Furtivos de náuticos y bermudas

Las mariscadoras de Pontevedra vigilan las playas para asegurarse el sustento y evitar que los veraneantes sustraigan especies de forma ilegal

Son apenas las nueve de la mañana de un domingo que se presenta desapacible y, al pie de la playa de A Canteira, en Combarro (Pontevedra), Elena Camiño, presidenta de las mariscadoras de Raxó, otea el horizonte. A ella y a su compañero aún les quedan cuatro horas de vigilancia para garantizar que los bañistas no echen mano de las almejas y berberechos que, durante todo el año, los cerca de 500 profesionales -más de 5.000 en toda Galicia- de las cofradías del fondo de la ría pontevedresa (Lourizán, Raxó y Pontevedra), cuidan con esmero.

Los propios mariscadores entienden que por coger un puñado de almejas "no pasa nada", el problema es que "si en una playa donde hay 500 personas, cada uno coge un par de kilitos para la comida ya son 1.000", explica el patrón mayor de la Confraría de San Telmo de Pontevedra, Miguel Pazos. Este goteo de puñados que se repite a diario por todo el litoral gallego supone, al fin, un daño importante para un sector que no acaba de levantar cabeza desde los temporales del año 2000, la catástrofe del Prestige, los incendios y riadas de 2006 y los constantes vertidos que merman, año a año, la producción de unos bancos marisqueros que en 2005 alcanzaron un valor en lonja de 63 millones de euros.

Desde Combarro ironizan al decir que los turistas "son más mariscadores que nosotros, no sabemos ni cómo lo hacen", declara Elena antes de relatar cómo la semana pasada un vigilante cazó a un bañista que agazapaba tres kilos de almeja fina, la de mayor calidad. "Era de la buena, de Raxó, que puede llegar a venderse a más de 70 euros el kilo" y, además, resulta bastante difícil dar con ella, por eso el asombro es aún mayor. "¡Qué arte tienen!", suspiran y es que tampoco aquí falta la picardía: "Yo no sé cómo lo hacen, a veces los ves ahí sentados en la orilla, parece que están jugando y resultan que oculto a un lado tienen ya un montoncito de almejas". Y agrega: "O cuando ves a alguien que va cargando con un cubito de playa y se nota que pesa demasiado", más evidente aún en el caso de que el portador sea un niño, algo nada inusual. "Son las propias madres las que muchas veces los dejan en el agua para que vayan apañando, con el peligro de que les pueda arrastrar una ola y, luego, se nota que van cargaditos a la orilla". Son los efectos colaterales del prestigio de que goza el marisco de Galicia. "Es la fama", declaran.

Una reputación que obliga a los profesionales del mar a hacer horas extra sin remuneración para garantizar la sostenibilidad de su medio de vida. Durante las guardias que realizan van equipados con viseras y chalecos identificativos proporcionados por la Consellería de Pesca y cuentan, además, con la supervisión del Servizo de Gardacostas. La Xunta contempla invertir en 2007 más de un millón de euros en gastos de vigilancia de los arenales y asistencias técnicas para reforzar la labor de las mujeres a pie de playa con personal especializado.

Y es que por llevarse un kilito o dos de marisco del mar a la mesa hay quien es capaz de esconderlo en cubos de playa, en riñoneras, de enterrarlos hasta que los vigilantes se marchan e incluso de introducirlas en el bañador. Según dice Camiño, actúan con premeditación porque "saben que no pueden hacerlo y a nosotros nos tienen perfectamente controlados". Eso sí, "no podemos tocar a nadie, sólo les informamos de que lo que hacen es ilegal y si se resisten llamamos al vigilante", apunta Elena mientras le echa el ojo a la primera bañista de la mañana.

Las mariscadoras aseguran que "la mayoría lo entienden perfectamente, sobre todo los niños, e incluso nos preguntan por nuestro trabajo". También hay quien decide plantarles cara: "A mí, hace años, un señor me llamó de todo, tuvo que venir la Guardia Civil", recuerda Elena quien explica que, en Vilanova y en el resto de la comarca de Arousa, la cosa es peor. "A Evangelina Lago, que ahora es patrona mayor, llegaron a pegarle. Aquí es raro que lleguemos a las manos", matiza.

Si se echa la vista atrás una década, el mayor problema al que se enfrentaban las mariscadoras era el robo planificado y en cantidades considerables de almejas y berberecho. Una vez que las cofradías han instaurado su propia vigilancia, esas acciones se han reducido de forma considerable. Hoy, lo que en principio asoma como uno de los pilares económicos de las Rías Baixas, el turismo, se ha convertido en una batalla diaria que se libra a pie de playa hasta que la marea cubre todo aquello susceptible de ser engullido.

Multas de 150.000 euros

La vigilancia a turnos de las mariscadoras tiene una función meramente disuasoria que no siempre consigue sus objetivos. En el caso de que el veraneante recolector obvie ese primer aviso, las vigilantes dan parte al personal contratado por la cofradía (subvencionado por la Xunta) para que éstos notifiquen a la Consellería de Pesca y a la Guardia Civil a fin de que levante acta y requise el marisco a los furtivos de ocasión.

Podrán ser penalizados con sanciones de entre 30 y 150.000 euros, en función de la gravedad de una infracción que a ojos de la ley es furtivismo en toda regla. "Es indiferente que sea un bañista o no quien se lleva el marisco", señalan desde el departamento que dirige Carmen Gallego. En los próximos días, la Xunta de Galicia pondrá en marcha una campaña para concienciar a los veraneantes y evitar una práctica que cada verano ocasiona pérdidas millonarias a los mariscadores.

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