Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:

Londres llena la plaza de la Paja

Cerca de 20.000 madrileños visitan los puestos importados de los típicos mercadillos de la capital inglesa

No era un concierto de los Rolling Stones, ni un cocido gratuito, ni la proyección de un partido de la selección española. Tampoco una manifestación a favor de la familia. Madrid, sin embargo, respondió una vez más con entusiasmo lipotímico ante la convocatoria Londonize, que presentaba ayer como reclamo la instalación de 20 puestos de los mercadillos londinenses de Portobello y Camden Town. "Calculamos que vendrían unas 10.000 personas, pero vamos a duplicar. Todos somos un poco fashion victims", explicaba Paco Recuero, uno de los organizadores de esta "primicia mundial" patrocinada por la ginebra Beefeater.

Inasequibles al desaliento, bajo un sol de justicia, Mercedes y Olga se abrían paso entre la multitud que colapsaba el acceso peatonal a la plaza de la Paja. "A mí es que todo lo british me vuelve loca", confesaba Mercedes que visitó Portobello hace 30 años. Junto a ellas, Mariana aguantaba los empujones con un vestido que compró en Camden hace unos meses: "Arrasé, me lo llevé todo". Un agente municipal se mostraba perplejo: "En 10 años de servicio nunca he visto una tontería igual. Han venido 20.000 personas".

"En 10 años de servicio nunca he visto una tontería igual", dijo un policía municipal

En los alrededores, los conductores ponían a prueba su paciencia y creatividad buscando aparcamiento. Desde un Ford rojo con flores, Rosana y tres amigas venidas desde Villanueva de la Cañada resistían dando vueltas una hora después de haber llegado al barrio. Alfonso un vecino, comentaba resignado: "Esto es insoportable, pero los sábados de Navidad está peor. Vivo aquí desde hace tres años y no te acostumbras". Los andamios de las obras de la iglesia de San Andrés dificultaban el paso peatonal y daban sabor castizo al decorado de Londonize. La ambulancia de los años sesenta, el taxi negro y la cabina roja instalados apenas eran visibles entre el gentío, que, eso sí, se esforzó por vestirse a la moda. Jorge, disfrazado de beefeater no guardaba el estricto silencio que mantienen estos guardias. En un autobús aparcado en la plaza había una sucursal bancaria móvil, con aire acondicionado, cajero y ventanilla. Allí estaba Carlos: "Cambiamos libras a 1,4688 euros. Ya han venido más de 50 personas porque con libras hay un 10% de descuento".

Los vendedores y su mercancía -10 toneladas, según los organizadores- estaban dispuestos en dos carpas instaladas por el Ayuntamiento. Dentro se vendían cuadros de escenas de películas, las joyas Clare Mason -"no llevo mucho vendido, pero es una idea genial"-, parafernalia jamaicana, libros, relojes, cromos de cajetillas de cigarrillos, camisetas souvenir de Londres y otras fluorescentes. En la arcada siguiente había vinilos de Bob Dylan, uniformes militares, balones de rugby y la ropa de Libby Rose, que optó por traer sus diseños de encaje y olvidarse de las prendas fetichistas. Un puesto de comida brit y otro de traductores completaba la oferta.

A escasos metros, en la calle de Rodrigo de Guevara, Antonio atendía su puesto de trajes de faralaes: "Llevo 30 años aquí. No me iría a Londres". Enrique, explicaba las diferencias entre el Rastro y sus rivales europeos: "Aquí todos tenemos de todo, hay menos especialización. Han traído lo peor de Londres, en plan Aldeasa".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de junio de 2007