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Reportaje:

"No quiero oraciones ni velas"

Un preso de un 'corredor de la muerte' en EE UU asegura que sólo presenció el crimen

DR: las iniciales de death row, corredor de la muerte, están inscritas con rotulador negro en el pantalón blanco de Kenneth Foster. Dos letras indelebles que recuerdan -como si hiciera falta- que la fase de la cuenta atrás ha comenzado. Desde mayo, este preso de 30 años sabe que las autoridades tejanas han fijado la fecha de su ejecución para el 30 de agosto, jueves, hacia las 18.00. Una fecha y una hora que llegarán casi exactamente 10 años después de que un tribunal de San Antonio le condenara a la pena capital, no por haber matado a alguien, sino, de acuerdo con el jurado, por no haber previsto un crimen y por haber huido después al volante de un automóvil con el asesino.

Kenneth Foster espera, de pie, en una de las cabinas de la sala de visitas de Polunsky Unit, una cárcel para condenados a muerte en Tejas; un bloque de cemento y acero perdido en una carretera de Livingston, una pequeña ciudad al norte de Houston. El guardia le quita las esposas con gestos automáticos y cierra con cerrojo la puerta. Foster se sienta. Pone un reloj sobre el borde del cristal blindado, como para controlar mejor el tiempo, los 45 minutos concedidos para la entrevista. Y sonríe. "Hello", dice, al descolgar el teléfono. "¿Qué tal?". Kenneth Foster no da señal alguna de abatimiento ni de querer dominar el miedo. Es un joven alto, de rápida simpatía, que habla de un tirón y maneja con destreza un flujo continuo de palabras, como el músico de rap que le habría gustado ser antes de que le detuvieran.

Antes del asesinato, el grupo con el que iba Foster acababa de cometer dos atracos

Los momentos difíciles se los reserva para sí mismo, como si entre las cuatro paredes de su minúscula celda quisiera protegerse de ese instante fatídico, esa intrusión de las autoridades penitenciarias que embarcan al prisionero para trasladarlo a Huntsville, una ciudad cercana en la que el Estado de Tejas ejecuta a sus condenados por inyección letal. Ayer le tocó a Lonnie Earl Johnson, otro preso, "un amigo" al que conocía desde hacía nueve años. "Estos momentos son duros, golpean el espíritu, son una provocación para el intelecto y las emociones... Estamos viendo su reloj".

Dice que no siente "odio ni ira, sólo rabia, pero una rabia positiva, de la que proporciona energía y sirve de carburante". ¿El sistema? "Sé que es injusto, conozco el racismo que existe en Estados Unidos. Pero nosotros debemos ser inteligentes, por lo menos tanto como los que nos dirigen". Ni una sola vez acusa a quienes le condenaron de haberle juzgado en función del color de su piel. En ningún momento habla del padre de la víctima, Michael Lahood, abogado blanco de San Antonio. Sólo dice que hay que atenerse a los hechos, recuerda que él no mató a nadie y que le era imposible prever que Mauriceo Brown, uno de los tres hombres con los que se encontraba una tarde de agosto de 1996, iba a matar a un tal Michael Lahood Jr.

En dos ocasiones quiso acabar con aquel paseo nocturno, dejar el pequeño grupo que acababa de cometer dos atracos lamentables en los que habían robado 300 dólares a unos transeúntes escogidos al azar. En el momento del disparo, dice que no vio nada, sólo el rostro pálido y jadeante de Mauriceo Brown, que había salido del coche unos segundos antes para seguir a una joven a una propiedad privada. Kenneth Foster tuvo miedo. Con un gesto, pisó el pedal del acelerador. Tenía 19 años y había pedido prestado el vehículo a su abuelo, el único miembro de la familia que cuidaba de él.

Después vino el proceso, aquellos "errores en cadena", aquella primera abogada de oficio "que era claramente una principiante", aquel magistrado que se negó a juzgarle aparte del asesinato, aquel testimonio confuso de Julius Steen, el tercer ladrón. Kenneth Foster fue juzgado con arreglo a la llamada Ley de Partes, que permite condenar a los actores secundarios de un crimen. Se trata de una ley aprobada por media docena de Estados a finales de los años setenta, pero que sólo Tejas aplica hasta llegar a la pena capital. En total, los especialistas calculan que esta ley ha sido decisiva en la ejecución de una veintena de presos.

El condenado ha presentado cinco apelaciones para que volvieran a juzgarle, y en las cinco ocasiones fue rechazada su petición. Los años de trámites judiciales sirvieron para acercarle mecánicamente, fallo tras fallo, a la muerte. Mauriceo Brown, también condenado a la pena capital, fue ejecutado el 17 de julio de 2006. Kenneth Foster dice que acusó el golpe, pero hace pocos comentarios: "Nunca fui muy amigo suyo, ni siquiera aquí, en la cárcel". Kenneth Foster espera todavía que los nueve jueces de la cámara de apelaciones de Austin revisen la sentencia en los próximos días, o que la oficina de perdones y el gobernador Rick Perry, que nunca ha otorgado un indulto, acepten, como último recurso, la apertura de un nuevo proceso. Y declara: "No quiero oraciones ni velas. Quiero que luchen y se movilicen por mí, que muestren a estos políticos que hay individuos que piensan de otra forma".

Le Monde / EL PAÍS

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de agosto de 2007