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IAN MICHAEL

El profesor risueño

Galés de origen, español de adopción y exquisito anfitrión en su casa madrileña. Un profesor de Oxford que se siente 'contemporáneo' del Cid y de Gonzalo de Berceo, y un personaje especial que escribe con seudónimo novelas en clave policiaca y política sobre la transición democrática

La biografía de hispanista Ian Michael cubre varios folios, desde su trabajo sobre el poema del Mío Cid hasta sus novelas sobre la transición democrática.
La biografía de hispanista Ian Michael cubre varios folios, desde su trabajo sobre el poema del Mío Cid hasta sus novelas sobre la transición democrática. ANA NANCE

El día en que fuimos a entrevistarle tenía invitados a cenar, y él nos recibió antes del almuerzo. En la mesa a la que iban a sentarse sus convidados estaban ya puestos los cubiertos, las servilletas, los platos…, todo ello en una atmósfera de tranquila elegancia. Los pasillos, nítidos, estaban abiertos a esa pequeña avalancha de amistad que él estaba convocando, y en las estanterías figuraba el orden al que están acostumbrados los académicos, sobre todo si han trabajado en universidades anglosajonas. Nos trajo agua en una jarra grande, y él creo que se tomó una cerveza. Se sentó junto a la mesa servida, mirando hacia el ventanal que da a la calle de Goya, en Madrid, y a nosotros nos adjudicó un asiento mullido, al lado de la colección de sus libros, que había alineado con la precisión y la pulcritud que presidía la atmósfera general de la casa.

La colección de sus libros ha de observarse como un detalle imprescindible para entender la personalidad de Ian Michael, este profesor risueño con el que vamos a hablar. Porque en esa colección se combinan sus tratados sobre obras clásicas de grandes autores españoles (el último, sobre Gonzalo de Berceo, publicado por Castalia, le ha llevado veinte años de preparación) con su media docena de novelas de intriga política que ha editado con el seudónimo (y no tan seudónimo) de David Serafín: David es su segundo nombre y Serafín es una alusión a su apellido de arcángel. Esas novelas son también las de un hispanista, pues tratan (en clave policiaca, y política) de lo que le pasó a este país en la transición y en sus aledaños. Para él, ésa no es, ni mucho menos, una actividad vergonzante, la firma con seudónimo tan sólo por diferenciar una tarea de la otra.

Su bibliografía de hispanista cubre varios folios de letra apretada, y comienza por su dedicación al Libro de Alexandre, su tesis doctoral, que fue su primer libro, y sigue con su trabajo sobre el Poema del Mío Cid; habla de esas pasiones suyas como si estuviera visitando a contemporáneos con los que tuviera amistades y querellas, y trata con igual entusiasmo lo que le ocurrió (¿lo que le ocurre?) a sus héroes medievales como lo que pasa al borde de esta calle de Goya donde vive feliz; del calor, de la atmósfera y de la tranquilidad con la que pasea, como un madrileño, por una geografía que le enamoró tanto como la literatura.

Cuando al fin prendimos el magnetófono y él empezó a hablar, sus primeras palabras fueron de recuerdo a una de sus grandes amigas españolas, Amparo Soler, la madre de Castalia.

Estaba hablando usted de doña Amparo…

Ah, doña Amparo. Mi primer contacto con Castalia fue en 1968… Don Antonio [Rodríguez Moñino] me animó a hacerlo, y firmé el primer contrato con ella en ese año para publicar el Poema del Mío Cid, que salió en 1976. Yo había publicado mi tesis doctoral sobre el Libro de Alexandre en Manchester, en 1970. Y siempre trabajé desde entonces para Castalia. Mis contactos eran don Antonio, Alonso Zamora Vicente y José Manuel Blecua.

¿De dónde le viene esa pasión de escribir de España y de los clásicos españoles?

Yo soy producto de dos culturas. Nací en el País de Gales. Mi padre, Michael, era de lejano origen flamenco, de Amberes. ¡Mi tío gastó un dineral queriendo saber de dónde veníamos! Y llegamos a Gales huyendo de la persecución española del duque de Alba de aquella época, mira por dónde, ¡cuando los españoles estaban todos plantando una pica en Flandes! Así que mis ancestros se fueron a Inglaterra, a refugiarse de la opresión española. Por eso digo que mi afición española es más bien antiafición: empezó con la fascinación por saber quiénes eran los que nos perseguían.

