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El Ejército libanés toma el campo de refugiados palestinos de Naher el Bared

Los soldados acaban con la resistencia de los islamistas atrincherados desde mayo

Tres meses y medio ha necesitado el Ejército libanés para doblegar a los milicianos de Fatah al Islam atrincherados en el campo de refugiados palestinos de Naher el Bared, cerca de Trípoli, en el norte de Líbano. Treinta y siete luchadores murieron ayer en la última arremetida de los soldados contra esta organización inspirada por Al Qaeda. Un total de 330 personas, entre militares, civiles y yihadistas, han perecido en las batallas desatadas el 20 de mayo.

Ha sido el episodio más sangriento desde la fratricida guerra civil (1975-1990) y una más de las incontables amenazas que se ciernen sobre el siempre frágil Líbano. Portavoces castrenses aseguraban por la tarde que los uniformados controlaban completamente Naher el Bared sin toparse con resistencia armada.

No ha habido un instante de respiro para los milicianos. La semana pasada, Beirut rechazó su petición de permitir la evacuación de heridos. El asedio concluyó por la mañana, y la noticia corrió como la pólvora. Las celebraciones se desataron en las poblaciones cercanas, en la región de Akkar, limítrofe con Siria, tal vez la más pobre del país.

Las imágenes de televisión mostraban a decenas de hombres bailando en corros con los soldados o lanzado arroz al paso de los vehículos blindados. En algunos pueblos los lugareños se armaban para impedir que los milicianos que rompieron el cerco se mezclaran con la población.

Según portavoces militares citados por Reuters, por la mañana sólo resistían unas decenas de islamistas, de los 360 que comenzaron el ataque en mayo. Trataron de quebrar el cerco y mataron a cinco soldados en el intento de fuga. Una quincena fueron detenidos, y según el Ejército libanés, el líder de Fatah al Islam, Shaker al Absi, está entre los muertos. A lo largo de todo el país, por temor a la reacción de los fugitivos, se montaron controles militares, mientras en el lugar de la batalla los soldados buscaban minas y explosivos entre las ruinas de los edificios, bombardeados casi a diario desde mayo.

Lo que resulta evidente es que los movimientos afines a Al Qaeda cuentan en Líbano con terreno abonado para su crecimiento. Los campos de refugiados palestinos se pudren en la miseria, y los milicianos gozan en ellos de impunidad. El Ejército libanés, tras un pacto suscrito en 1969, no entraba en la docena de campos en el país desde aquel año.

Los civiles de Naher el Bared, donde vivían 40.000 personas, han pagado un alto precio. La gran mayoría huyó en los primeros días de combates al cercano campo de Badaui, donde 42 de ellos murieron bajo las bombas.

"Es la mayor victoria nacional contra el terrorismo", declaró el primer ministro, Fuad Siniora. Pero el cierre de esta crisis supone sólo un ligero respiro. El enfrentamiento entre Siniora y la coalición prooccidental que le apoya, por un lado, y Hezbolá y su aliado cristiano Michel Aoun, por otro, tiene paralizada la vida política y ha dañado seriamente la economía de un país ya devastado tras la guerra de Israel contra Hezbolá el verano pasado.

A final de mes debería comenzar el proceso para elegir al presidente que sustituirá al prosirio Emile Lahoud. La pugna va a ser ardua. El líder chií Nabi Berri, presidente del Parlamento, que elige al mandatario, se niega a convocar a los diputados si no se llega a un acuerdo que saque a Líbano del estancamiento. Y nada apunta al entendimiento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de septiembre de 2007