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El futuro de las infraestructuras aeroportuarias

La gran rectificación

El empresariado catalán demostró ayer que está colectivamente vivo. ¡Albricias!, porque Cataluña, históricamente, es dos cés, Comercio y Cultura. Mucho, extraordinario. Pero poco más. Y ellos, los empresarios, que no los artistas, venían faltando a su cita. Es el principio de un renacimiento.

Ahora han empezado la rectificación. La verdadera, la que va más allá del pequeño avatar. ¿Qué había que rectificar? El vuelo gallináceo de dividendo clientelar, envuelto en retórica nacionalista, tan útil para las, inversas, cortapisas del centralismo. Ese designio pujoliano de exaltar la pequeñez provinciana vendiéndola en celofana grandilocuente, confeccionada de nostalgia historicista y adjetivación nacional.

¿Exageración? De ninguna manera. Cataluña, y también su empresariado, dilapidó diez años con la Fira, asistiendo a mediocres escaramuzas de recelosos protagonismos administrativos, que sirvieron de rampa de lanzamiento a la competencia.

Se perdió el tiempo asintiendo, cabizbajos, a la disolución del empeño metropolitano de Barcelona, de su masa crítica real, que nos contraponían a la del país, como si éste existiese sin su capital.

Se malbarataron las prioridades, invirtiendo en proyectos inanes (duplicación de teatros) o consuntivos (ridículas embajadas en Roma) o patéticamente jibarizados (el Eix Transversal) en lugar de ampliar el metro, como hacía la gran competidora.

Se malgastó el futuro poniendo palos a las ruedas del AVE: por otra parte ya tardío y convertido en incómodo peaje desde la visión antinacional del aznarato.

De modo que el radialismo de las infraestructuras de Álvarez-Cascos y el monumentalismo centralista han sido culpables. Pero han contado con una complicidad, ya pasiva, ya cobarde, a este lado del Ebro.

Se acabó. Los mandamientos enunciados estos días y solemnizados ayer se resumen en dos. Uno, Cataluña pretende un gran aeropuerto. Dos, conseguirlo es complejo, y admite distintas soluciones, que en cualquier caso deben incluir descentralización. Pero como aportación positiva. No como quejosa varita mágica: afanes descentralizados o nacionalizados acabaron también en grandes, grandes agujeros.

Emerge pues otra vez el gran estilo que palpitaba en los quatre presidents de 1901 y no en la rauxa del tancament de caixes organizado dos años antes.

En la polémica de estos días se ha aludido al ejemplo del puerto, ése sí intercontinentalizado. Muy oportuno. La grandeza de este país se inició con el tráfico mercantil marítimo: el Consolat de Mar y la expansión mediterránea. Y tras el declive de siglos, renació cuando en el XVIII, al desarmarse el monopolio gaditano, comerció con América. Tráfico. Comercio. Mundo. Ahora vuelve la oportunidad: aérea. Ésa es la rectificación. Hablar de cosas serias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de marzo de 2007