¡Buscaba usted a Alatriste!

Sí, en realidad yo tendría que haber sido un anti-Alatriste. Nací siete semanas antes de la Guerra Civil y tres años antes de la II Guerra Mundial. En esa época, en Gales había una división entre los que hablaban galés y los que hablaban inglés. Mis abuelos maternos sólo hablaban inglés cuando era estrictamente necesario. Pero mi padre y su familia sólo hablaban inglés. Así que había en la familia dos tradiciones diferentes: la tradición liberal nacionalista de los galeses, y la del abuelo paterno, la laborista independiente, de raíz trotskista, que se parecía a la que abrazó aquí Enrique Tierno Galván, quien por cierto era muy aficionado a mis novelas. Eso decía…

¿Y cómo fue evolucionando esa 'antiafición' por España?

No, ya no era antiafición; era un interés histórico, no era emocional. Estudié clásicas, en primer lugar latín, y después estudié francés. Empecé a estudiar español cuando ya tenía 13 años, ¡para evitar física! No era un alumno muy brillante: fui el 45 de 90 alumnos en los exámenes para entrar en la Grammar School, el sistema creado por Isabel I para tener funcionarios públicos. Era muy bueno en francés y en latín, pero a los 12 o 13 años tenías que escoger entre química o alemán, y física o español. Odiaba la física, y sobre todo eso de la luz con prismas, así que escogí español. Tenía facilidad verbal más que matemática, y en eso ayudó que supiera galés e inglés. Cuando sabes dos o más idiomas no tienes inhibiciones para seguir hablando otros. Cuando entré en el King's College de Londres, mi profesor era Rafael Martínez Nadal, amigo de Lorca. Y con él otros profesores igualmente estimulantes: tenían a su cargo 15 alumnos. Por cierto, nos seguimos viendo, acabamos de tener una reunión en Alicante. Y allí estuvimos 11 de los 15. Cuatro han muerto, desgraciadamente.

¿Y cómo se sienten ustedes cuando se reencuentran?

A mí no me gusta mucho, porque a veces se reconoce a la gente y a veces no. Yo soy el único de todos ellos que todavía trabaja. Ellos están jubilados, vienen a España para estar en las playas, pero yo prefiero vivir aquí. A veces pienso en hacerme español.

¿Y cuándo supo físicamente de este país?

En 1955. Estaba estudiando español en Londres y nos mandaron unos meses a España. Estuve en Madrid y en Sevilla. Hice un curso en el que enseñaron Francisco López Estrada y Márquez Villanueva. Ambos, buenísimos. Éramos tres ingleses que viajábamos en tren. Un viaje interminable, desde París hasta Madrid… Nos lo pasamos bien y aprendimos mucho. Galdós decía que viajar en tren era conocer España poco a poco, porque estabas con gente. Estaba el guardia civil, un señor con una bota de vino, una señora con una tortilla… Nosotros compramos naranjas y chocolates, y llevábamos cigarros ingleses. Ése era nuestro pasaporte para compartir el pic-nic en los trenes.

Era una España mísera.

Sí, pero también Inglaterra era mísera en 1955. Londres mostraba señales de bombardeos de la II Guerra Mundial, había gente que no tenía ni para comprar zapatos. Eso fue normal en Madrid, en Sevilla, en Dublín: los niños iban descalzos por la calle. Manchester era aún peor: allí los edificios estaban arruinados o sin pintar.

¿Y cómo se encontró a los españoles?

Muy amistosos. Siempre querían saber cómo era el extranjero, cómo era la vida en Inglaterra. Había mucho interés por el exterior. En ese momento había muchos españoles trabajando en el extranjero, para mandar dinero a sus familias. Lo contrario de lo que pasa ahora, que España acoge a latinoamericanos o africanos que envían desde aquí dinero a sus familias.

Ese viaje reafirmó su interés, supongo.

Sí, éste era un país muy exótico. Nosotros llegamos a Sevilla en plena feria. Una época muy cara para unos estudiantes. Nos cobraban cinco veces más que en cualquier otra época del año. Conocimos a mucha gente. Uno de los Argüeso, el de la manzanilla, nos llevaba a los toros, y me aficioné mucho.

