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El desafío iraní

Ratos de pánico para un Blair en retirada

La crisis iraní no ensombrecerá su marcha, pero refuerza las críticas a la invasión de Irak

Tony Blair ha vivido momentos de pánico durante la reciente crisis por la captura de 15 soldados británicos a manos de Irán en el golfo Pérsico. La liberación de los marines y marineros ha sido más un alivio que una victoria para el primer ministro.

Un alivio porque se ha ahorrado el calvario de ver aún más ensombrecida su próxima dimisión como primer ministro. Pero no es una victoria porque la crisis ha destapado errores de bulto en las labores de vigilancia de la Royal Navy en el golfo Pérsico, porque ha subrayado la inestabilidad de la zona y ha reforzado a quienes criticaron la invasión de Irak.

El líder laborista achaca el final feliz a la presión internacional y al diálogo diplomático

Se han levantado voces cuestionando a la Marina y a los servicios de espionaje

La crisis iraní parece haberla iniciado y acabado el propio Irán. Las declaraciones de los soldados británicos realizadas el Viernes Santo, de regreso en el Reino Unido, refuerzan la teoría de que su detención fue un acto deliberado. Su final parece deberse también, sobre todo, a la voluntad de Irán, o al menos del sector más pragmático del régimen, de acabar con el problema. Blair ha intentado achacar el final feliz a su gestión combinada de presión internacional y diálogo diplomático.

Sin embargo, su reacción inicial de centrar el problema en la disputa sobre la soberanía de las aguas escenario de los hechos en lugar de hacer hincapié sobre todo en que los soldados estaban allí bajo mandato de Naciones Unidas, ha despertado ciertas críticas en el Reino Unido.

También se han levantado voces cuestionando a la Marina británica y a los servicios de espionaje. Hace dos años hubo un incidente muy similar, que entonces se resolvió de forma rápida después de que los británicos admitieran haber entrado en aguas iraníes y se disculparan por ello. Ahora, la detención en enero de cinco iraníes en el norte de Irak por tropas de Estados Unidos debería haber hecho pensar que los iraníes podían repetir la jugada. Pero la Marina no tomó ninguna medida especial y los 15 soldados fueron cogidos por sorpresa, en clara inferioridad numérica y de armamento y a gran distancia de su buque nodriza.

Las críticas que se oyeron por lo que algunos -como el muy nacionalista The Daily Mail- consideraron excesiva colaboración de los soldados británicos con el aparato de propaganda iraní han quedado acalladas tras las explicaciones dadas por los soldados nada más volver a casa. El viernes explicaron en una rueda de prensa cómo el trato que recibieron tuvo muy poco que ver con la generosidad y buenas maneras que daban a entender sus forzadas declaraciones a la televisión iraní. Estuvieron varios días aislados, encapuchados y maniatados y fueron obligados a disculparse y admitir que habían entrado ilegalmente en aguas iraníes o enfrentarse a un juicio que les hubiera condenado, según les dijeron, a siete años de cárcel.

La marinera Faye Turney fue separada de inmediato del resto de sus compañeros y a las pocas horas de la detención le hicieron creer que los demás habían sido liberados y que ella era la única que seguía en Irán. Los soldados relataron cómo en un momento dado fueron alineados frente a un paredón, con los ojos vendados, mientras los iraníes cargaban sus armas. "Chicos, vamos a ser fusilados", dijo uno de ellos antes de sufrir un ataque de nervios. Algunos de sus compañeros pensaron que había sido degollado.

El relato de los soldados ha despertado la comprensión de los británicos, pero aviva también un paralelo con el trato que las tropas occidentales dispensan a los detenidos en Irak, incluidos los civiles, sistemáticamente encapuchados y maniatados. Y escándalos como la muerte de Baha Musa, un civil que murió con 93 heridas en su cuerpo tras pasar 36 horas detenido en un campamento británico en Basora, revelan que los malos tratos van a veces mucho más allá de la tortura psicológica.

Desde el punto de vista de la política nacional británica y la sucesión del primer ministro, la crisis iraní, una vez resuelta, tiene escasa importancia. El punto focal de la política del Reino Unido ya no está en Tony Blair, sino en su más que posible sucesor, Gordon Brown, y en el emergente líder conservador, David Cameron.

Las derivas internacionales de la crisis, en cambio, son mucho más interesantes. Por un lado está lo que pudo ser y afortunadamente no fue: Tony Blair defendió desde el primer momento la decisión de sus soldados de no abrir fuego contra sus captores porque habría provocado un baño de sangre y quizá un conflicto gravísimo. Y tuvo la prudencia de rechazar una oferta de Estados Unidos para intervenir militarmente en la crisis, según el diario The Guardian.

De forma quizá paradójica, las consecuencias de futuro de la crisis pueden ser positivas. Pese a la dureza del tono de Blair hacia Irán una vez que los soldados británicos aterrizaron en Londres, el primer ministro ha admitido también que la crisis ha abierto "nuevas e interesantes líneas de comunicación" con Teherán.

La crisis ha revelado también las discrepancias internas en el régimen, pero lo más significativo es que se ha impuesto el sector menos predispuesto al enfrentamiento con Occidente en vísperas de que haya una escalada en el problema del programa nuclear iraní.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de abril de 2007