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Reportaje:

Ataque de risa

El 2 de febrero de 2002, mientras la policía imponía en Madrid la ley seca contra el botellón y Amenábar se disponía a arrasar en los Goya con Los otros, un pequeño canal de pago especializado en humor estrenó un espacio para unos pocos miles de boquiabiertos telespectadores. Lo presentaba un anciano que opinaba que el programa en cuestión, La hora chanante, era una "puta mierda", y contenía, entre otros, vídeos protagonizados por un imitador de David Hasselhoff con acento manchego; el cocinero de un bar de menús, trasunto de Bin Laden, para el que la lucha de civilizaciones se reducía a imponer el cocido frente a los macarrones, o un payaso que comentaba, checheando como Charlie Rivel, los mercados bursátiles.

"Hay que hacer de todo, porque la televisión es muy incierta, y ahora se tiene éxito, pero mañana, nunca se sabe"

Más tarde supimos que aquel delirio salía de la mente de un joven de Albacete, Joaquín Reyes, y de la de sus viejos amigos de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca. También, que el chanante del título (chanar viene a significar molar) era sólo el primero de una serie de chistes privados y expresiones manchegas (como gambitero, tunante, gañán o "tengo regomello") que calarían en esa generación que ha hecho una forma de vida del hecho de compartir vídeos a través de webs como You Tube.

Pero todo esto llegaría después. Es muy probable que pocos de los que aquel día vieron el programa fuesen conscientes de estar ante pura historia del surrealismo, la televisión y el humor españoles.

Y sin embargo, así era.

Aún menos probable es que nadie creyese que aquellos tipos (repetimos, amigos y licenciados en bellas artes por la Universidad de Cuenca) serían hoy reconocidos por los millones de telespectadores de Camera Café (en cuyo reparto participa Reyes) o por los seguidores de los dos programas que se disputan la inteligencia en la franja horaria en torno a la medianoche: Buenafuente, de Antena 3 (allí son colaboradores Ernesto Sevilla y Raúl Cimas), y Noche Hache, de Cuatro, en cuyo equipo acaba de ingresar Julián López, el celebrado pastillero Vicentín de La hora chanante. Por si fuera poco, el programa que los dio a conocer, y a falta de algún fleco de la negociación aún por cerrar, pasará en breve a formar parte de la parrilla de La 2.

Lo que es seguro es que sólo un canal como Paramount Comedy, de pago y dedicado al humor, podía confiar en aquel formato en 2002, año que será recordado en términos televisivos por el mundial de fútbol de Corea y Japón, la hegemonía de Crónicas marcianas y el imperio de la telebasura. En el año que estrenamos, algo ha cambiado en el humor en la pequeña pantalla. Y la historia chanante es sólo un ejemplo de ello. ¿La explicación? Sin duda, el nuevo escenario televisivo español. Las generalistas recién llegadas, La Sexta y Cuatro, suman sólo en sus parrillas una docena de programas de humor de nuevo cuño y en horarios de máxima audiencia. La apuesta es clara. Y en algunos casos, también barata.

Porque, pese a que "cualquier espacio de producción propia es costoso", como explica Paco León ?actor y desde hace poco también director y guionista del espacio de humor irreverente Los ácaros (Cuatro)?, hay pocos formatos en los que se pueda sacar tanto rédito del talento. En algún caso, basta con un sofá, un par de cámaras y dos cómicos para llenar minutos con improvisaciones como las de A pelo, una idea de El Terrat para La Sexta y un buen ejemplo de algo impensable hace algunos años en un canal nacional. "En las cadenas que comienzan, las expectativas de audiencia son más pequeñas que en las asentadas", explica Thais Peña, colaboradora de El intermedio (La Sexta), programa de periodismo de entretenimiento. Esto hace que haya más espacio para el riesgo. Y el riesgo, ya se sabe, es el oxígeno del buen humor.

