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jueves, 14 de junio de 2007
Reportaje:

Los otros yos de Gordillo

Es uno de nuestros grandes artistas contemporáneos y poco a poco se le va haciendo justicia. Inaugura su primera antológica en el Reina Sofía de Madrid, acaba de recibir el Premio Velázquez y su natural pesimismo se ha relajado. Ésta es la historia de sus múltiples vidas y sus pinturas.

"Ser solamente uno me irrita y me provoca malestar. Me siento preso"

"Mi ciclo es descansar para tener la cabeza limpia y poder pintar"

"Me gusta escribir, que algo que está dentro de mí quiera salir"

Luis Gordillo (1934) es grande. En lo humano y en lo artístico. Posee un buen corpachón y una mirada irónica y grave escondida tras las gafas que le sirven de escudo protector para cuantos escollos se encuentra en el camino, ya sean hombres, mujeres o situaciones incómodas. Vive y pinta sus cuadros en un campo urbanizado, cercano a Madrid, en Villafranca del Castillo, próximo al lugar donde tuvo lugar la batalla de Brunete, un episodio que conoce a la perfección y lo demuestra al caminar por los alrededores, y señala trincheras, restos? Cuando excavaron los cimientos de la casa donde habita con Pilar Linares, su mujer, su mano derecha para todo, hallaron dos esqueletos, muertos en la Guerra Civil. Él, con mucha flema, sólo preguntó si eran nacionales o rojos, y luego, las obras continuaron.

Melancólico, pesimista. Hijo de vallisoletano adusto y sevillana alegre ("Algo así como Triana y Valladolid frente a frente", lo definió su hermano José Manuel), hay muchos yo en un mismo Gordillo. Él, en el fondo, presume de esa multiplicidad. Porque es un artista atípico. Nunca ha seguido modas. Ha pintado por adelantado: "Más que caótica, mi pintura es un mundo muy abierto y peligroso porque el cerebro puede ser elástico, pero hay que ir con cuidado. Esto me ha ocurrido otras veces, pero en este momento aún más, ya que por un lado llevo trabajos fotográficos, y por otro, la pintura, que unas veces es muy libre, y otras, muy fría y condicionada por collages fotográficos iniciales. Y veo que estoy suplantando varias personalidades y eso lleva un coste considerable".

En eso de las sustituciones, Gordillo admira al escritor portugués Pessoa y sus diferentes heterónimos. "Últimamente pienso mucho en esto. Es decir, no ser uno, sino varios. Vivir vidas muy distintas e incluso contradictorias. En cambio, en la pintura, como no es la vida real, tienes la sensación de que puedes ir desdoblándote sin límites, pero en cuanto exageras esos límites te comen, y cuando te vas haciendo mayor te das cuenta de que necesitas mucha energía para llevar todas esas batallas, pero me es imposible renunciar, quiero seguir siendo distinto, no de los otros, sino distinto de mí mismo. Sobre todo, yo no quiero ser uno. No me resigno a ser una sola persona, eso me asfixia, me da claustrofobia. A mí me gustaría ser uno, pero siempre estoy con un brazo, una pierna para fuera, con parte de mi estómago en otro lado? Ser solamente uno me irrita y me provoca malestar. Me siento preso de mí mismo".

Uno de los diferentes Gordillos se siente de Madrid, donde vive, y otro, muy sevillano, de la Semana Santa. "Me apasiona. Cuando era joven y vivía allí, nunca la veía, me parecía un mundo eclesial, casi franquista, pero una vez fui con mi primera mujer, Elena Luxán, a enseñársela y me quedé desde entonces muy impresionado".

Es el segundo de ocho hermanos, "mi hermano mayor ya murió y quedamos dos varones y cuatro chicas, que son las que viven en Sevilla. Tengo un familión. Sevilla es sobre todo la ciudad de mi madre y de mis hermanos, pero llevo en Madrid más de cuarenta años, y eso se nota; sobre todo, es la ciudad que me ha hecho, y eso es muy importante. Antes era del Betis y ahora soy del Madrid. Cuando llega la hora de veranear siento que lo mío es el Sur, las playas de Cádiz o de Huelva, pero Pilar, que es asturiana, me lleva a su tierra, y eso no es lo mío". Ya es una gloria sevillana, o como él dice, "me han puesto todas las medallas". Y hace poco descubrió que en un pueblo de Almería hasta tiene una calle, "porque había un alcalde al que le gustaba la pintura".

