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Reportaje:

"Vengo a la playa de Madrid"

Los interrogatorios policiales en El Prat detectan cada mes a 200 falsos turistas, que acaban siendo deportados

Si vive fuera del espacio Schengen y quiere visitar España, no les diga a los guardias de frontera, durante el interrogatorio, que viene a bañarse a la playa de Madrid o a visitar la Giralda de Valencia. Los policías creerán que es usted un inmigrante que, con la excusa de realizar un viaje de placer, pretende instalarse ilegalmente en España. Es probable que, si comete esos dislates, jamás cruce la línea imaginaria que separa el territorio nacional de lo que se conoce como "tierra de nadie". Será deportado.

Unos 200 extranjeros son rechazados cada mes en el aeropuerto de El Prat, según el Cuerpo Nacional de Policía. Los suramericanos copan la primera posición, seguidos de asiáticos y africanos. Cada vez que un vuelo internacional aterriza en Barcelona, el puesto de frontera es la primera criba. Los agentes revisan la documentación y lanzan el interrogatorio: ¿Cuánto dinero gana en su país?, ¿qué ruta turística va a seguir?, ¿dónde piensa alojarse? El objetivo es descubrir, entre la masa de pasajeros, focos de inmigración irregular.

Los agentes pueden denegar la entrada de un viajero si lo consideran peligroso

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Quienes carecen de los requisitos exigidos -visado, carta de invitación, dinero- o generan dudas razonables, son apartados de la fila y pasan a la segunda fase: la minuciosa entrevista del Grupo de Investigación de Fronteras. Comienza su estancia en el limbo. La decisión no es gratuita: "En la frontera ves cosas. Miras a la persona, observas su ropa, sus ademanes y su lenguaje... Y crees que intenta colarse. Y la mayoría de veces, aciertas", asegura el comisario jefe de Extranjería y Documentación en Barcelona, José María Hidalgo.

Pone un ejemplo. "A un canadiense no le caben los sellos en el pasaporte. En cambio, un africano tiene el pasaporte recién estrenado. Eso es un indicio". El comisario admite un grado de subjetividad en tales prácticas, pero asegura que se hace en aras de la eficacia: "Puedes entrevistar a un norteamericano o a un japonés, pero es perder el tiempo". Entidades sociales y asociaciones de inmigrantes lo consideran trato "discriminatorio". Un extremo que Hidalgo niega: "No pretendemos que haya discriminación. Y no hay discrecionalidad: el retorno está siempre motivado".

De esa labor se encargan los investigadores que trabajan en la terminal A. La "tierra de nadie" son unas austeras dependencias. En la mesa, el subinspector Luque tiene el pasaporte falsificado de un ciudadano de Gambia que se ha hecho pasar por francés. Tendrá que volver por donde vino y ahora espera en la sala destinada a los retornados. Es una mañana de intenso tráfico en El Prat. Un ciudadano ruso ha llegado al puesto de control ebrio e insultando a los policías. Su comportamiento le ha hecho ganarse la deportación. Mientras, en la sala de espera, un anciano cabizbajo aguarda su turno para ser entrevistado. No se separa de su maleta. Ha volado desde Estados Unidos. Pero como es hindú precisa de visado. Para su desgracia, no lo ha traído.

Carecer de visado, tener uno falso o "ser considerado peligroso" son tres de las causas por las que la policía puede denegar la entrada al país. Pero la más recurrida, subraya Luque, es la que figura en el epígrafe E del documento que expide Interior: "Carece de documentación adecuada que justifique el motivo y condiciones de su estancia". La misión es entonces destapar a los falsos turistas. Y ahí entra la entrevista, donde cuentan tanto la pericia del entrevistador como la habilidad del entrevistado para zafarse de las preguntas incómodas, admite el comisario.

"Lo de la playa de Madrid o la Giralda de Valencia no es broma. Mucha gente contesta ese tipo de cosas porque viene engañada. Si un señor cobra en su país 100 euros al mes, ¿cómo puede permitirse un viaje por España? El motivo del viaje no es claro".

El Manual común de fronteras de la UE es el libro de referencia de los guardias. Recomienda, entre otras cosas, que se observe el comportamiento del pasajero: "Nerviosismo, actitud agresiva, excesivo afán de cooperación". "Lo examinamos todo. A veces, el entrevistado tiene una reserva falsa de hotel, o desconoce el número secreto de su propia tarjeta de crédito", abunda Luque.

Al final del proceso, se elabora un informe. Unos entran y otros no. "A veces te quedas con la sensación de que te han engañado, y que la persona va a quedarse en el país por más tiempo que los tres meses legales. Pero no puedes hacer nada: in dubio, pro reo", concluye Hidalgo.

En su odisea, los deportados pueden permanecer hasta 72 horas en el aeropuerto. Jurídicamente, no están detenidos. Pero sí privados de libertad o "retenidos". Las compañías aéreas son responsables de su regreso, y en ocasiones son multadas por no haber revisado de forma diligente la documentación del pasajero. Si se sobrepasa ese tiempo y no hay vuelos de regreso disponibles, los individuos son trasladados a un centro de internamiento de extranjeros. Durante el traslado "pueden ir esposados", afirma Luque, si los policías que lo custodian lo creen conveniente.

De la misma forma, si su comportamiento es agresivo, los policías pueden hacer que la aerolínea lleve en el avión a dos o más vigilantes de seguridad. "Esto ocurre a menudo con jóvenes que llegan de Gambia. Cuando van a ser deportados, gritan e incluso tratan de agredir al personal", remacha el subinspector.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de agosto de 2007