Un espectáculo poco grato para los ingleses.

Yo lo considero como un espectáculo y como un arte, sin pensar lo que pasa con los toros. Los ingleses también hacían deportes crueles, especialmente en la aristocracia: la caza del zorro, e incluso peores, como la caza de la nutria. Para mí la lidia de los toros formaba parte de la cultura española desde muchísimos siglos, desde el medievo. Y para conocer esa cultura había que mezclarse totalmente con ella. La última casa en la que vivimos en Sevilla resultó ser una casa de citas, en la que entraban parejas que no tenían sitio para hacer el amor, algo entonces muy frecuente en este país. Venían y pagaban por horas. Y nosotros servíamos para legitimar el negocio ante las autoridades.

Hacía poco de la Guerra Civil. ¿Percibió su huella?

Nadie hablaba de política. Se sospechaba que había espías entre los estudiantes, también porque había estudiantes que eran miembros de Falange. Sevilla nos sorprendió mucho porque todo el mundo llevaba algún tipo de uniforme. Era una ciudad de soldados y de clero; algunos habían hecho votos y llevaban una camisa morada y un cordón, y casi todas las mujeres mayores iban de negro, la costumbre del campo.

Sí, un país exótico.

Y hacía mucho calor. Aprendimos mucho; primero que nada, a combatirlo. La hija del dueño de la casa nos llevaba a la azotea y nos enseñaba a beber en botijo, en porrón y en bota sin mancharnos. Y tengo fotos de ella ayudándonos a aprender. Es como montar en bici: ya nunca te olvidas.

¿Cuánto tiempo estuvo?

Cuatro meses. Luego pasamos por Madrid, donde conocí a una familia que vivía en la calle de Gutenberg, y nos hicimos amigos para toda la vida. Después fuimos a Santander, y allí nos daba clase [Francisco] Ynduráin. La gente más importante de España estaba entonces en Estados Unidos, pero nosotros tuvimos la suerte de encontrar a Ynduráin, a Estrada, a Villanueva. Grandes figuras.

¿Qué escuchaba decir de la política de entonces, qué preguntas hacía usted mismo?

Ya te dije, nadie hablaba de política. Hasta los sesenta y los setenta: entonces te preguntaban por los países democráticos, como Francia o Inglaterra. En la transición (y eso está en mis novelas), ya se hablaba de política abiertamente, todo el mundo hablaba de política. Cuando escribí mi primera novela resultó difícil encontrar editor aquí. Encontré editor en Francia, en Japón, en Inglaterra, y costó mucho esfuerzo hallar editor en Barcelona: el asunto era demasiado candente. Conocí al viejo [Juan] Grijalbo, que había estado en el exilio en México; era una buena persona, se interesó por mi novela, y con él la publiqué cuatro años después de que hubiera aparecido en Londres.

Su bautismo español.

Sí, esa visita de abril de 1955. Pensaba que había llegado a África y no a Andalucía. Tuve graves problemas en entender el acento andaluz. Poco a poco descifré el código, y terminé entendiéndolo tan bien que Martínez Nadal me decía que debía desaprenderlo. "No conviene que te pases toda la vida de hispanista hablando con acento andaluz", me decía.

Ya era hispanista.

Sí, supongo. Estudiaba francés también, pero me gustaba más el castellano, por su exotismo.

¿Y qué era exótico para usted?

Las costumbres; ese origen árabe de las comidas, todos comiendo de un mismo plato, el hábito de dar de comer con tu propia mano. Algo así en Inglaterra, y en otros sitios, sería tomado como inconveniente. Y me sorprendían también los horarios, esa siesta, que yo veo tan sana. Santa Teresa decía que era muy bueno para la mente dormir dos veces al día, y tenía razón.

¿Y estamos perdiendo nuestro exotismo?

Sí, yo creo que sí. Se nota en Las Ventas, en la Maestranza, porque ya no hay sino gente mayor, o gente de la clase alta.

¿Cómo nos ve ahora?

En mis novelas he tratado de decirlo: hay aquí una lucha latente, la que ha dado origen a tantas guerras civiles. Siempre existe la posible fisura. Después de 1982 dejé de escribir ficción, pero una cosa no viene de la otra: me sigue gustando la novela, pero hay trabajos que me han impedido seguir haciéndola. Fíjese que este encargo que me hizo doña Amparo, el libro sobre Berceo, es de hace 22 años, y sale ahora.

