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La situación en el País Vasco

"¡Por fin existimos!"

Dolor, olvido, indiferencia, frustración. Son palabras que repiten las víctimas de ETA en el documental Sin vendas en la memoria, de Manuel Palacios, que ayer abrió en Bilbao el acto de reconocimiento a quienes han sufrido el golpe del terrorismo. A la salida, los asistentes se mostraban satisfechos y agradecidos después de vivir el homenaje con las emociones contenidas. "Ha sido una manera formal de decir 'estamos con vosotros'; no hace falta pedir perdón de rodillas. Ha sido sincero y emotivo", decía Fernando Garrido Velasco, rodeado por otros 10 familiares de tres generaciones. Garrido Velasco es hijo del gobernador militar de Guipúzcoa contra el que ETA atentó en 1986, causando también la muerte de su madre y su hermano pequeño.

Los familiares del cocinero Ramón Díaz, asesinado en San Sebastián hace seis años, abandonaron el auditorio deprisa. Su tía apenas podía dar las gracias, agobiada, decía, por los recuerdos y el dolor. Dori Monasterio estaba serena después de una espera de 38 años a que llegara algo parecido a lo que ayer recibió en el auditorio del Euskalduna. Su padre, el taxista Fermín Monasterio, fue asesinado por un terrorista herido que huía de la policía en 1969. "Moralmente es muy importante, pero queda mucho por hacer", decía. Como ella otras víctimas querían que las disculpas de Juan José Ibarretxe marcaran una nueva etapa en la atención a quienes han sufrido el terrorismo. Por ejemplo, Ángel Lozano, policía nacional que viajó desde Córdoba. "Lo mejor ha sido que este acto ha sacado a la luz a las víctimas. ¡Por fin existimos!", decía, orgulloso de la medalla al mérito policial que lucía en la solapa. "Hasta hace poco, un acto de reconocimiento era impensable". Y recordaba la soledad de los meses que pasó de baja después de sufrir un atentado en Eibar en 1988. El único político que entonces se interesó por él fue el socialista Odón Elorza.

Petición de unidad

Cada una de las víctimas, de sus familiares y sus amigos, llegó al homenaje arrastrando su historia de sufrimiento. "El dolor de los demás es nuestro dolor", comentaba Iker, hijo del ertzaina Montxo Doral, víctima de atentado en 1996. "A pesar de las diferencias, quienes hemos pasado por lo mismo podemos estar juntos", defendía. "La gente se ha quedado encantada", aseguraba Manuela Barrera, la viuda de un policía al que ETA dejo tetrapléjico. Barrera cuidó ocho años de su marido y vivió la indiferencia social que rodeó su muerte, en 2003. Ahora cree que la desunión entre las víctimas es otra injusticia más. "¿Por qué faltan algunos? ¿Es porque lo organiza el Gobierno vasco?", se preguntaba. Lozano tampoco citó al PP o a la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) al reprochar las ausencias. "Echo en falta a algunos. ¿No salen a la calle en Madrid?". Junto a él, Javier Romero, funcionario de prisiones, herido en la explosión de un paquete bomba en la cárcel de Sevilla, pedía unidad para apoyar a las víctimas y para acabar con ETA.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de abril de 2007