Hoy, mientras el viento hace gemir las paredes de su estudio, un cubo blanco que atrapa la luz, es un hombre aparentemente en paz consigo mismo. Está a punto de inaugurar la primera antológica que el Reina Sofía le dedica, le acaban de conceder el Premio Velázquez de Artes Plásticas, y su ánimo está medianamente sereno mientras pinta, excitado ante la multitud de ideas que le asaltan.

"Luis Gordillo es, sin duda, una de las figuras centrales del arte español de la segunda mitad del siglo XX", asegura Manuel Borja-Villel, director del Macba (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), responsable de la gran antológica que le dedicó esta institución en 1999. De Gordillo dice que es el "catalizador de toda una generación de artistas; sin él, una buena parte de nuestro arte reciente sería impensable. Pero este papel decisivo en la pintura española ha hecho que, de un modo paradójico, su propia obra haya sido marginada por el aura alrededor de la misma. Como ocurre con otros artistas, ha sido el mismo mito Gordillo el que ha generado una percepción de su obra repleta de lugares comunes".

El gordillismo estalló a principios de los años setenta. Fue una referencia de la pintura figurativa española. Y Luis Gordillo fue un pintor de moda al que Paloma Chamorro, la musa televisiva de la movida madrileña, entronizó en su programa Trazos. "En 1971 entré en la Galería Vandrés, que era de Gloria Kirby y Fernando Vijande, y me pusieron una especie de sueldo que me permitía vivir bastante bien sin tener que dar mis clases de francés. Yo lo viví como un milagro: me mudé de casa, por primera vez tuve un estudio decente y pude vivir de la pintura".

Siempre tiene un recuerdo para Fernando Vijande, el galerista amigo de Andy Warhol, un protector de artistas con buen ojo clínico. Cuando Gordillo empieza a pintar, Tàpies, Millares o Saura ya llevan un tiempo triunfando, pero el sevillano ha de romper con su vida de niño bien, aprender las bases de la pintura, viajar a Francia y admirar la obra de los informalistas. "Esto del arte", dice, "lo empecé por el tejado, por las vanguardias. En aquel tiempo, Velázquez no me interesaba especialmente, me parecía parte del paquete del nacionalismo español de entonces. Ingres, que después me ha apasionado, lo veía en el Louvre y casi me daban arcadas. A mí lo que me emocionaba era el arte del presente. En ese sentido, mi postura actual ha cambiado".

Asegura que el arte necesita un lenguaje especializado, "tú no puedes hablar de filosofía con un lenguaje de la calle, y en el arte pasa algo parecido", aunque piensa que los especialistas podrían hacer un esfuerzo por explicarlo en ciertos medios. "Hay textos que se hacen sobre mí", dice, "que me cuesta comprender".

En su pintura, la clave está en las vivencias. "Mi vida son las fechas de las pinturas. Me sería difícil decirte cuándo me casé la primera vez, cuándo nacieron mis hijas o cuándo murió mi madre, o mi hermano, o incluso cuándo murió Franco? pero sé decirte en qué año pinté tal cuadro, o en qué década fue tal desarrollo estético. Mi cronología esencial es pictórica. Eso demuestra hasta qué punto es importante en mi vida la pintura".

Como es derrotista por naturaleza, afirma que hay gente que no soporta sus obras, "dicen que son desagradables y que no las pueden colgar en su casa. A mí me encantaría observarme con los ojos de otros y ver qué es realmente mi obra. Hay unos que la ven alegre, irónica; otros la detestan. Mi obra no se vende como azucarillos, sino con cuentagotas. Eso quiere decir que a la gente no le chifla".

Hay un tema que a Gordillo le preocupa últimamente: "Viendo hace poco en el Museo de Bellas Artes de Bilbao unos cuadros míos de principios de los setenta, me llamó la atención lo bien que estaban pintados, bien en el sentido de ordenados, casi pulcros, exactamente lo opuesto a lo que yo quería, que era hacer algo salvaje y agresivo. Lo curioso es que la gente en aquel tiempo los veía muy duros. No sé si es que históricamente todo termina así, engullido, asimilado, o que yo tenía una concepción falsa de lo que estaba haciendo. Las obras de arte no son así, tal cual para siempre, están sujetas a muchos vaivenes".