Luego hablamos de Berceo, pero sigamos con la política. Usted conoció en Inglaterra a Margaret Thatcher y aquí a José María Aznar, los vio actuar. ¿Paralelismos?

Como ciudadano europeo que soy podría emitir un juicio, igual que podría emitir un voto; pero no me gustaría intervenir con una opinión en lo que concierne a los españoles. Y ya sé que los ex presidentes españoles critican a sus sucesores, también desde el extranjero. En el caso de la Thatcher, que sí podría corresponderme, debo decir que cambió Inglaterra para bien o para mal, pero de forma radical. El primer Gobierno fue el de la guerra de las Malvinas; en el segundo turno hizo las reformas, privatizó lo que seguía siendo público, y en su última parte se dedicó a sobrevivir porque su partido no la toleraba y se rebeló contra sus ideas. ¿España? Se ha europeizado desde su entusiasta adhesión a Europa, y no sorprende porque aún no le ha pagado nada a Europa, siempre ha recibido. Tiene sus problemas autonómicos, como los tenemos nosotros, o como los hemos tenido; pero lo cierto es que Cataluña y Euskadi tienen más autogobierno que Escocia o Gales. Aunque Escocia siempre ha tenido su propio sistema educativo o de justicia, que no tiene nada que ver con el que tienen en Inglaterra.

¿Nos viene bien ese entusiasmo europeo?

Sí, claro que sí: fíjate en los sistemas de transportes, en las autopistas. Europa ha contribuido muchísimo al porvenir de España. Piensen lo que piensen de los aeropuertos, mira qué avances. Y el metro. Al lado del metro de Madrid, el de Londres parece anticuado. Cuando vine aquí, todo era muy lúgubre, apenas había luz para leer, y ahora la luz es un verdadero derroche.

Usted debe de sentirse ya un poco español.

Siempre me he sentido un poco español, desde los años sesenta. Cada vez más. Prefería estar aquí que estar allí. Y decidí que ésta, Madrid, era mi ciudad favorita. Me gustan otras ciudades, como Barcelona, por la música, por la ópera, y me encanta Sevilla. Fue mi primer amor. Pero es una ciudad inconveniente para vivir, por su crecimiento, y especialmente por el clima, que no me va para la artritis. Madrid es más seco, me lo han recomendado los cirujanos que me han operado.

Una ciudad curativa, nada menos.

Yo la conocí con un millón y pico de habitantes en 1955. Estaba aquí cuando nació el niño dos millones. Y estaba también cuando nació la niña tres millones. Conozco la parte central, desde Atocha hasta Lavapiés. El casco antiguo, ya no me gusta tanto, parece un plató de cine. Ese cuidado excesivo parece común ahora a toda Europa. Me gusta mucho esa parte, pero debo vivir en el barrio de Salamanca, que me permite ir andando a todas partes, al teatro, a la Biblioteca Nacional… Cuando uno se jubila, lo que más escribe son felicitaciones de Navidad; envío unas 150 cada año, ¡y me he dado cuenta de que la mayoría son christmas a españoles. Conozco más gente de aquí que de ningún otro sitio.

Usted vive en contacto con la gente, pero con un ojo en el medievo. ¿Le da claves para entender lo que pasa?

La verdad es que una de las grandes preocupaciones de mi vida han sido las bibliotecas, cómo se han formado, cómo se han cuidado, y eso me llevó a ampliar mis intereses. En la licenciatura estudiamos bien a Juan Ramón Jiménez, a los poetas modernos, a Lorca; pero mis intereses empezaban verdaderamente en Berceo y acababan en Cervantes. Gracias a ese interés por las bibliotecas amplié mis conocimientos de una manera más rica, y eso me ha resultado muy beneficioso. Creo que soy una persona mucho mejor informada que cuando era tan sólo un medievalista. Y claro que ese conocimiento me da claves para entender lo que pasa: ahora he tenido que estudiar el Toledo del siglo XI, y es fascinante la mezcla de culturas, cómo convivían con trozos de cada una de ellas: judíos, mozárabes, musulmanes, franceses, castellanos… La mitad de la documentación del convento de San Clemente está en árabe, pero el convento era cristiano. Escribían libros de teología cristiana en árabe. Decoraban sus casas como árabes. Había alfombras, pero no tenían ni sillas, ni mesas. Eso era castellano, y una cosa era Castilla y otra cosa era Toledo.