"Los nuevos canales necesitan de talento y caras frescas para diferenciarse de lo anterior, y se han encontrado con toda esta generación de humoristas versátiles de poco más de treinta años", opina Antonio Trashorras, guionista de cine y televisión y antiguo director de contenidos de Paramount Comedy. A su trabajo, y al de aquellos que pusieron en marcha el canal de pago, se debe la forja de gran parte de la cantera de la que habla.

Aquella plataforma de pago y propiedad estadounidense cumplió en marzo ocho años. Felipe Pontón, el tipo grandullón y afable que viste vaqueros y jersey aun siendo director editorial de un canal de televisión, recuerda que las primeras notas de prensa de Paramount llevaban escrita "una frase que era como un sueño". "Vamos a intentar encontrar una generación de cómicos que tomen el relevo del Gran Wyoming y Pablo Carbonell", cita de memoria y con orgullo Pontón ante el periodista que escribirá un reportaje sobre aquel deseo cumplido.

Corría 1999, y él, Trashorras y Felipe Salvat, el entonces director general, se propusieron completar la programación de la cadena con producción propia basada en el género, de amplia tradición en Estados Unidos y el Reino Unido, de la stand up comedy (literalmente, comedia en pie). Una clase de humor que elevaron a la categoría de arte Lenny Bruce, Woody Allen o Seinfeld, y que entonces hubo que explicar desde cero al público español.

"Cuando empezamos no había monologuistas ni bares donde probar a los debutantes antes de grabarles para emitir sus rutinas. Sí recuerdo que Buenafuente hacía algo muy parecido, aunque en la televisión catalana", afirma Trashorras. "Teníamos que convencer a gente que hacía comedia para que se pasara a monólogos. Periodistas, profesionales de la radio, actores? Alquilar bares para que fuesen adquiriendo tablas, invitar a nuestros amigos y pagarles las copas para que hicieran de público", añade Pontón.

El periodista Alfredo Díaz, el cuentacuentos Agustín Jiménez, y Flipy, un tipo nacido para esto, fueron los tres primeros en aparecer en antena. Y muy pronto se desató la fiebre. Sobre todo tras la llegada, a los pocos meses, de El club de la comedia, un formato que se gestó paralelamente a Paramount Comedy en la factoría de entretenimiento Globomedia. Quedó claro rápidamente: un tipo ante un micrófono y un repertorio de miradas acerca de la vida a través del prisma adecuado se demostraron un gran material televisivo.

Entre ambos formatos había diferencias insalvables cuyos protagonistas repiten sin cesar: guionistas profesionales y caras conocidas, en El club de la comedia, frente a aficionados que rehacen una y otra vez sus textos hasta obtener media hora de monólogo para emitir en Paramount. Pero ambos marcaron la agenda de los tiempos dorados del monólogo. También el origen de un grupo que, salvando las diferencias personales, forma lo más parecido que se recuerda a una generación en un campo, el de la gloriosa comedia española, más dado a las genialidades individuales. "Es lógico, porque son cómicos de parecida edad. Comparten referentes generacionales, e incluso algunos son grandes amigos", explica Trashorras.

Y esas referencias comunes son tam-bién algunas de las razones que les han hecho especialmente atractivos para las audiencias jóvenes, ya sean éstas las series de los noventa, el cachas del Equipo A, los bakalas o la vida en un centro comercial. "Cuando yo era un chaval, si querías reírte, tu padre te dejaba una cinta de Arévalo, y, claro, no te sentías muy identificado", explica Agustín Jiménez, rostro habitual de La Sexta. Para Jiménez, el éxito de este nuevo humor parte de la igualación de las condiciones sociales. "Todos hemos estado en un aeropuerto y a todos nos han pasado las mismas cosas estúpidas allí".

