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Editorial:

Ínsulas baratarias

Los electores reparten las cartas y los partidos juegan la partida. El presidente en funciones de Baleares, Jaume Matas, lo ha expresado de una forma más directa: "Ha habido una segunda vuelta electoral en los despachos". Cada cuatro años se repiten las discusiones sobre si no habría que cambiar el sistema electoral para evitar la permuta o trueque por debajo de su precio (eso significa baratar) del poder ganado en las elecciones, a modo de segunda vuelta en la que el electorado no participa. El argumento es que se tergiversa la voluntad ciudadana concediéndose un poder desproporcionado a pequeños partidos que se ponen en venta sabiéndose imprescindibles para completar mayorías. Con resultados no siempre coherentes y a menudo poco funcionales desde el punto de vista de la eficacia en la gestión.

Esta vez los casos más polémicos son (aparte de Navarra, que lo es por otros motivos) los de ambos archipiélagos. Tanto en Canarias como en Baleares los partidos que han tenido más votos (PSOE y PP, respectivamente) se proclamaron ganadores y exigieron respeto a la lista más votada, aunque no hubieran alcanzado la mayoría absoluta. En Baleares, el resto de partidos argumenta (como en Navarra) que el electorado ha expresado una "voluntad de cambio" al negar esa mayoría a quien gobernaba hasta ahora. En Canarias esa voluntad de cambio puede medirse por el hecho de que los tres partidos en liza han permutado sus posiciones y quien se presentaba como alternativa, el PSOE, es ahora, con diferencia, el primer partido; mientras que en Baleares, el primero sigue siendo el PP, que ha subido en votos y porcentaje y se ha quedado a un solo escaño (y apenas 3.000 votos) de la mayoría absoluta.

Al partido de Matas le habría bastado, por tanto, con el respaldo de Unió Mallorquina (UM, tres escaños), con la que ya había pactado anteriormente. Sin embargo, el PP, de acuerdo con la actitud general de ese partido de jugárselo todo a la baza de la mayoría absoluta, hizo una campaña bastante agresiva contra UM, y le ha salido mal. Aunque la líder de este partido, Maria Antònia Munar, también ha invocado el "deseo de cambio" de la ciudadanía, hay motivos para pensar que ha sido esa agresividad lo que ha determinado su decisión (tras negociar con los dos) de traspasar su apoyo al PSOE como cabeza de una coalición que repita la que gobernó (sin mucho éxito) entre 1999 y 2003, y que incluye una constelación de pequeños partidos nacionalistas de izquierda y ecologistas agrupados ahora en el Bloc. Una combinación tan abigarrada puede (de nuevo) dificultar la toma de decisiones.

En el otro archipiélago, la decisión de Coalición Canaria (CC) de pactar con el PP sólo se explica por razones de poder: la posibilidad de conservar la presidencia, que no habría estado a su alcance pactando con los socialistas, que tienen siete escaños más. Y políticamente es incongruente que CC pacte con el PP después de haber roto su antigua coalición, muy fundamentalmente por su resistencia a impulsar la reforma del Estatuto. Así pues, todo parece indicar que, al menos en terreno insular, donde había más clara voluntad de cambio, no lo habrá; y sí lo habrá donde esa voluntad era menos evidente, aunque la retirada de Jaume Matas parezca indicar lo contrario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de junio de 2007