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Reportaje:

La antigüedad por los suelos

El Museo Egipcio exhibe una variada colección de mosaicos romanos de la antigua provincia de Siria

En los suelos de la antigüedad, bajo las sandalias de los romanos, a menudo ultrajado por los desechos de las orgías y ocasionalmente empapado de la sangre de los césares, se desplegaba un arte de una belleza exasperante.

El mosaico, con sus legiones de minúsculas y ordenadas piezas, es tan consustancial a nuestra imagen de Roma como las cuadrigas, Cicerón o los gladiadores -¿quién no recuerda la víbora reptando sobre las teselas de Yo, Claudio?-. Pero más allá de su atomizada fascinación, los secretos de su técnica, su evolución y sus tipos son asuntos con los que está poco familiarizado el público en general. De ahí el interés de una exposición como Mosaicos romanos de Siria, pintura de piedra, que se exhibe hasta el 19 de marzo en el Museo Egipcio de Barcelona y que presenta 40 mosaicos seleccionados de entre los casi 150 de la denominada Colección de arte y arqueología del Villa Real, un fondo que se expone habitualmente en el hotel de dicho nombre de Madrid y en otros del mismo grupo del empresario catalán Jordi Clos.

En la planta sótano del museo, alfombrando los sueños milenarios de las antiguedades faraónicas, los mosaicos ofrecen su esplendor obsesivamente geométrico -como el hipnotizante, escheriano, de retícula romboidal que configura un pavimento de cubos en relieve: un motivo citado por Plinio-, su polícroma fauna abigarrada (un enorme elefante, un dromedario, leones cazando, unas pollas de agua bien reconocibles), sus remotas escenas de campo y caza, sus alegorías, sus divinidades y seres fantásticos (amorcillos, una Medusa parca en serpientes), sus inscripciones en lenguas desvanecidas... Hay algunos de época cristina, y funerarios. En su mayoría son pavimentales, aunque hay alguno de pared.

Deambulando entre esos testimonios de la vieja cultura romana, el comisario de la exposición, Carles Buenseca, profesor de Historia Antigua de la Universidad de Barcelona, subraya la homogeneidad del conjunto y va detallando sus características. "Varios de estos mosaicos de los siglos II al VI tienen como tema el ocio aristocrático de los terratenientes", explica ante la imagen en opus vermiculatum -tesela pequeña en contraposición a la tesela grande, opus tessellatum- de un jinete en una escena de explotación agrícola, con esclavos. "Recrean en las villas un mundo ideal de cacerías, de vida rural. Son a menudo elementos de propaganda, para impresionar, una expresión de estatus". La iconografía, apunta, es muy variada y depende de la ubicación del mosaico en la casa. Los más distinguidos están en las zonas de recepción de invitados y los más ornamentales -motivos vegetales, etcétera- en las de paso.

Dentro del mosaico romano, el de la provincia de Siria -de los talleres de Antioquía, Zeugma, Apamea o Palmira- se caracterizó por su policromía y por el detalle, la pictorialización de la imagen, su realismo. "El mosaico tenía una vida muy sufrida, como puede suponerse", suspira el estudioso; "y además a menudo se lo cubría con nuevos diseños para seguir la moda". Hacer un mosaico era trabajoso: tres capas preparatorias, la colocación luego de las teselas sobre el lecho fresco de cal... Y el mosaísta o musivara no estaba socialmente muy considerado: al único que mencionan las fuentes clásicas es a Soso (un nombre sin duda arduo para un artista), autor de la extraordinaria La sala sin barrer (Asaroton oecon), que mostraba de manera sensacionalmente realista los restos de un banquete esparcidos por el suelo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de enero de 2007