Otro factor fundamental para entender el fenómeno ha sido, sin duda, la revolución en los medios de comunicación. Páginas web en las que los usuarios comparten vídeos de corta duración fueron claves en el éxito de La hora chanante, un programa mensual de un canal con 80.000 abonados que, gracias a estas plataformas, alcanzó una audiencia potencial de millones. En la abanderada de esta revolución, You Tube, que muchos ya usan como una televisión a la carta, Agustín Jiménez, La hora chanante (hay más de 1.500 vídeos disponibles del programa) y el resto de los compañeros son verdaderas estrellas.

En muchos casos, el material más visto procede de aquel boom del monólogo de principios de siglo. Tiempos en los que se llenaron los teatros con infinidad de montajes sobre la guerra de sexos. En los que los bares de los pueblos de España programaron su particular noche de cómicos y, lamentablemente, se superó la resistencia del público a los chistes sobre restaurantes chinos, las miserias de la vida y las razones que mueven a los hombres a dejar la tapa del inodoro abierta.

Al menos, así sucedió en televisión, donde los ciclos se consumen con la rapidez con la que el dedo humano cambia de canal. Los monólogos se agotaron hasta desaparecer prácticamente de antena (en Paramount siguen emitiéndose), aunque ?el tiempo lo ha demostrado? sólo lo hicieran en la forma y no tanto en el fondo. Porque el humor con el que la generación del monólogo conquista hoy las horas de máxima audiencia es esencialmente idéntico al que se importó e hizo rabiosamente personal a partir del ejemplo de la stand up comedy. "Nos hemos convertido en colaboradores", opina Flipy, que trabaja en El hormiguero, del canal Cuatro. "Seguimos soltando nuestro rollo, pero ya no solos ante el micrófono, sino conversando con un presentador".

Donde siguen solos frente al mundo es en los bares y las pequeñas salas en los que el monólogo continúa vivo. Escenarios que la mayoría de los cómicos que integran este reportaje aún frecuenta, pese a la fama. O gracias a ella.

Es la vida en la carretera, versión cómicos de la legua, y suele consistir en coger el petate y actuar, por ejemplo, en Almería y al día siguiente en Santander. Llegar, desplegar los encantos ante una audiencia que espera a ser entretenida, cobrar el caché (que oscila entre 300 y 2.000 euros, según la fama) y seguir. Todo ello en la soledad del monologuista, claro.

"Yo siempre digo que no nos pagan por actuar, sino por llegar al sitio", bromea el pionero Alfredo Díaz, showman de la televisión asturiana. En 2004, Díaz montó con Raquel Soto un negocio llamado Punchline, "empresa especializada en aportar contenidos de humor a cualquier producto, situación o negocio". Han bautizado su principal actividad como Circuito de Comedia. Básicamente, han trazado, previa inspección de los locales, un mapa del humor en directo en España. También sirven de intermediarios cuando un determinado local les demanda un cómico. "Los chicos pueden ir tranquilos a los sitios, y el dueño sabe que tendrá una noche de humor garantizada", explica Díaz.

Llegado el caso, empresas como Punchline también intermedian para ofrecer espectáculos de cómicos como entretenimiento para convenciones de grandes compañías (en esto, los cachés comienzan en 1.000 euros). Una de ellas, de nombre Impostor ?llevada por Fernando Gil, colaborador de Noche Hache?, ofrece incluso espectáculos a la carta. Es decir, chistes sobre neumáticos que triunfarán seguro en un cónclave de sus fabricantes.

"Lo de las convenciones es como un universo paralelo", admite Raúl Cimas, ideólogo de La hora chanante. "Te contratan para hacer un poquito más animada una cosa que de por sí es un coñazo. Y siempre hay uno o dos cuyo planteamiento es ser más graciosos que tú. Pero lo peor es cuando te sueltan: 'Tienes que sacar al Martínez, que es un cachondo'. Y tú ya sabes que ése es el que te va a dar problemas. Tanto si lo sacas como si no".

Todo este entramado podría demostrar que, después de todo, la de cómico podría ser una profesión rentable en España.

