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Reportaje:FIN DE SEMANA

La flecha de agua de Zaragoza

Arquitectura industrial a lo largo del canal Imperial de Aragón

Entre Fontellas y Fuentes del Ebro, esta vía de agua, cuyo origen data del siglo XVI, sigue regando muchas tierras. Presas, puentes, esclusas y puertos fluviales lo convierten en un museo de las obras públicas.

De los diversos fines para los que se proyectó y realizó el canal Imperial de Aragón -riego, abastecimiento de agua a las poblaciones, navegación, fuerza motriz y usos industriales-, sólo los dos primeros prevalecen hoy día. Los organizadores de la Expo 2008 de Zaragoza, dedicada al agua, estudian la posibilidad de recuperar para la navegación de recreo algunos tramos del canal. Un plan que conectaría con el viejo sueño de los habitantes de sus riberas, hecho por un tiempo realidad, de contar con una vía de agua para el transporte de mercancías y pasajeros.

El canal Imperial de Aragón discurre a lo largo de 108 kilómetros, con un trazado que va más o menos paralelo a la margen derecha del río Ebro, entre la localidad navarra de Fontellas y la zaragozana de Fuentes de Ebro. Para José Antonio Fernández Ordóñez (1933-2000), uno de los más importantes especialistas españoles en arquitectura industrial, el canal Imperial es un verdadero museo de las obras públicas. En efecto, a lo largo de su recorrido pueden verse presas, azudes, almenaras, esclusas, puentes y puertos fluviales, pese a que muchas de las obras originales están desgraciadamente desaparecidas y otras muy deterioradas. Y también riberas arboladas que hacen de su recorrido una ruta amena para los aficionados al turismo cultural e industrial.

EL PASADO

La historia de la construcción del canal Imperial, larga y azarosa, se remonta al reinado de Carlos I, que acometió la realización de la acequia Imperial con financiación de la Corona. En 1529 se aprobaba el proyecto de Gil Morlanes y las obras empezaban rápidamente. De la celeridad con que se emprendieron da una idea la solicitud del emperador al papa Clemente VII rogándole que "se dispense a que solamente se guarden los domingos y fiestas principales y que en los otros días se pueda trabajar en la acequia sin pecado".

Cerca de 60 kilómetros de acequia, el tramo que va desde El Bocal del Rey hasta la localidad de Garrapinillos, se completaron entre 1530 y 1540, una obra en la que a las dificultades técnicas se sumó la oposición de los grandes terratenientes, destacadamente, el duque de Villahermosa y Gaspar de Reus. La acequia Imperial sirvió durante cuatro décadas para regar las tierras yermas, pero hacia 1587 estaba prácticamente inutilizada, pues las roturas y filtraciones enlodaban el agua.

Habría que esperar hasta la segunda mitad del siglo XVIII, en plena efervescencia de la Ilustración y de sus proyectos desarrollistas, para que se retomase y ampliase la obra, esta vez con perspectivas más ambiciosas. Entre quienes impulsaron el que pasaría a llamarse canal Imperial de Aragón encontramos a personajes como el marqués de la Ensenada, el conde de Aranda o Ramón de Pignatelli, y una institución, la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País. Se trataba no sólo de ampliar la superficie de tierras regadas, sino también de crear una vía navegable de transporte para los productos agrícolas aragoneses y de comunicación entre los ribereños. Un proyecto inscrito en el plan de creación de una amplia red de canales navegables que enlazara la España interior con sus puertos costeros; el canal del Languedoc, en Francia, y el que unía Manchester con Liverpool, en Inglaterra, eran los modelos a seguir.

EL RECORRIDO

El Bocal del Rey, a ocho kilómetros de Tudela, donde arranca el canal, ofrece el tramo más interesante del recorrido. Aquí el cauce es amplio y las obras del Renacimiento se unen a las de la Ilustración: la presa de Carlos V de 1530 y la llamada de Pignatelli, terminada en 1790; la Casa de Compuertas, por cuyas bocas se trasvasa el agua del río, y el palacio de Carlos V, hoy muy reformado. Hubo también una posada y pueden apreciarse los restos de una iglesia. Un hermoso puente de piedra caliza se levanta junto al soto de Belver y entre el arbolado destaca un roble centenario de 33 metros de altura declarado monumento natural.

Se trata, junto al puente-acueducto sobre el río Jalón, que se conoce con el nombre de murallas de Grisén, de una de las obras más importantes de finales del XVIII. El Bocal es además un magnífico observatorio para apreciar los caminos de sirga desde los que los bueyes arrastraban las embarcaciones mediante cables cuando no había viento suficiente para la navegación a vela.

En 1786 se inauguraron con grandes fastos los puertos fluviales de Miraflores y de Casablanca, en la ciudad de Zaragoza. Ese mismo año, Pignatelli mandaba construir en el barrio de Casablanca la fuente de los Incrédulos, dedicada a los muchos que habían dudado de que las aguas del canal llegaran nunca hasta la capital de Aragón. Desaparecidos una almenara, varios batanes y molinos, una posada y una capilla, en Casablanca se concentra un pequeño repertorio de obras relacionadas con el canal Imperial: las esclusas de San Carlos, el antiguo embarcadero, un antiguo molino donde hoy funciona una central hidroeléctrica... Un lago navegable conectado con el canal es la última de las realizaciones que se han venido a sumar en la zona.

EL PRESENTE

La Guerra de la Independencia arruinó parte de las instalaciones del canal Imperial, muchas de las cuales fueron reconstruidas a lo largo del siglo XIX. Pero el desarrollo del ferrocarril lo dejaría fuera de juego como vía de transporte, aunque hasta mediados del siglo XX se utilizó para navegación de recreo. El canal Imperial de Aragón sigue hoy regando un total de 26.824 hectáreas y abasteciendo de agua a más de 23 municipios, entre ellos Zaragoza. Y sigue a la espera de que se emprenda una recuperación de sus riberas, y de las obras públicas que aún permanecen en pie para disfrute de los aficionados al turismo industrial.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de febrero de 2007