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Tribuna:

El PP no es como dicen

Una vez agotados -por mareo- los giros catalanistas, y visto el limitado impacto de los últimos fichajes estelares, parece ser que el Partido Popular ha emprendido con discreción, sin fanfarrias mediáticas, una nueva forma de offensive de charme hacia Cataluña. Naturalmente -estamos hablando de política- no la impulsa el amor, sino el interés: el resultado de las elecciones generales lo deciden los 61 diputados elegidos por Andalucía y los 47 por Cataluña, y en este segundo territorio la ventaja socialista sobre los populares alcanzó la última vez casi 25 puntos, el doble que en la Bética. He aquí por qué -según fuentes dignas de todo crédito- Mariano Rajoy y Josep Piqué han concebido una nueva estrategia destinada a reconstruir la relación entre su partido y Cataluña, a seducir con su discurso a la sociedad catalana.

El problema del PP no es ni siquiera su alergia a asumir los conceptos más elementales del catalanismo. El problema es de mensaje, de código. Los populares permanecen fuera de la cultura política transversal construida aquí desde el tardofranquismo.

La operación debutó la pasada semana con la visita de Rajoy y su estado mayor al monasterio de Poblet y a la ciudad de Tarragona. Siguiendo ese esquema, el presidente del Partido Popular se propone recorrer a lo largo de los próximos meses las 41 comarcas del Principado, hacer escala en lugares tan simbólicos como el cenobio cisterciense, mimar a los medios de comunicación locales, reunirse con el tejido asociativo del país y confortar a los esforzados militantes del PP en esta tierra de misión. Todo ello con el objetivo de que -según las palabras de un dirigente no identificado- "se conozca al partido tal y como es, y no como dicen que somos".

De modo que, según el parecer de la cúpula popular, su imagen y su mensaje políticos llegan a Cataluña deformados, distorsionados por filtros hostiles e intermediarios malévolos. Bien, pues prescindamos de intermediarios y eliminemos filtros para ir directamente a las fuentes. ¿Es o no verdad que, en las últimas semanas, el presidente de honor del PP, José María Aznar, advirtió de que la independencia de Kosovo puede ser contagiosa y, tras descalificar de arriba abajo el proceso de reformas estatutarias en curso, ha sentenciado: "España es la única realidad nacional que podemos reconocer"? ¿Acaso no fue el eurodiputado y ex ministro Jaime Mayor Oreja el que dijo: "estoy convencido de que los españoles, antes que después, vamos a saber alzar la voz para decir que no a la autodeterminación, que no es posible un Quebec en el corazón de España"?

A mi juicio, son bien pocos los catalanes que envidian la suerte de Kosovo, y bastantes más los que miran como eventual inspiración al Quebec. Pero ni a los primeros, ni a los segundos, ni a la vasta fracción de los que se sienten cómodos con el statu quo les gustan los presagios agoreros y las advertencias amenazadoras de Aznar o de Mayor Oreja. Y a una amplia mayoría le ofende que se hieran sus sentimientos y se escarnezca incluso la legalidad vigente con afirmaciones cuarteleras que niegan a Cataluña la condición nacional. Naturalmente que el PP es muy libre de enarbolar tales tesis; lo que no puede luego es extrañarse de las reacciones que suscitan en la sociedad catalana.

Cataluña ha sufrido de ETA durísimos golpes tanto en términos cuantitativos (Hipercor) como cualitativos (el asesinato de Ernest Lluch, por ejemplo), se ha movilizado repetidamente y en masa contra la banda, y no cabe imputarle lenidad alguna hacia el terrorismo. Sin embargo, a muchísimos catalanes les resulta incomprensible que pueda convocarse una manifestación para exigir que un preso cumpla íntegros los tres años a que ha sido condenado por delito de opinión, de los cuales lleva ya dos tercios en prisión preventiva. Esos catalanes entienden todavía menos que el segundo partido de España acuda a dicha manifestación a bailarle el agua a Francisco José Alcaraz -penoso títere de la extrema derecha mediática-, y que los Acebes, Aguirre, Mayor Oreja o San Gil se sientan tan cómodos en medio de símbolos, gestos y canciones abiertamente fascistas. Por supuesto que el PP es dueño de escoger sus tácticas, sus alianzas y sus compañías; pero resulta muy hipócrita que se escandalice después ante el rechazo que éstas puedan provocar.

La política catalana, en fin, no es aquel oasis del tópico, no es una mirífica Arcadia al baño maría; también la habitan cínicos e indocumentados, aprovechados e indeseables, jabalíes y demagogos, como ocurre en todas partes. Aun así, es difícil encontrar en ella especímenes con los atributos de don Eduardo Zaplana Hernández-Soro, alguien capaz de sostener impávido -por ejemplo- que ningún miembro del Partido Popular ha hecho jamás oposición con el 11-M... Pues bien, y aunque a los señores Rajoy y Piqué les cueste creerlo, esas actitudes tan desahogadas, esos estilos chulescos que sin duda excitan a los fieles, alimentan también el rechazo de muchos indiferentes, y más en Cataluña.

Que el PP aborde con nuevas recetas su enésimo intento de normalización política en Cataluña es muy loable. Pero, para alcanzar el éxito, es esencial disponer primero de un buen diagnóstico. El problema del Partido Popular con relación a Cataluña no es de mensajeros infieles o tergiversadores; no es ni siquiera su alergia a asumir los conceptos más elementales del catalanismo. El problema es de mensaje, de código simbólico; el problema es que, tanto sobre el eje izquierda-derecha como sobre el eje identitario, los populares permanecen fuera de la cultura política transversal construida aquí desde el tardofranquismo, en parte con materiales que se remontaban a principios del siglo XX. Importa subrayar que no se trata de una expulsión, sino de una autoexclusión voluntaria: que Alianza Popular primero, el PP después, no han querido incorporarse a ese mínimo común denominador político, sino permanecer fuera de él y ser sus antagonistas. Y nada invita a pensar que tal apuesta estratégica vaya a cambiar en los próximos tiempos.

En estas condiciones, ya pueden Piqué y Rajoy visitar comarcas y monasterios, o manosear la memoria de Tarradellas, que la gran mayoría de catalanes seguirán viendo al PP como una fuerza exógena y hostil. ¿Porque lo dicen los medios rojo-separatistas? No; porque escuchamos a Aznar y Mayor Oreja, a Acebes, Aguirre y Zaplana. Sólo por eso.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de marzo de 2007