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Reportaje:

La delincuencia toma las calles palestinas

Los robos, asesinatos y secuestros se multiplican en Gaza y Cisjordania en medio del caos y la impunidad

Los bloques de cemento que formaban la barrera de una colonia judía en Jan Yunis, en la franja de Gaza, sirven ahora para proteger de las balas de un clan rival las casas de otra tribu que reside en el centro de esta ciudad palestina. Hablar de seguridad es un sarcasmo. Las policías leales a Hamás y Al Fatah marcan el terreno, pero ignoran sus cometidos, y la delincuencia, un fenómeno excepcional en los territorios ocupados, se desborda. No hay estadísticas, porque la impunidad es la norma y apenas hay detenciones. Pero los robos, incendios de negocios, venganzas, asesinatos de mujeres (los llamados crímenes de honor), secuestros y chantajes se multiplican en Gaza.

Los palestinos, que antes sólo dirigían sus fusiles contra Israel, se apuntan ahora con enorme frecuencia entre ellos. Impulsa la anarquía reinante la ausencia de las instituciones, generalmente incompetentes, y a las que durante años tampoco Israel ha permitido funcionar, y un desempleo que afecta a porcentajes mareantes de los cuatro millones de palestinos. En la última década todo ha ido a peor en Gaza y los nervios están a flor de piel.

"No habrá solución mientras no haya un Gobierno fuerte", asegura Um Uday

El enfrentamiento entre las policías leales a Hamás y Al Fatah ha desatado la inseguridad

"Después de comprar unos mangos, un hombre de la familia Al Masri discutió con el tendero, de la familia Abu Taha. Disparó y mató al dueño del local. En el último año ha muerto una docena de personas más de ambas familias", cuenta Samia, directora de un jardín de infancia en Jan Yunis. "Todo el mundo sabe que empezamos nosotros", tercia Um Uday, del clan Al Masri y madre de uno de los 60 niños que juegan en la guardería. "Los mayores de mi familia intentan calmar los ánimos, pero los jóvenes hacen lo que les da la gana. Se pegan palizas con tubos de metal", comenta apesadumbrada Um Uday.

Muchos clanes que antes gozaban de buenas relaciones y compartían negocios ahora andan a la greña. Decenas de comercios han sido arrasados; los divorcios proliferan, los chavales de ambas familias se buscan las cosquillas y se pelean sin cesar, y la profunda división tribal se aprecia incluso en el jardín de infancia. Samia asegura que llegó a tener 120 niños y niñas y que ahora sólo acuden 63, aunque en la época de los enfrentamientos más duros llegó a trabajar sólo para 35 pequeños. "Aquí todos son de la familia Al Masri. Los Abu Taha prefieren llevar a sus críos a otros centros".

"No habrá solución mientras no haya un Gobierno fuerte", remacha Um Uday.

Y eso no va a suceder a corto plazo. Las reyertas a tiros entre tribus rivales, compuestas a veces por miles de personas, se reproducen a diario en Cisjordania, y en niveles alarmantes en Gaza. Casi nunca hay castigo de las autoridades, todo se arregla bajo cuerda. Es uno de los acicates a la impunidad.

Dada la ausencia de datos oficiales, un buen baremo para seguir las tendencias criminales son los informes del Centro Palestino para los Derechos Humanos. Hasta hace unos meses, sus comunicados versaban casi exclusivamente sobre los abusos y crímenes cometidos por los soldados israelíes.

Ahora es diferente. Predomina la delincuencia. Sólo en los últimos días ha sido asesinado a tiros un hombre en Belén, un acto de venganza entre familias; otros dos cadáveres fueron hallados en Jan Yunis y Gaza con señales de tortura; Amna Maher Kallub, de 19 años, murió en el hospital Shifa de Gaza después de que su hermano le diera un balazo.

En febrero, en un solo día, los cuerpos de otras tres mujeres jóvenes fueron arrojados a las aceras. Eran sospechosas de comportamientos indecentes en una sociedad siempre muy tradicional en materia sexual, y en la que afloran comportamientos con sesgos de fanatismo.

Son alrededor de 50 las víctimas mortales, varias de ellas niños, desde principios de marzo. Un tercio por enfrentamientos entre las milicias de Hamás y Al Fatah, a pesar del acuerdo para formar un Gobierno entre ambos partidos, y el resto porque ahora las disputas se arreglan siempre a la brava. Con frecuencia es imposible saber a qué obedece el asalto a un cibercafé o a una sociedad cultural; a qué responde el incendio de una librería cristiana o de una tienda de aparatos de música. Algunas estadísticas apuntan que durante el último año se han cometido más delitos que en los 50 anteriores.

Todos los expertos coinciden en que es un fenómeno nuevo, alimentado sin duda por el bloqueo económico -impuesto por Israel, EE UU y la UE- que padece el Gobierno palestino desde la victoria de Hamás en las elecciones de enero de 2006. Fadel Abu Heen, doctor en Psicología por la Universidad Islámica de Gaza, resume: "La cultura en boga era declararse partidario de una de las facciones. Te respetaban. Las milicias competían por lanzar más operaciones contra los israelíes cuando patrullaban en Gaza. Les hacía sentirse fuertes. Desde hace dos años, tras la evacuación de los colonos judíos, los militares ya no están en la franja, pero la cultura de la violencia persiste. ¿Y contra quién se descarga? Contra la facción rival. Hace pocos años, varios principios de índole religioso o nacionalista sirvieron para que no se traspasaran ciertas líneas rojas. Hoy todo esto se ha roto".

"La quiebra del sistema de seguridad", precisa Fadel Abu Heen, "nos ha hecho volver a la protección de las tribus, de los clanes familiares. Pero éstos ya no funcionan como antes. También están divididos por los intereses de los partidos. Puedes comprobar que al anuncio de una exposición cultural no responde nadie, los jóvenes acuden a los actos que convocan las milicias".

El ensalzamiento de la violencia ha causado una deriva muy peligrosa. Los jóvenes militantes se pavonean ufanos con sus pertrechos. "Cuando los soldados israelíes estaban en Gaza, nadie podía portar armas. Ahora hay barra libre. Aquí la vida no vale nada, incluso se presume de quién ha matado más", comenta Abu Heen.

El psicólogo, que no pertenece a ningún partido y es hermano de tres milicianos de Hamás que murieron en enfrentamientos con el Ejército hebreo, es pesimista: "Los israelíes tienen muchas más armas, y saben cómo usarlas. Nunca se matan entre ellos. Nosotros sí lo hacemos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de abril de 2007