermedad -porque es una enfermedad- del misterio de la vida. El hombre enano y cojo ha tenido su responsabilidad en esto. Me ha hecho pensar en todas esas caras que vemos en nuestras calles habituales y que si un día dejamos de verlas, nos quedamos medio tristes, porque intuimos que han doblado en silencio, por última vez, la definitiva esquina de siempre.

No había esta mañana en mis calles habituales quien me rescatara de la angustia por la fuga del tiempo, y me he quedado más tiempo de lo normal recordando los rostros de aquellos transeúntes que fueron habituales del barrio y un día, sin que en un primer momento nadie lo percibiera, se desvanecieron para siempre en el opaco vacío de la relojería universal. ¿Qué fue de todos ellos? Formaron parte de mi vida en otros días, y luego se borraron. Me he acordado de Pessoa, que se preguntaba por el viejecito redondo y colorado del puro habano a la puerta del estanco. Y por el dueño del estanco. Todos habían ya partido hacia el reino de la luz del otro barrio. "Mañana", escribía Fernando Pessoa, "también desapareceré yo de Rua da Prata, de Rua dos Douradores, de Rua dos Fanqueiros mañana, también yo, sí, mañana yo también seré el que dejó de pasar por estas calles, el que otros vagamente evocarán con un qué habrá sido de él. Y todo cuanto hago, todo cuanto siento, todo cuanto vivo, no será más que un transeúnte menos en la cotidianidad de las calles de una ciudad cualquiera".

1 - Tan imprescindibles son Los ensayos de Michel de Montaigne para entender los orígenes de la modernidad (véase la recientísima edición y traducción de J. Bayod Brau en Acantilado) como los libros de Fernando Pessoa para entender las calles habituales de esa modernidad, los desasosiegos de la inteligencia contemporánea. En realidad, todo empezó cuando en 1580 Michel de Montaigne confesó al comienzo de Los ensayos que escribía con la intención de conocerse a sí mismo. Toda la época moderna está dominada por la idea de que el sujeto se construye no solamente en el campo de la palabra sino, más específicamente, en el de la escritura. Pero nunca ha sido ni será un recorrido fácil. Nada más comenzar a buscarnos a nosotros mismos en el campo de la escritura, comenzó a desarrollarse una progresiva desconfianza en las posibilidades del lenguaje y el temor a que éste nos arrastrara a zonas de honda perplejidad. Pessoa vio pronto que la materia verbal no podía llegar a ser nunca una materia plenamente transparente. Y, consciente de esto, se dividió él mismo en una serie de personajes heterónimos. Fue su estrategia para situarse a la misma altura de la radical imposibilidad de afirmarse como un sujeto unitario y perfectamente perfilado.

A Pessoa y sus heterónimos les encuadraba recientemente Jordi Llovet en lo que podría considerarse un capítulo o episodio rarísimo (todavía por escribir) de la historia del género épico, que incluiría a todos los escritores, desde Montaigne o Cervantes hasta Beckett, Celan o Perec, que lucharon con un esfuerzo titánico contra toda forma de fingimiento o de impostura, cosa sin duda paradójica.

Luchaban esos escritores -y luchan hoy los de su estirpe- aun sabiendo que ningún problema tiene solución ni va camino de tenerla nunca. Es más, sabiendo que a estas alturas de la expedición es un hecho más que probado que nadie ha desatado nunca el nudo gordiano de ese viaje que es nuestra vida, un viaje por entero imaginario. ¿Es nuestra vida una novela, una simple historia ficticia que cruza por unas calles siempre habituales? Así lo creía Céline, que al parecer nunca se equivocaba.

En ese episodio rarísimo (todavía por escribir) de la historia del género épico, en esa lucha de algunos contra toda forma de fingimiento ha habido siempre algo, en efecto, extraordinariamente paradójico, pues quienes así han peleado fueron siempre escritores que siempre se hallaron sumergidos hasta el cuello en el mundo de la artificialidad y de la ficción. Pero también es cierto que de esa paradoja o tensión ha surgido, surge la mejor literatura contemporánea. Es una tensión perfectamente detectada. Por Céline, por ejemplo, que al parecer nunca se equivocaba y, además, era realista hasta la médula cuando comentaba: "Una vez dentro, hasta el cuello". Por supuesto. Aunque siga el espectáculo de la ficción y de la relojería universal en las calles habituales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 01 de diciembre de 2007.

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