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Entrevista:ALMUERZO CON... MALALAI JOYA

"En Afganistán no hay democracia, es una pantomima"

Es menuda y parece tímida y silenciosa cuando llega a la arrocería armada con su portátil (y seguida por dos guardaespaldas). Una bufanda arco iris completa su ropa occidental y pone color al manto gris otoñal que cubre Madrid.

Malalai Joya, de 29 años, se convirtió en 2005 en la primera diputada en el Parlamento afgano, y además la más joven, pero no puede hablar en él desde que el pasado 21 de mayo atacara en una entrevista a los señores de la guerra que bajo el auspicio de Estados Unidos y Europa gobiernan Afganistán.

Pero aquí sí puede hablar y mientras bucea en la carta que le ofrecen en inglés (nutrida de suculenta cocina mediterránea) detalla esos crímenes -"violaciones, asesinatos, secuestros..."- a la misma velocidad que desecha fideuá, pescados y mariscos. "Hace más de 15 años que soy vegetariana", señala con la mirada sumergida en los entrantes. Aun así resulta extraño que alguien a cuya cabeza han puesto precio -"han intentado matarme cuatro veces y cada día recibo amenazas de muerte"-, se prive de la tentación de la carne.

Casi al mismo tiempo que renunciaba al filete de ternera, Joya se hizo activista social: "Por las mañanas era estudiante y por las tardes profesora". Tenía 16 años. Con 23, la aún desconocida Malalai Joya se presentaba ante la Loya Jirga (un organismo milenario donde las tribus afganas tomaban decisiones antes de la creación del régimen parlamentario) y denunciaba la presencia en esa institución de criminales de guerra. Fue la única en atreverse a pedir que se les juzgara en tribunales internacionales.

Habla con vehemencia y parece menos desenvuelta ante la abrumadora atención de los camareros que ante un hemiciclo repleto. Pide una coca-cola y solicita ayuda con el menú antes de decantarse por la propuesta más humilde: un arroz con verduras. Para su sorpresa no hay alubias ni pasta en el restaurante. "Es lo que más me gusta y es fácil encontrarlas en cualquier parte", dice picoteando un bollo de pan.

Joya es humilde como las alubias que no podrá tomar o el arroz que le sirven aún hirviendo. No le gusta hablar de ella, prefiere hacerlo de su labor -"necesitamos escuelas para evitar el terrorismo, no mezquitas"- y pronto convierte su relato en un discurso quedando, triste, el arroz en el plato. "¿Dónde está la democracia? En Afganistán no hay democracia, sino una pantomima", enfatiza. A causa de ese discurso que Malalai trae estos días a la Semana de la solidaridad de la Universidad Autónoma de Madrid, su vida nada tiene que ver con la de otras mujeres de su edad en su país. "Me casé hace dos años y hace tres meses que no veo a mi esposo". Le gusta la música, "sobre todo si habla de libertad", y le encantaría tener hijos, "pero es difícil cuando cada día duermes en una casa". Aun así no se arrepiente: "Mañana tal vez me maten, pero defiendo la verdad".

Cuando se le pregunta por el futuro, Malalai, ensimismada, busca la respuesta entre los granos de arroz. Finalmente, saca un cuaderno y muestra una máxima epicúrea que ha apuntado: "La muerte no es nada para nosotros, pues cuando nosotros existimos la muerte no existe, y cuando la muerte existe nosotros no existimos". Sonríe y reparando en su plato casi lleno exclama: "¡Estoy hambrienta!".

Arrocería St. James. Madrid

- Pan y aperitivos: 6

- Arroz de la huerta: 44

- Agua: 2,50

- Coca-Cola: 2,50

Total con IVA: 58,85 euros

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 20 de noviembre de 2007

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