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COLUMNA

Consenso

Aquellos padres de derechas que hicieron la guerra con Franco y que, tal vez, fueron a la División Azul engendraron algunos hijos rebeldes, que en la universidad se enfrentaron a los guardias en una larga pelea contra la dictadura. Entre las dos generaciones se estableció un abismo infranqueable. En la sobremesa, al hablar de política, se producían discusiones acaloradas. Poco a poco el padre de derechas y el hijo de izquierdas se convirtieron en dos desconocidos. Realmente la clandestinidad empezaba por el propio hogar. El estudiante volvía de la facultad donde había participado en una asamblea revolucionaria y al llegar a casa se estrellaba de nuevo contra el orden establecido. A la hora del almuerzo el padre aun bendecía los alimentos, que les había dado el Señor, cuando los vástagos ya eran ateos. Estas dos generaciones, que chocaron a mitad de los años sesenta, usaban las mismas palabras para expresar cosas distintas. Al final ya no tenían nada que decirse y, en el mejor de los casos, se impuso entre ellas un silencio pactado hasta que cada una se disolvió por su cuenta. Tiempo después se ha producido el mismo vacío entre padres e hijos, aunque de forma distinta, cuando la evolución de la sociedad y el sistema de becas ha permitido llegar a la universidad a los hijos de los obreros. Cualquier metalúrgico, albañil, mecánico o campesino tiene hoy un hijo médico, físico-matemático o doctor en románicas. La primera consecuencia consiste en que estos padres, prácticamente analfabetos, nada pueden hacer por sus descendientes, salvo estar orgullosos y darles aliento. El estudiante de biología no encuentra la forma de explicar a su progenitor, un simple camarero, el problema más sencillo de genética molecular, ni el labrador logrará nunca entender la ley de la entropía que le repite su hija, catedrática de física. En la sobremesa se produce la misma incomunicación, que en otro tiempo era debida a la divergencia ideológica y ahora se deriva del abismo cultural que los separa. No obstante, entre las nuevas generaciones ha quedado un magnífico punto de conexión. Cuando llega la cosecha estos padres mandan a sus hijos, cirujanos, economistas y científicos, unas hortalizas del pequeño huerto familiar que cultivan todavía en el pueblo, a las que añaden un paquete de embutidos de la matanza del cerdo. Una vez a año, a ras de la dicha de vivir, entre ellos se produce un gran consenso a la hora de ensalzar la alta calidad de los pimientos morrones y chorizos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de octubre de 2007