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Reportaje:

Una vida para pedir justicia

La filipina Lola Pilar Frías tenía 16 años cuando los soldados japoneses la convirtieron en una esclava sexual de su Ejército

Lola Pilar Frías tenía 16 años cuando unos soldados japoneses llegaron a Sipocot, aldea de la provincia filipina de Camarines Sur, y la raptaron para convertirla en una esclava sexual. Hoy, a los 80, es una de las voces internacionales más firmes que claman por la justicia y la memoria. "Nuestro sufrimiento no debería repetirse jamás", asegura desde Manila en una conversación telefónica.

Su pesadilla tuvo dos partes y un mismo resultado: la humillación extrema. Todo empezó un día de 1943 cuando lavaba ropa junto a su tía en el patio de casa. Cinco soldados japoneses les acusaron de colaborar con la guerrilla filipina. "Uno me hizo un corte en la nariz y en otras partes del rostro porque intenté zafarme", recuerda con nitidez. Los soldados ataron a las mujeres a unos árboles y abusaron de ellas. Después se marcharon tras robar todos los pollos y las gallinas. Estuvieron atadas todo el día hasta que la madre de Lola Pilar regresó a la casa y las liberó.

La familia decidió mudarse a Cabusao, donde permanecieron un año. Al regresar a Sipocot vieron cómo los japoneses prendían fuego a las viviendas, por lo que tuvieron que refugiarse en el edificio del colegio. Una semana después, una unidad de unos 200 soldados japoneses llegó a las instalaciones escolares con tres filipinos que portaban alimentos y tres mujeres atadas unas a otras. Comieron y durmieron en la escuela. Tras despertarse se llevaron a Lola Pilar.

"Durante dos meses permanecí atada a las otras tres mujeres, que eran muy jóvenes también. Había una distancia de medio metro entre nosotras para que pudiéramos realizar las tareas. Teníamos que ir al aseo y lavarnos juntas. Por la noche nos violaban. Cinco hombres por noche y por cada mujer. Los soldados rotaban. En cada ocasión venían hombres diferentes. Eran patrullas. Las tropas cambiaban continuamente. Si me negaba, me abofeteaban y me golpeaban", asegura.

Ésa fue la situación cotidiana de las cuatro mujeres durante dos meses de cautiverio hasta que fueron liberadas el día en que las tropas japonesas se rindieron ante las estadounidenses. Después, Lola Pilar pudo reunirse con su familia, que la daba por muerta.

"Desde mi rapto, y pese a que fui liberada, tuve una vida muy dura. Ellos [soldados japoneses] fueron los que quemaron nuestro pueblo, mataron a nuestras familias y destrozaron nuestras vidas. Nunca pude finalizar mis estudios. Arruinaron todos mis sueños. He vivido siempre en la pobreza", explica Lola Pilar.

Su marido la abandonó a los cinco años de matrimonio, cuando estaba embarazada de su primer hijo. Fue "al conocer que había sido una mujer de descanso [eufemismo con el que en Japón se conoce a las mujeres que usó su Ejército como esclavas sexuales]. Mi marido se avergonzó de mí, pero cuando nació el bebé regresó a casa y tuvimos otros cuatro juntos". "Mis hijos me preguntaban por qué acudía a la organización filipina LILA [Liga para las Abuelas Filipinas]", prosigue, "y yo les contestaba que para obtener justicia. Con el tiempo han comprendido mi sufrimiento y la necesidad de esta lucha".

Los japoneses "deberían tener un gran remordimiento por lo que hicieron y por haberse disculpado hasta ahora tan sólo de palabra. Nosotras, las víctimas, exigimos a Japón la revisión de los manuales escolares de la historia que se enseña a los niños japoneses, para que les cuenten la verdad de lo ocurrido con las mujeres de descanso. También pedimos una disculpa y una indemnización estatal japonesa", subraya.

Se calcula que más de 200.000 mujeres de Filipinas, Tailandia, Vietnam, Malaisia, China y las dos Coreas, países que fueron ocupados por Japón durante la II Guerra Mundial, sufrieron este tipo de vejaciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de abril de 2007