Es un trabajador que echa horas y horas en el estudio. "Mis cuadros duran días, semanas y meses. Hago varios a la vez. Por eso no tengo una gran producción de obras". Su cabeza siempre está metida en la pintura. Constantemente. "Descanso para poder trabajar de nuevo. Es un concepto del ocio y del trabajo un tanto trabajoso. Para pintar hay que tener la cabeza realmente fina. Me doy cuenta de que cuando no estoy descansado no me puedo enfrentar a un cuadro. No tiene nada que ver con la inspiración, sino con tener la cabeza clara. Es como un cantante que se tiene que cuidar la garganta, mi vida está en ese ciclo, descansar para tener la cabeza limpia para poder pintar". Él ya ha aprendido ciertos trucos para controlar sus límites, hasta dónde puede llegar. "Uno de los más importantes es defenderse de lo que quema, de lo que no se debe hacer. Tú puedes profundizar lo más posible, pero es inútil que vayas más allá porque te puedes romper la cabeza. Ser un artista es eso, acercarte lo más posible a los centros de la energía, donde está el conocimiento, y no se puede chocar de frente porque te rompes la cabeza".

Desde sus collages hasta sus dibujos y cuadros abstractos, se puede advertir en el pintor sevillano la herencia del surrealismo, luego aparece en su obra una constante, las series. En 1963, a Gordillo le da por las cabezas, un análisis de la figura humana nada convencional. Su pleno reconocimiento ha sido tardío: "La fama, en mi caso, ha venido poco a poco. Los pintores del informalismo español, que eran de mi misma generación, fueron conocidos a escala internacional muy jóvenes. Mi camino ha sido muy distinto. Me cogió Fernando Vijande, hice una exposición con él en 1972 que tuvo mucho eco entre la gente joven, salieron algunas críticas buenas, pero Fernando tardó muchos años en poder vender mi obra. Tuvo la paciencia de apoyarme. Se lo agradeceré toda la vida".

El historiador y crítico de arte Francisco Calvo Serraller cree intuir el porqué de la cerrazón del mercado a Gordillo: "Por su afición a los colores ácidos y sus extraños engendros figurativos, a los aficionados siempre les costó mucho que su pintura les gustase, aunque nadie se atrevía a confesarlo en público porque estaba rodeado de una merecida aureola de respeto crítico. Ahora que a todo el mundo le empieza a gustar su pintura, es casi seguro que empezará a perder el respeto de los críticos. Gordillo entró en la historia de la pintura española como un artista pospop sin quizá llegar entonces a conjeturar él mismo que se estaba convirtiendo en un precoz posmoderno".

En la casa de Gordillo, separada del estudio por unos pocos metros, hay grabados de Palazuelo en la entrada. En los estantes de la librería, la novela de moda en Francia, Les bienveillantes, de Jonathan Littell, junto a obras de Saul Bellow o Las correcciones, de Jonathan Franzen ("me ha gustado mucho"). Cuando trabaja, suele escuchar música. Es un melómano que aprecia todo lo bueno y que no le hace ascos ni a Messiaen ni a Édith Piaf. Clásica o contemporánea, aunque la última ópera que acudió a ver, El viaje a Simorgh, de José María Sánchez-Verdú, le defraudó sobre todo por la escenografía. Otra de sus pasiones, de la que dice que casi se ha retirado, es la de coleccionar objetos pop desde hace años: el muñeco que fuma, pastillas de jabón Lux, sirenitas de plástico? Empezó a retratarlos en sus Secuencias edipianas: "La foto ha estado siempre presente en mi trabajo". Es otro rasgo más de ese afán de mirón que tiene Gordillo.

