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Al Sáder abandona al Gobierno iraquí

La marcha del partido del influyente clérigo chií acentúa la debilidad del primer ministro Al Maliki

El clérigo radical chií Múqtada al Sáder ha terminado por retirar todo su respaldo al Gobierno iraquí del primer ministro, Nuri Al Maliki. Las diferencias entre ambos chiíes, que quedaron a la vista en abril pasado cuando Al Sáder retiró a los seis ministros que su partido tenía en el Ejecutivo, no hacen más que agudizar la debilidad de una gestión que no ha logrado ni frenar la violencia sectaria ni poner en marcha la economía del país árabe. Al Sáder ha declarado que la salida del Gobierno se debe a la alianza que Al Maliki ha sellado recientemente con los kurdos, pero detrás de todo están las visiones opuestas de ambos líderes del papel que debe tener Estados Unidos en Irak. El clérigo quiere que los estadounidenses se vayan cuanto antes.

El Gobierno de Nuri al Maliki recibió ayer un nuevo golpe con la retirada del Gabinete de los ministros sadristas. La decisión de Múqtada al Sáder, cuyo apoyo fue decisivo para el nombramiento de Al Maliki el año pasado, deja ahora al primer ministro sin mayoría en el Parlamento.

Pero incluso si ningún grupo presenta una moción de confianza, el revés pone de relieve el fracaso de Al Maliki en promover la reconciliación entre la mayoría árabe chií y la minoría árabe suní y complica aún más los planes de Estados Unidos en Irak.

El líder religioso dice que la alianza entre el Ejecutivo y los kurdos precipitó su decisión

"Nuestro comité político ha declarado la retirada del grupo de Al Sáder de la Alianza [Iraquí Unida, AIU, la plataforma chií que gobierna en coalición con los kurdos], porque no hay indicaciones visibles de que sus exigencias vayan a ser atendidas", declara el movimiento en un comunicado difundido anoche en la ciudad santa de Nayaf.

Al Sáder, un clérigo nacionalista radical que lideró dos revueltas contra las tropas estadounidenses en 2004, ya llevaba días amenazando con retirar a sus ministros -él no ejerce ningún cargo político-, como hiciera el pasado abril. Entonces, protestaba por la negativa de Al Maliki a fijar un calendario de retirada de las fuerzas extranjeras. Ahora, sus diferencias giran entorno al acuerdo alcanzado a mediados de agosto con la Alianza Kurda por Al Dawa y el Consejo Islámico, los otros dos grupos de la AIU tras el abandono de Fadhila en marzo.

Al Maliki ha pactado con los kurdos flexibilizar las condiciones para que los antiguos miembros del Baaz (el partido del dictador Sadam Husein) puedan ocupar cargos en la Administración pública, la convocatoria de elecciones provinciales -una exigencia clave de Washington dentro de su plan para pacificar el país-, y estrechar la colaboración entre las milicias de ambas comunidades y los cuerpos de seguridad del Estado para frenar la violencia sectaria. Al Sáder se queja de que no se ha contado con él.

La realidad es que el Gobierno de Al Maliki está minado desde su formación, en 2006, por las disensiones que oponen a chiíes y suníes, pero también a las corrientes chiíes entre sí. Si inicialmente contaba con el respaldo de 183 de los 275 diputados del Parlamento (los 130 de los cuatro grupos chiíes de la AIU y los 53 de la Alianza Kurda), hoy se han quedado reducidos a 136 y, aunque pueda sobrevivir con el apoyo de algunos independientes, resulta insuficiente para sacar adelante leyes como la del petróleo o la del Estado federal que, incluso con mayoría, se hallaban estancadas.

El propio Al Maliki reconoció la gravedad de la situación el pasado lunes ante el Parlamento. "El término Gobierno de unidad nacional ha dejado de tener sentido", admitió en referencia a la pérdida de seis ministros suníes. Pero aunque dio a entender que iba a remodelar su equipo, no dio detalles. Es un hecho que los iraquíes hace tiempo que han perdido la confianza en el primer ministro, si algún día la tuvieron. Hace meses que se hacen quinielas sobre quién va a sustituirle y sólo el apoyo de Irán, y el cada vez más reticente de EE UU, le mantienen en su puesto.

El plantón de Al Sáder socava además los planes estadounidenses para que las autoridades y las fuerzas de seguridad iraquíes tomen las riendas del país lo antes posible. Aunque Bush aceptó esta semana reducir para 2008 el número de tropas en Irak, no titubeó a la hora de afirmar que la presencia militar de EE UU en el país árabe va para largo, y utilizó como ejemplo la presencia militar estadounidense en Corea del Sur, que ya dura 60 años.

Ayer, el secretario de Defensa estadounidense, Robert Gates, sugirió que la retirada de las tropas puede acelerarse y que para final de 2008 pueden quedar 100.000 militares de los casi 170.000 que hay desplegados actualmente. No obstante, Gates aclaró que la cifra del repliegue siempre dependerá de los informes que el jefe militar estadounidense en Irak, en estos momentos el general David Petraeus, haga sobre el terreno.

La situación no es halagüeña. Una decena de personas murieron ayer y otras 15 resultaron heridas por la explosión, junto a un control policial, de un coche bomba conducido por un suicida en Bagdad. Por otra parte, la organización radical islámica suní Estado Islámico de Irak, encabezada por Al Qaeda, anunció ayer una recompensa de 100.000 dólares (72.000 euros) a quien asesine al caricaturista sueco Lars Vilks, que dibujó al profeta Mahoma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de septiembre de 2007