Y si fuéramos por España hoy, ¿qué hallaríamos aún de la época medieval?

El clero, cuyo comportamiento es todavía bastante medieval. En muchos casos, España ha vuelto al medievalismo. En 1983 fui a estudiar el manuscrito de Berceo en Santo Domingo de Silos, y me quedé en el parador. Como sólo tenía horas limitadas de consulta, estuve allí bastantes días, paseando por las calles con linterna, porque no se veía nada de noche. Un día, un señor al que no conocía me llevó a una casa que nos abrió una mujer con bata de flores; nos pasó a una trastienda donde había botellas de vino y cosas para picar; había unos viajantes, y la atmósfera entera era la que debía de existir ya en el siglo XV, la que describe Fernando de Rojas en La Celestina. Al día siguiente le pregunté a los dueños de la fonda quién era el señor que me había llevado. Era el policía secreta de la zona; estaba intrigado sobre quién era yo, un extranjero tantos días en Silos. No concebía que estuviera estudiando un manuscrito, y creía que era un espía británico.

Y eso era en 1983.

Yo les pedía que me dieran EL PAÍS, en lugar de los diarios locales que tenían allí. Y no me lo daban. "Aquí no entra prensa roja", me decían. "Pues tráiganme el Ya. Por lo menos trae viñetas de Zamora Vicente". Y me traían el Ya.

¿Y qué tenemos de bueno del mundo medieval?

No me hubiera gustado vivir en la Edad Media. La medicina era muy primitiva. Las curaciones eran muy dolorosas. Sólo el 5% de las personas sabía leer. La gente moría a los 35 años, como promedio. Y apenas tenías posibilidad de cambiar de posición social. La gente sólo viajaba un promedio de 12 kilómetros durante toda su vida. Aún en 1983 había gente en los pueblos que me pedía que me llevara a su hija a Inglaterra, a que se educara, y aún se quejaban de cómo los trataban los dueños del terreno que cultivaban.

Ha cambiado mucho España…

Yo creo que en los últimos veinte años ha cambiado más que en siglos y siglos….

Debió de ser terrible la Edad Media.

Fascinante, pero horrible haber vivido en aquella época.

¿Por qué fascinante?

Por los productos culturales que consiguieron hacer, sobre todo en Francia e Italia, donde había una economía más poderosa. Y la literatura. Fíjate en Inglaterra, fíjate en España. Hubo grandes poetas. Berceo. Se ha estudiado más la filología, la historia, pero hay que fijarse en la gran belleza de sus escritos. El libro del buen amor es un producto toledano de la almozarabía. Tres culturas juntas en un libro.

¿Y qué dice ese libro que sea útil para hoy?

Es un tratado casi filosófico del amor puro, del amor místico; expresa todas las variaciones del amor en comparación con la amistad, el eros… Sabía mucho de la vida. Y el amor es un tema que nos afecta a todos en la vida, nos hace sufrir, y pecar, y produce locura, trastorna la personalidad del que lo sufre.

Alguno creerá que es un libro de autoayuda.

Posiblemente. Y Juan Ruiz es muy irónico. Siglo y medio más tarde, en La Celestina, Rojas demuestra que el amor no tiene nada que ver con el matrimonio. El matrimonio era una cosa reglada, económica y social, convenido por las familias respectivas. Como sucede hoy en el mundo musulmán o en la India. Eso tienen, en parte, en común con la Edad Media.

Le pregunté a su colega Alan Deyermond, también especialista en el Cid, quién era hoy ese personaje que a usted le fascina tanto.

Y tanto que ha fascinado. Joaquín Costa decía que al Cid había que enterrarlo en muchas arcas y muchos cerrojos porque es peligroso. Los dictadores y los generales se lo han apropiado, hasta el general Franco… En un excelente trabajo, la historiadora Eukene Lakarra, hija también de historiador, ha estudiado el uso político que se hizo de la figura del Cid durante el franquismo. Los cadetes de la Academia de Zaragoza tenían que leer sobre el Cid, y en todos los centros de formación militar se tenían que leer La España del Cid, de Menéndez Pidal, para imbuirse de espíritu nacional. Don Ramón era un centrista, siempre veía todo desde el punto de vista de Castilla como centro de España. Tenía esa idea del imperio, y en medio estaba la figura del Cid. Por eso es una figura tan peligrosa para la política española.

