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Juicio por el mayor atentado en España | 11-M

"De la leche se encarga Rafa y no queda azúcar"

La excesiva especialización de los guardias civiles impidió una correcta gestión de los datos que hubieran permitido impedir el 11-M

Una ejecutiva, en una oficina, sale de su despacho y solicita: "Gloria, ¿me traes uno con leche y dos azucarillos, por favor?".

Al cabo de un momento y cuando sólo le han puesto el café, vuelve a dirigirse a su subordinada y reclama: "¿Y la leche y los dos azucarillos?".

Gloria. "De la leche se encarga Rafa y no queda azúcar".

Rafa. "Sólo hasta y media; luego le toca a Ramón".

Ramón. "Sí, hasta las dos yo soy el de la leche".

Este anuncio, que ridiculiza la excesiva compartimentación de servicios y reclama una atención integral, es fiel reflejo de lo ocurrido con la gestión de datos relativos al tráfico de explosivos antes del 11-M.

El alférez Trigos, más conocido por su nombre en clave, Víctor, 22 años en la Guardia Civil y especializado en el tráfico de drogas, supo el 27 de febrero de 2003, es decir, un año antes de los atentados del 11-M, que "en la calle Juan Ochoa 21 de la localidad de Avilés, reside Antonio Toro Castro, el cual posee 150 kilos de Goma 2 enterrados en algún lugar de Avilés o sus proximidades, por lo que está buscando compradores".

El alférez Trigos sabía en febrero de 2003 que Antonio Toro tenía 150 kilos de Goma 2

"El socio de éste", sigue la nota confidencial que el alférez elaboró, "es Emilio

novio de la hermana de Antonio y que trabajó como vigilante de seguridad en alguna mina de la zona".

El oficial fue informado por el confidente Rafa Zouhier una semana después de que, el 6 de marzo de 2003, Toro y Trashorras habían bajado de Asturias a Madrid y se habían reunido con éste en el club Flower Park, de la carretera de A Coruña para negociar la venta de los explosivos. La información llegó a Asturias, pero siempre se pensó que era delincuencia común, nunca terrorismo.

Zouhier llegó a proporcionar una muestra del explosivo, que no se llegó a analizar porque otro agente, a simple vista, dijo que era dinamita en mal estado.

Esa Goma 2 fue la que estalló en los trenes el 11-M, pero el alférez Trigos era experto antidroga y, aunque a lo largo de 2003 y 2004 siguió controlando al confidente, su preocupación estuvo en el tráfico de drogas, no en el de explosivos.

Es cierto que Zouhier tampoco le contó más. Nunca le habló de detonadores ni de que uno le había estallado en la mano, a pesar de que el guardia civil le fue a visitar al hospital. El confidente tampoco le mencionó las reuniones de los McDonald's de Carabanchel y Moncloa en las que el jefe operativo de la célula de los islamistas, Jamal Ahmidan, El Chino, negoció con Suárez Trashorras el trueque por drogas de 200 kilos de explosivos. Por entonces, el propio Zouhier era intermediario o comisionista en la venta de la dinamita. Sólo tras los atentados, el 17 de marzo de 2004, le informó de la peligrosidad e integrismo de El Chino y de su probable vinculación con la masacre del 11-M.

Alguien puede pensar que, como los confidentes siempre magnifican las informaciones que proporcionan, no se le dio excesiva importancia al hecho de que había 150 kilos de explosivos listos para ser vendidos al mejor postor. Pero no es así. La nota confidencial de la Guardia Civil recibió la calificación de A1, es decir, que la información era de máxima importancia y que la fuente era relevante.

Y poco después, otro informador, el asturiano Ignacio Fernández, Nayo, confirmó al alférez Trigos que Trashorras y Toro ofrecían grandes cantidades de explosivos en las discotecas de Asturias. Además, Toro y Trashorras estaban implicados desde 2001 en la Operación Pipol, en la que se les habían intervenido 16 cartuchos de Goma 2 ECO y 94 detonadores.

Estuvo delante de sus narices y no lo olieron. Quizá fue ineficacia o descoordinación porque los guardias encargados de delincuencia común están separados de los que combaten el terrorismo, o quizá sólo ocurrió que los terroristas siempre fueron un paso por delante, y como en el aforismo de Zenón de Elea, el veloz Aquiles nunca hubiera podido alcanzar a la tortuga.

Peor es, incluso, ese gesto tan español de tratar de ocultar la propia chapuza. El alférez Trigos, curiosamente, se olvidó de contar al juez instructor de los atentados, Juan del Olmo, el detalle insignificante de que Toro y Trashorras trataban de vender 150 kilos de dinamita. Tampoco lo dijo en la comisión de investigación del Congreso, a pesar de la víspera de su comparecencia, el 26 de julio de 2004, llamó a Asturias para pedir al comandante Francisco Javier Jambrina que destruyese la nota interna (de la que solo había una copia en Madrid y otra en Asturias) en la que se hablaba del viaje de Toro y Trashorras para vender los 150 kilos de explosivos.

¿Saben qué ha pasado con el alférez Trigos? Pues que ha sido ascendido a teniente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 16 de abril de 2007