La intuición, las ideas son claves en su método artístico. "Lo que quita más tiempo no es imaginar, es ponerlo en práctica. A mí me gustaría poder desarrollar más la parte fotográfica de mi obra, pero para eso necesitaría un ayudante y mercado". Su última pasión es la fotografía. Lo retrata todo, luego lo descompone y crea unas obras inquietantes que le dan bastante trabajo de producción. Fotos que parecen fragmentos de cristal astillados que dicen mucho de sus inquietudes actuales. "Lo de las fotografías es como el trabajo de un ingeniero. La pintura y la foto son cosas muy distintas, aunque todo haga pensar actualmente que son continuación una de la otra. Humoralmente son secreciones casi opuestas. En los años setenta, cuando yo hacía esos cuadros que creía tan dramáticos, con tantos colorines, con ideas tan barrocas sobre taladrar el espacio pictórico, de invertir los protagonismos, etcétera, mi cansancio psíquico era exagerado. Un día, el fotógrafo de la Galería Vandrés me hizo una foto en blanco y negro con un cliché de 9×12 y el resultado me dejó asombrado; el cuadro original El veloz Iscariote se había convertido en una imagen comestible visualmente, tranquila, sin tanto psiquismo amontonado. Es como si al cuadro le hubieran hecho tomar una caja de Valium. Después copié en grande la imagen en blanco y negro y lo coloqué junto al de color, pero invertidos, y así conseguí un dúplex más templado. A través de aquella foto me di cuenta de que había otra manera de trabajar, algo técnico que yo podía controlar y donde no entraban los demonios. En el otro campo hay que ir con cuidadito porque hace pupa".

Le apasiona escribir. Y lo hace. Llena cuadernos. "Me gusta que algo que está dentro de mí quiera salir. En cambio, cuando por algún compromiso tengo que escribir algo, el trabajo para mí es muy ingrato". Su mundo se refleja en los títulos de sus cuadros, como Laguna de verbigracias o Las brújulas inapetentes. "Algunas veces, antes de terminar el cuadro ya tengo el título, pero en otras ocasiones lo que hago es escribir listas de nombres posibles que en alguna ocasión he colocado al lado del cuadro en las exposiciones. El grupo de títulos de un cuadro no es nada poeticoide, ni surrealismo barato; para mí es algo muy concreto, casi muy real, casi objetivo. Es extraño. Yo creo que un estudio de mi trabajo a través de los títulos sería muy pertinente".

Ana Martínez de Aguilar, directora del Museo Reina Sofía, se alegra de que la antológica de Luis Gordillo ya estuviera programada antes de la concesión del Premio Velázquez (además de la dotación económica, el galardón lleva aparejada la exposición de la obra del premiado). "Ha sido uno de mis primeros proyectos, lo tenía muy claro, porque he pensado desde siempre que se lo merecía". Martínez de Aguilar conoce al pintor hace años. Todavía recuerda cuando ella dirigía el Museo Esteban Vicente, de Segovia, y Gordillo eligió para exponer allí su obra Dios Padre, Dios Madre. "Por las sensaciones que produjo en el público comprendías que su arte estaba vivo. Creo que Gordillo ha aportado mucho a muchas generaciones, una genialidad, un lenguaje propio, una singularidad, que es lo que hacen los grandes maestros; hay un lenguaje único que crea un artista y que de alguna manera refleja algo especial del momento en el que se vive. Luis Gordillo es ese personaje singular y se merecía esta retrospectiva".

Gordillo, genial y contradictorio, como el yin y el yang. Manuel Borja-Villel lo tiene claro: "En efecto, el rasgo distintivo de la obra de Luis Gordillo es su capacidad para expresar simultáneamente una cosa y su opuesta? Sus pinturas no son nunca marcos o ventanas, sino formas en continuo devenir. Es lógico, pues, que en su producción desaparezcan las categorías establecidas y que Gordillo conciba sus pinturas de un modo parecido a como Godard montaba sus filmes, esto es, desde los intersticios. La pintura de Gordillo es ajena tanto al expresionismo como al pop. Extraño destino de un artista genial que, a base de no formar parte de ninguna escuela, ha acabado haciéndola".

Algo así dijo el pintor Alfredo Alcaín cuando le pidieron una impresión sobre su amigo: "Desde que le conozco, siempre he admirado esa capacidad suya de estar por delante de los demás? Cuando empiezas a sentirte cómodo con lo que hace, ya está en otra parte. Hala, a correr otra vez para alcanzarle, con la lengua fuera? Y no para, no da un momento de tregua. Si para Matisse la pintura debía ser como un cómodo y grato sillón, la de Luis es una silla de juzgado de guardia?".

