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Análisis:Movilidad en un espacio protegido

¿Bálsamo o tormento?

Defensores y detractores de la movilidad sostenible en el entorno de Doñana suelen usar al lince como estandarte en la defensa de sus respectivas posturas, pero lo cierto es que, al margen del grave impacto que determinadas carreteras tienen en la supervivencia de este felino, no es éste el centro del problema, y si se nos presenta así es por el evidente atractivo mediático que, en uno u otro sentido, tiene nuestro felino más amenazado. El lince es uno más de los muchos damnificados a cuenta de un modelo, salvaje, de urbanismo litoral, ese mismo que ahora se está cuestionando, por fin, en todo el país. Porque, si no hubiera linces en Doñana, o si estos no sufrieran continuos atropellos, ¿serían más tolerables los monumentales atascos que, en verano y jornadas festivas, soporta la carretera que conduce a Matalascañas? Dichos atascos, ¿sólo pueden resolverse incrementando la capacidad de esta carretera y de los aparcamientos a pie de playa?

A pesar de las evidencias en contra, todavía hay quien considera que la saturación de una vía de estas características sólo se soluciona recurriendo, por ejemplo, al polémico desdoble, cuando lo cierto es que incrementar la oferta no modera la demanda ni la racionaliza y, por tanto, más asfalto sólo sirve para maquillar el problema (los atascos se seguirían produciendo en los cuellos de botella de la propia Mata-lascañas y del acceso a la autovía Sevilla-Huelva).

¿Merece la pena embarcarse en una inversión de este calibre para seguir otorgando facilidades al automóvil privado en una comarca que vende naturaleza? Por un carril de 3,5 metros de ancho pueden llegar a circular, en una hora, hasta 22.000 personas usando un tranvía, mientras que los automóviles, en el mejor de los casos, apenas llegan a transportar a unas 2.000 personas. Para un trayecto de tan sólo 15 kilómetros, ¿es sensato despreciar esta ventaja que, además, es menos costosa si lo que nos preocupan son los euros? Cuando el espacio no es infinito (a no ser que queramos seguir devorando el campo en beneficio del asfalto) y las necesidades de transporte no dejan de crecer, y todo esto ocurre en un medio natural privilegiado y frágil, lo más rentable, en todos los sentidos, es el transporte público. Y de esta apuesta claro que se beneficiará el lince, pero sobre todo nos beneficiaremos los ciudadanos, todos, y en particular los que buscamos en el litoral un bálsamo y no un tormento, un espacio en el que no se reproduzcan los mismos inconvenientes que padecemos, a diario, en las grandes ciudades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 19 de enero de 2007