Sobre todo si, como parece la norma entre los nuevos cómicos televisivos, se fomenta el pluriempleo y se acaba con la vieja costumbre catódica según la cual uno sólo puede salir en una cadena. Un ejemplo: hace un par de meses se dio la circunstancia de que Ernesto Sevilla presentaba Cuatrosfera y participaba en A pelo, La hora chanante, Smonka (en Paramount) y Buenafuente (Antena 3). "La cuestión es que la exclusividad hay que pagarla", explica Paco León. "Cualquiera debe darse cuenta de que los cómicos somos un poco putas. Y el rostro reconocible es el del presentador, los colaboradores reciben un trato diferente". Sevilla, por su parte, prefiere justificarlo con un sentido común admirable. "Hay que hacer de todo, porque la televisión es muy incierta, y ahora se tiene éxito y gusta el humor, pero mañana, nunca se sabe".

La reflexión, que haría sentir muy orgullosa a cualquier madre, es compartida por casi todos los participantes en el reportaje. Si finalmente llegan los malos tiempos, siempre les quedará el consuelo brindado por Lenny Bruce, genio del humor estadounidense y quizá el mejor cómico de stand up comedy de todos los tiempos. "Lo que no te mata", decía, "siempre puede entrar a formar parte de tu monólogo".

La escuela de Barcelona

Jordi Évole (izquierda), codirector de ‘Buenafuente’, y Eduard Soto. Son los rostros más reconocibles del programa de El Terrat.Acabar inspirando un muñeco de esos que se bambolean en los salpicaderos es algo que sólo les sucede a mitos como Elvis o El Fary. A Eduard Soto le ocurrió en plena fiebre nacional por su personaje de El Neng. Entonces, los coches se llenaron del bakala con el que este actor y músico metido a cómico se convirtió en brutalmente famoso. “Aquello fue absolutamente irreal”, admite Soto. Ahora, dice, las cosas se han acercado “más a la normalidad”. Aunque no han cesado del todo las escenas surrealistas con seguidores. Sobre todo, si sale a la calle con Jordi Évole, más conocido por su personaje de El Follonero que por su labor de codirector de Buenafuente. Ante él, recuerda, un borracho se ha llegado a “partir la camisa literalmente”. Y todo por un papel que se le ocurrió a su compañero de productora Jose Corbacho y para el que se pensó en un actor que pretendía cobrar demasiado.“Y Buenafuente dijo: ‘¿Por qué no lo haces tú, que así nos saldrá gratis?”, explica Évole.

El teórico de los chistes

Pablo Motos, de 41 años (Requena, Valencia), presenta ‘El hormiguero’ en Cuatro.En tiempos, él, que había sido niño prodigio de la guitarra flamenca, colaboraba en La radio de Julia, de Julia Otero, con unas intervenciones que llamaba “peroratas”. “No sabía ni que aquello eran monólogos”, recuerda. Esa capacidad visionaria, unida al hecho de que trabajase como coordinador de “los primeros 400 guiones” de El club de la comedia, le convierte en una de las voces más autorizadas sobre la renovación del humor en España. “Tengo mis teorías personales, 30 o 40 trucos en total”, admite. “Por ejemplo, si sueltas tres chistes, el que no funciona es el del medio”. La teoría se convirtió en práctica aquel día en que se puso delante de una cámara con un monólogo sobre las ventajas de ser feo, porque (y ahí va otro consejo) “cuando alguien sale por primera vez en la tele, lo habitual es que le insultes”. “Por eso, lo mejor es ponerte verde tú mismo”. Muchas tablas después, Motos aún sigue usando otro viejo y eficaz truco. No desaprovechar ninguna carrera de taxi para probar la eficacia de un texto.