"Me hicieron sentirme por delante de los otros", asegura Gordillo. "Desde el final del informalismo, yo he sido muy consciente de la crisis de la pintura, de la pintura pintada como yo digo, y he visto cómo ha ido desapareciendo su protagonismo. El enfrentamiento con este hecho ha sido central en mi trabajo. En los setenta se me concedió ese estatus de pionero y de ejemplo para una generación más joven. Yo tenía un ojo puesto en ellos, y el otro, en la vanguardia internacional, el arte póvera, el arte conceptual, el minimal. Era una situación estrábica. Tanto en el informalismo como en el pop, yo podía considerarme un vanguardista, pero ya no después: el estrabismo se hizo intenso. Esta situación siempre me ha producido culpabilidad porque he pensado que la moral del arte en el siglo XX estaba en la vanguardia. Si nos fijamos en la historia del arte de esta época, veremos que es en general una continuación de vanguardias. Quizá todo esto sea una caricatura progre".

Actualmente se le ve más sereno, con la sabiduría que da la edad. "Un artista no es sólo teoría, no es sólo historia del arte, es ante todo un individuo que ha nacido en una fecha determinada, en una sociedad con su economía, sus religiones, su nivel cultural, su régimen político? La situación del artista ya maduro es delicada en esta relación entre vanguardia y retaguardia. Hay que observar lo que ocurre a tu alrededor, hay que estar informado, pero obedecer a tus propias necesidades de expresión".

Gordillo será su propio comisario en la exposición retrospectiva en el Reina Sofía. Dice que no confía en otro para esta ocasión. "¿Quién va a conocer mi obra mejor que yo? Sin embargo, me doy cuenta de que si no colaboro con otras personas, a la larga mi trabajo no será conocido a fondo, y no hablo a nivel teórico, sino práctico, de detalle. Pilar [su mujer] me ayuda mucho en este aspecto".

"La antológica que hice en el 99 en el Macba con la ayuda de Manolo Borja y José Lebrero y que luego fue a Essen, Alemania, me la planteé con un sentido didáctico y cronológico ortodoxos. Pero esta vez tenía algo muy claro, que sería distinta. En un primer momento pensé trabajar sólo con obras de los noventa hasta la actualidad, y más tarde me di cuenta de que introduciendo cuadros y fotos figurativos más antiguos, la exposición ganaba en intensidad. Hice proyectos verdaderamente agresivos, pero fui bajando el tono al pensar en el espectador medio. En general, puedo decir que he pretendido hacer una obra mía, diferente, prefiriendo la intensidad a lo didáctico".

Iceberg Tropical, la exposición retrospectiva en Madrid, será de alrededor de ochenta obras con las que, en palabras de la directora del Reina Sofía, "lo que él pretende es hacer una nueva obra, un collage, una revitalización de sus propios cuadros y dibujos por las agrupaciones que ha hecho. El montaje es muy impresionante. Está muy satisfecho, y el museo le ha proporcionado la libertad de hacer lo que quisiera porque él tenía muy claro lo que deseaba".

Su nerviosismo interior Gordillo no sabe si le ha beneficiado o no. "Tiendo a pensar que esa psicología ha podido ser positiva porque me ha mantenido más vivo, más poroso a las influencias. He sido siempre muy curioso. Es una característica de mi obra el estar pendiente de lo que ocurre, asimilarlo, meterlo en una especie de batidora y mezclarlo con lo que ya tengo. Por ejemplo, ahora hay una curiosa vuelta a la pintura más bien figurativa, hecha con óleo sobre lienzo, medios muy tradicionales, y que responde, yo creo, a una necesidad real de expresión en contraste con técnicas más frías. Me parece algo similar a lo que ocurrió en los años ochenta. No quiere decir que la pintura vuelva, pero es significativo. No creo que sea sólo un movimiento de mercado. A mí todo este grupo de pintores jóvenes, sobre todo de Estados Unidos y Alemania, me gustan en grupo, como si fuera un tebeo muy grande. Me acuerdo cuando era un niño y mi madre me compraba los de Flash Gordon, o El Hombre Enmascarado? ¡Aquello sí que era una gozada, un placer de dioses!".

'Iceberg Tropical. Luis Gordillo. Antológica 1959-2007' se expone en el Reina Sofía (Madrid) del 19 de junio al 15 de octubre.

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