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DOCUMENTO Íntegro

'Quijote: buzón de voz'

Un informático de origen chino gana el XI Premio de Relato Breve organizado por EL PAÍS, el Círculo de Bellas Artes y Alfaguara

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

En la última semana, cada vez que me siento a escribir, me sale esta frase. Recuerdo que de pequeño, cuando tomaba mi merienda de pan y nocilla, mi madre me contaba que un tío abuelo se pasó toda la vida escribiendo El Quijote.

-Pobre, la gente se burlaba de él -decía.

Yo preguntaba por qué. Ella me decía que era porque El Quijote era un libro que ya estaba escrito. Que mi tío abuelo quiso escribirlo calcado pero sin copiarlo. Yo no entendía exactamente lo que quería decir, pero me reía apretando los dientes. Entonces vivíamos en Valladolid, y ella todavía era guapa.

"Supongo que nadie escuchará este último mensaje. No importa. Me iré lejos de aquí"

Hace unos meses me vine a vivir a Madrid. Había terminado la carrera de informática y encontré un trabajo en una empresa multinacional. Estoy en lo más bajo del escalafón, pero sé que si lo hago bien iré subiendo. Al menos eso es lo que me han dicho en el curso de formación. Eso terminó hace una semana y ya he firmado el contrato. Tengo unos pocos correos en la bandeja de entrada, pero no puedo responder por escrito. Quiero decir, que cada vez que me pongo al teclado me sale la primera frase del Quijote. Se lo he contado a mi madre por teléfono, y ella se ríe:

-¿Quieres ser como tu tío abuelo Pierre Menard?

Luego:

-Veo que te has acordado, hijo.

Me dijo que mi tío abuelo ya murió hace muchos años, y esto no tiene ningún sentido. Pero no trato de explicarle lo que pasa realmente a mi madre. Uno, por no preocuparla, y dos, porque no lo va entender de todas formas. Es como si se hubieran invertido los papeles. Ahora soy yo el que le cuenta cosas extrañas, y ella la que se ríe sin comprender, o comprendiendo lo que le conviene.

Yo sé que mi madre se levanta cada mañana y escoge caprichosa las pastillas que tiene en el armario del baño. Se las mete a puñados en la boca, luego pone un vaso grande debajo del grifo, lo llena y se lo bebe todo. Como si eso fuera a diluirle la sangre. Me pregunto si lo que pretende es disolver la vida. Muchas veces he intentado hacerle ver que no es bueno tomar esas pastillas. Pero ella me responde: tú fumas porros y no te digo nada, así que no me vengas ahora con ésas. Pero mamá... y me quedaba sin saber qué decir, o farfullaba y me iba de casa dando un portazo.

Mi madre ya no es guapa ni nada. La culpa es de las pastillas, de los médicos que se las recetan. La culpa es de mi padre, que desapareció un buen día. Y de mi madre, que no quiso saber nada de otros hombres, y se quedó a solas conmigo. Sé que me toca compartir esta carga, aunque yo no la he escogido. Es decir, ¿tengo alguna elección? Supongo que no. Así como al ponerme al teclado siempre me sale esa dichosa frase, no puedo darle la espalda a mi madre. Aunque me he ido de Valladolid, para hacer el asunto más llevadero.

Lo de los correos lo he resuelto llamando directamente a las personas que tengo que llamar. Me ha costado un poco buscar en el listado teléfonico de la empresa, y me he equivocado un par de veces, pero al final lo he arreglado. Lo que no sé es qué va a pasar más adelante, cuando sea imprescindible contestar por escrito a alguna petición. Pero ya se verá entonces.

Si antes lo digo, antes me pasa. Esta mañana me ha entrado un correo masivo del jefe del proyecto, que quiere saber la opinión de los involucrados acerca de un módulo. ¡Y todos tienen que responder a todos! La gente ha empezado a mandar sus ideas. Son una panda de zoquetes. Sé cuál es el mejor algoritmo para este módulo, pero no puedo hacer nada. Me pongo a teclear: en un lugar de La Mancha... etcétera. ¿Por qué me está pasando esto? ¿He hecho algo mal?

Siempre me he portado bien. Antes que se fuera mi padre, no, de acuerdo. Pero después que se marchara, he tratado de hacer bien las cosas. Pensé que tal vez, si me portaba bien, él volvería. Empecé a sacar buenas notas, a quedarme en casa a hacer compañía a mi madre. Ella me decía que saliera a jugar, pero yo me quedaba agarrado a los pliegues de su falda. Ma, yo aquí contigo, le decía.

He fumado algún porro, de acuerdo, pero siempre a escondidas y solo. No he ido a ningún botellón ni a meterme de todo con la banda ni a hacer el loco una vez colocados. Y conozco a un buen puñado que sí lo hacen cada fin de semana. Pero nunca han conseguido convencerme. Yo me sacaba las asignaturas al año, y ahora estoy integrado en el mundo laboral. No sé por qué me castigan, ¿acaso he cometido algún pecado mortal? Si todo lo que pido... bueno, no sé qué quiero por el momento, pero hago todo lo posible para que cuando tenga algo que pedir me lo concedan con los ojos cerrados. Espero que no me lo nieguen. O si no, voy a tener que dejar un par de cosas claras a Alguien. Sí, es ese Alguien con mayúscula. Hasta ahora no le he pedido cuentas de nada, y ojalá no tuviera que hacerlo nunca. Pero si me veo acorralado, las cosas van a cambiar. Se acabó el ser bueno, se acabó el esperar que vuelva mi padre, se acabó el llamar a mi madre todos los días para saber qué tal le va con las pastillas esas asquerosas. Yo también tengo que vivir...

Dejo grabado este último mensaje de voz en el buzón de mi móvil. Supongo que nadie lo escuchará, ni los que dejé los días anteriores, pero no importa. Cuando cuelgue el teléfono en esta cabina, me iré lejos de aquí. Ayer me enfadé al final, tiré el ordenador, el teléfono, las carpetas, todo lo que había en mi mesa. Me puse un poco violento, de acuerdo. Pero tampoco creo que fuera para tanto. Le dije al de mantenimiento que no funcionaba mi correo, y se me puso chulo. Me miró como si fuera un cero a la izquierda. Este correo funciona perfectamente, me decía. Hizo una demostración, se mandó un correo. Puso en el asunto la palabra Pokemon, refiriéndose a mí, supongo. Entonces ya no pude más. Arranqué el teclado y le crucé la cara. Hasta ahí podíamos llegar. Un tipo que anda como Don Pimpón no es nadie para llamarme a mí Pokemon. No creo que vuelva a Valladolid, ¿para qué? Es que no hay que volver para nada. Desaparecer, éste será mi propósito. Y tal vez me ponga a escribir sin parar, puede que así me salga El Quijote entero. Lo que no logró mi tío abuelo. Pero he pensado que antes voy a cargarme a alguien. Sólo por ver qué se siente...

El fiscal, que ya peina canas, lee el informe del caso de Ernesto Páramo y, sin venir a cuento, se ha acordado también de su madre. Descuelga el auricular y marca su número.

-Hola, madre, ¿cómo está usted?

-¡Hijo!, qué alegría... ¿Cómo es que me llamas?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 23 de mayo de 2007