A un prójimo próximo
Cuando regreso a mi casa de Barcelona, cada vez más esporádicamente, cada vez durante menos días, dada la coyuntura que atraviesa Líbano, el país en el que, mientras pueda, quiero vivir... Cuando vuelvo, decía, encuentro la gran mesa de mi despacho agrandada por pilas de papeles-cartulinas que conforman un verdadero monumento a las vanidades, incluida la mía. Un monumento efímero que contiene tantas invitaciones a actos inverosímiles, tantas comunicaciones importantes de políticos que quisiéramos perecederos y otros que, pese a lo transitorios que son -o lo es su discurso, su gestión-, continúan caminando tan campantes. Recibo delirios en cartulina -carísimos- de aspirantes a diseñadores gastronómicos de platos minimalistas de fusión internacional; paridas de señores que han decidido dar una fiesta en un zoológico; mensajes veraniegos -eso ahora, claro- que sugieren que debo escuchar un solo de violonchelo mientras me solazo con una solitaria obra de arte que merece ser contemplada a solas, igual que el violonchelista merece que no se le tome por comparsa. Tengo encima de esa mesa-altar un montón de sacrosantas invitaciones al pase de la mejor película de los últimos tiempos y otro montón de cartas que acompañan a las mejores novelas de la última década. Gracias a todo el mundo por pensar en mi vanidad y mandarme noticias de la suya. ¿Cómo no voy a agradecerlo? Es mi espejo en cartulina-papel. Siempre va bien una dosis de realidad cotidiana, de reflejo de país moderno de la muerte y avanzado que te cagas. Recibo también recordatorios de causas. Causas, causas, causas. Todas justas, todas implacables, todas nuestras. El complemento perfecto para un ser de estos tiempos, concienciado y al día. Detrás de una acción miserable siempre habrá detrás un convoy de abnegados culposos que pondrán esparadrapos sobre los abismos del mundo.
De tarde en tarde, muy de tarde en tarde, me llega una carta. Algo escrito desde el fondo de la reflexión y cargado de honestidad, algo que toca nervio. De modo que este artículo es para el autor de la última, un desconocido y a la vez un próximo, un prójimo. Jesús, profesor de Lengua y Literatura (hay que seguir escribiéndolas con mayúsculas, pese a las cartulinas) en un instituto de una ciudad del sur de España. No añado más datos, Jesús, porque me parece que quieres preservar tu intimidad y porque lo que me cuentas -lo que citas para que lo recuerde, para que nunca se me borre de la conciencia: inicialmente escrito por mí, pero ya para siempre ennoblecido por tu mirada- es algo que desde ahora mismo atesoro para que me acompañe en mis ratos malos. Que son muchos y, al mismo tiempo, tan auténticos que parecen buenos.
Este "tango mediterráneo y como circular que parece ser la vida", como escribes, es algo que no siempre bailamos en pareja. O en ocasiones -las mejores- hay pareja, pero no es una persona. Es un paisaje, es una elección, o es una aceptación. Y es verdad, como dices, que hay que saberlo, hay que reconocerlo cuando llega, y quejarse lo mínimo si un día te deja con una pierna en el aire, con el paso cambiado y el alma contusa. Lo importante es no engañarse y, creo -no: estoy segura-, no engañar.
El viaje que me cuentas -gracias también por ese álbum de anotaciones fotográficas tan personal- me acompañará en el mío, no lo dudes, así como lo que escribes acerca de tus alumnos. Por algo así merece la pena tener ventanas en las que escribir. Porque algún día se abren solas y penetra el aire. El aire sin miasmas que estabas deseando respirar.
Nuestra época no resulta fácil, pero no creo que ninguna lo haya sido. Lo difícil de nuestra época reside, precisamente, en que hemos banalizado lo importante como pienso que nunca se hizo anteriormente. ¿Quizá al final del Imperio Romano? Él también murió, en parte, por los fanáticos, que entonces eran los mártires cristianos. Ahora que lo sabemos todo, o así pensamos, estamos más expuestos que nunca a despertar una mañana con la certeza asesina de que fuimos los más ignorantes de todos.
Gracias, Jesús del sur de España.
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