Ahora ese tiempo vuelve a ser mediático: libros, películas, cómics… La Edad Media lo domina todo.

Todas esas distorsiones que combinan las ideologías antiguas con el mundo medieval se convierten en una industria editorial que domina el mercado.

¿Le da repelús?

Yo no puedo leer eso, porque sólo leo libros de historia. No puedo leer una cosa inventada de una época que yo conozco. Es preferible una fábula total, como Harry Potter, pero tampoco lo leo. Yo creo que hacen mucho daño esos libros al conocimiento verdadero de la Edad Media.

Habló del clero en la Edad Media y del clero ahora. ¿Los ve parecidos?

Creo que el clero español es más papista que el Papa, incluso que este Papa. En Francia, el clero es más liberal.

David Serafín, el novelista de la transición española, ¿cuándo nace?

Yo estuve aquí justo después de la muerte de Franco, con una beca. Iba a hacer esta historia que me preocupa tanto de las bibliotecas. Trabajaba por las mañanas, leía por las tardes. Y alrededor había una gran crispación política. Mucho más que la que hay ahora. Los grises perseguían a los estudiantes en Moncloa. Un día contemplé un incidente: iba en un autobús y vi cómo alguien se había tirado desde un balcón a la acera, vimos cómo la ambulancia se llevó el cadáver. Y ése fue el principio de mi primer libro como David Serafín. Me intrigó aquel suceso, la prensa no publicó nada sobre el asunto, se me quedó en la memoria que la policía había recogido los zapatos. Y me fijé que en ningún lado decían si fue un suicidio u otra cosa. A partir de todas esas intrigas y en medio de aquellas revueltas políticas nacieron mi inquietud narrativa, la novela propiamente dicha y mi seudónimo.

Una novela policiaca. ¿Por qué ese género?

Mis padres me obligaron a leer a Conan Doyle; leí todo Dickens, todo Agatha Christie, todo Simenon… Conocí a Simenon: llegó un fin de semana a la casa de una prima suya en Rochefort-sur-Mer donde yo pasaba un verano de intercambio con el hijo de la familia; había una criada bella de 16 años, y él se fue tras ella enseguida… ¿Si me hice novelista policiaco por él? Bueno, donde él pone psicología yo pongo política. Y leí mucha medicina forense: para escribir mis libros ha sido fundamental, y he desarrollado una buena relación con la policía española. Y mis libros, sus asuntos, han viajado por toda España. Cuando se perdió aquella crispación con la que nacieron mis novelas, acabaron también esos libros. De momento. La gente dice que la transición no fue sangrienta. ¡Si lo hubiera sido!

¿Le estimularía ahora como novelista lo que sucede en torno al 11-M?

Lo veo como un observador, no me meto. Y ahora no quiero continuar aquella serie de novelas porque lo haría como rutina. Cuando España perdió aquella crispación que culminó en 1982 también perdieron sentido mis pesquisas narrativas en aquel mundo. Ahora sí percibo que España está de nuevo al borde de algo.

¿Bueno o malo?

No lo sé.

Imagínese que David Serafín decidiera colocarle como personaje en una novela. ¿Cómo le describiría?

Yo creo que soy un historiador de ficción y un filólogo de la época medieval. Un hombre que se hizo en Londres, en Manchester, en Oxford, con todo lo que ello implica; yo fui responsable de que en Oxford se introdujera el cine como objeto de estudio. Sólo hasta finales del siglo XX lo consideraron allí digno de interés. Pero Oxford es un sitio maravilloso para hacerse; en ningún lugar del mundo hay tanto debate, tanto intercambio de opiniones entre facultades, quizá con la excepción de Berkeley. En un colegio típico de Oxford puede haber 25 o 30 personas, cada una de una asignatura distinta, así que en las cenas y en los almuerzos salta al menos una idea por asignatura. Ahí me hice yo. Pero también soy el que se ha ido haciendo aquí. Un poco español, como dice usted.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de enero de 2007