Los ángeles de Chechu

Thais Villa, de 32 años. Cristina Peña y Beatriz Montañez, ambas de 30 años. Yolanda Ramos, de 38 años.Son las chicas de Chechu, abreviatura con la que llaman ellas al tipo al que ayudan a destripar la actualidad, que responde indistintamente al nombre de José Miguel Monzón y Gran Wyoming, y cuya última reencarnación televisiva, ‘El intermedio’ (La Sexta), contribuye a aumentar el porcentaje de mujeres en un gremio bastante masculino. Aunque, en su caso, es más que una cuestión de cuotas. Talento les sobra. Sea probado por una carrera como la de Yolanda Ramos, que fue actriz de ‘Homo zapping’ (programa que adelantó la revolución del humor blanco en televisión), o la recién llegada Beatriz Montañez, ex modelo y periodista descubierta al frente de un concurso de una cadena local. Otra periodista, Thais Villas (curtida en la radio y la televisión catalanas), y una actriz, Cristina Peña (‘fan’ de Brian May; para la foto se pidió ser el guitarrista de Queen), completan la aportación de Chechu a lo que Thais llama “periodismo de entretenimiento”.

Pioneros como ellos

Agustín Jiménez, de 36 años (Trujillo, Cáceres), y Enrique Pérez, ‘Flipy’, de 34 años (Madrid). Fueron de los primeros en hacer monólogos en España.Cuando se conocieron en algún punto del cambio de milenio, el primero era un cuentacuentos gracioso que, cuando se ponía muy fea la reacción del público ante sus chistes, sacaba la ardilla ‘Juanilla’ y recurría al viejo truco de hacer magia para salir del atolladero. ¿Y Flipy? Bueno, él tiraba latas de cerveza para recompensar de algún modo al auditorio del teatro en el que probaban las ocurrencias escritas en casa. Juntos formaban con Alfredo Díaz eso a lo que Agustín aún se refiere como “el tridente mágico” para recordar los tiempos en los que pioneros como ellos fueron importando un formato de probado éxito en EE UU a base de desflorar escenarios de garitos cuyos dueños preguntaban: “Pero ¿qué? ¿Vais a estar hablando todo el rato? ¿O vais a contar chistes?”. Hoy, asimilado el género por televisión y teatros, siguen creyendo que “el medio natural para el cómico es el bar”. Un hábitat que ambos aún frecuentan regularmente.

La raza de los colaboradores

Héctor de Miguel, ‘Quequé’, de 30 años. Marta Nebot, de 32. Fernando Gil, de 32. Julián López, de 28. Ricardo Castella, de 32.Flipy, rey del monólogo de alta velocidad y compañero de reportaje, tiene la teoría de que, tras el atracón de tipos solos frente al micrófono que nos dimos con programas como El club de la comedia y montajes del estilo de Hombres.com (y sus variantes), los cómicos han pasado en televisión “de monologuistas a colaboradores”. O, como le gusta ponerlo a Ricardo Castella (5), siguen “cultivando el bonito género de hacer reír”. “Pero, en lugar de hacer stand up comedy [literalmente, humor de pie], practican la comedia de sofá”. En otras palabras, salen al plató y comparten mesa y gloria con un presentador. En este caso, hablamos de Eva Hache, que fue monologuista en sus tiempos. Al frente de su “informativo de humor”, esta segoviana ha logrado colocar a Cuatro en la lucha por la conquista del late night, denominación importada de EE UU para llamar a los programas que se emiten cuando los niños duermen. Quequé (1) ilustra bien este viaje. De estudiante vago en Salamanca a ganador de la segunda edición del concurso de monólogos de El club de la comedia y a colaborador en un programa en el que la jefa es también amiga. Lo suyo es el análisis de la crispación reinante. Castella (5), salido como Eva Hache de la cantera del canal especializado Paramount Comedy, se dedica a la política internacional; los deportes son asunto de Julián López (4), a quien los fanáticos de La hora chanante van a seguir conociendo durante algún tiempo como el pastillero Vicentín; mientras que Fernando (3) sale micrófono en mano a la calle para hacer reportajes, un reto “sin guión previo” para un actor acostumbrado a los textos. Capítulo aparte merece la periodista y actriz Marta Nebot, aunque sea por los madrugones que se le exigen por el cargo: reportera de “desayunos políticos”. Lo cual quiere decir que se despierta a las seis de la mañana y trabaja intermitentemente hasta que sale en antena alrededor de la medianoche. También por ser la única reportera, que se conozca, a la que Aznar ha introducido, sin mediar explicación y ante las cámaras, un bolígrafo en el escote. Cosas de contar con colaboradores espontáneos.

Cantera inagotable

De izquierda a derecha: Ernesto Sevilla, de 28 años (Albacete); Sandra Marchena, de 33 años (Sabadell); Pepón Fuentes, de 30 años (Málaga); Juan Diego Martín, de 30 años (Madrid); Dani Mateo, de 27 años (Barcelona), e Ignatius Farray, de 33 años (Tenerife).Los hay, como el consagrado Ernesto Sevilla, que idearon una serie llamada Amsterdam sobre unos mormones y fueron contratados para hacer historia de la tele con La hora chanante. Para otros (Dani Mateo) se inventó Noche sin tregua, formato televisivo para su talento mixto de cómico y comunicador nato. También es habitual que se fomenten las excentricidades, aunque sean del calibre de las de Ignatius Farray (cuyos monólogos se sabe cómo empiezan y no cómo acaban), así como el pluriempleo (Juan Diego Martín escribe y prueba textos cómicos por las tardes, y es ingeniero de telecomunicaciones hasta la hora de comer). Y a todos, incluidos Sandra Marchena (que está a punto de estrenar su primer montaje teatral) y Pepón (guionista en plantilla y cómico), les dieron la primera oportunidad. Tantas cosas suceden en Paramount Comedy, una modesta cadena que ha servido de trampolín, en sus ocho años de existencia, a unos 80 cómicos debutantes.

Humor microscópico

Paco León, de 32 años (Sevilla), actúa en la serie ‘Aída’ (Tele 5) y codirige ‘Los ácaros’ (Cuatro).Mucho antes de convertirse en Luisma, el yonqui tontorrón con el que se ríen semanalmente los millones de espectadores de Aída, Paco León escribió e interpretó un monólogo en el que se ponía en la piel menguante de un pobre pastillero preocupado por una inminente fimosis. “Tenía seis minutos preparados, pero como aquello lo pagaban al peso, improvisé otros cuatro”. Le dieron 50.000 pesetas. Las cosas cambiaron mucho, y León dejó de necesitar arañar minutos gracias a sus imitaciones, esos personajes mejorados y aumentados que construía en Homo zapping. Hasta hoy, día en que puede permitírselo casi todo. O ésa es la sensación que queda al ver Los ácaros, el programa de pocos minutos de duración que codirige e interpreta en Cuatro y que cuenta la historia de una familia microscópica con una forma surrealista de ver la vida. Un formato que se dejó de emitir, pero que promete volver en los próximos meses, y “en el que bajo la apariencia infantil de los disfraces con antenitas se esconden verdaderos actos de subversión”.

Culto 'chanante'

Raúl Cimas, de 28 años, y Joaquín Reyes, de 32. Ambos son de Albacete. El orden de los acontecimientos es bien conocido por los seguidores del culto a La hora chanante, el programa de humor surrealista e indescriptible cuyo núcleo duro formaron Joaquín, Raúl y Ernesto Sevilla (véase la página 40). Los padres de Joaquín y Ernesto eran amigos entre sí, mientras que el segundo era íntimo de Raúl. Los tres coincidieron en la Facultad de Bellas Artes en Cuenca. Un día, terminada la universidad, otro compañero, Santiago de Lucas, habló en Paramount Comedy del talento del trío, y los llamaron. Ernesto pasó a ser guionista de la casa y, unos cuantos monólogos después, echó a andar La hora chanante, un programa que protagonizó una verdadera revolución en Internet el año pasado. Hoy, Raúl, Joaquín y Ernesto siguen siendo íntimos y preparan el asalto chanante a La 2, la cadena que pretende expandir el culto a las audiencias de las cadenas generalistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 1 de abril de 2007

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