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Entrevista:John Banville | AUTORES PARA CONOCER

Los otros territorios literarios

"Escribir es un trabajo de temer, sudar y gemir"

Aunque sus nombres aún no son tan conocidos por el gran público, se trata de narradores importantes en sus países y con diversos premios. Leerlos es una forma de descubrir nuevos mundos y comprobar la constante reinvención de la literatura. Una oportunidad de acercarse a esos territorios se puede lograr a través de escritores como el irlandés John Banville, la inglesa Clare Morrall, el noruego Kjell Askildsen, la rusa Liudmila Ulítskaya, el ruso-francés Andreï Makine, el austriaco Arno Geiger y el italiano Erri de Luca.

Cuando el año pasado subió a un estrado de Londres para recoger su Premio Booker por la novela El mar, las primeras palabras del "agradecimiento" de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) fueron: "Es bueno ver que una obra de arte ha sido reconocida". Muchos aplaudieron y algunos guardaron un silencio escandalizado. Y es que el magistral Banville -y sus formidables novelas que combinan lo mejor de Nabokov y Beckett con destellos criminales y en las que, casi siempre, un narrador poco confiable confiesa la culpa de un secreto o el secreto de una culpa perdiéndose y encontrándose por los pasillos de la memoria- no es un autor cómodo o complaciente. Así, hasta el éxito de El mar (Anagrama) -para muchos su libro más "sencillo"- el autor de El libro de las pruebas (1989), El intocable (1997), Eclipse (2000) e Imposturas (2002), entre otras, fue eso que, para bien o para mal, se conoce bajo el noble estigma de "escritor de escritores".

"Los escritores no somos otra cosa que bebés enormes, sentados en nuestras habitaciones, jugando a nuestros juegos mientras el gran mundo acontece en otra parte"

PREGUNTA. ¿Molesta esa suerte de "letra escarlata"?

RESPUESTA. "Escritor de escritores" es una desafortunada etiqueta que me han colgado del cuello o, mejor dicho, atado a mi cola, como una lata a un gato. Supongo que es lo que los críticos cansados dicen cuando no tienen tiempo para digerir un libro antes de reseñarlo. En lo que a los escritores como especie se refiere, diré que me aburren profundamente. Quiero decir que su compañía me resulta aburrida y, seguro, ellos piensan lo mismo de mí. En lo que hace a la variedad irlandesa, somos iguales que en cualquier otra parte: obsesivos, resentidos, celosos hasta la enfermedad y siempre pobres.

P. ¿Y un premio importante cambia algo de eso?

R. El Booker da miedo de tan influyente. Ganarlo es algo maravilloso, desde el punto de vista comercial, para todo escritor. Pero terrible para los que lo pierden. En lo personal, como escritor, no te cambia en nada salvo que tu banquero deja de tener pesadillas contigo. El Nobel no estaría mal en cuanto a lo económico, pero uno debería tener la opción de permanecer anónimo, como los que ganan la lotería. ¿Por qué ganó El mar y no El libro de las pruebas, que también fue finalista; o El intocable, para mí un típico "libro Booker"? Bueno, a la hora de la verdad todo es puro azar combinado con una gota de venenosa politiquería cultural, supongo.

P. A esta altura de su carrera, ¿qué piensa de un panorama editorial donde se busca con desesperación y se pagan sumas millonarias por primeras novelas y donde los escritores que entienden la literatura como "carrera de fondo" tienen cada vez menos chances de llegar a la meta?

R. Lo cierto es que no puedo responderlo. No tengo mucha idea de lo que sucede allí fuera. El mundo del libro siempre ha sido un lugar difícil poblado por ángeles y por seres poco angélicos. Yo me he preocupado en hacer lo mío sin esperar demasiado. La escritura siempre ha sido un trabajo de temer, sudar y gemir buscando el sitio exacto donde ubicar la palabra justa. El que varios de mis libros estén organizados en secuencias quizá tenga que ver con eso, con la triste esperanza de querer hacerlo mejor, de acercarme un poco más cada vez... Los escritores podemos escribir con gran sabiduría acerca de la vida, pero no somos muy buenos para vivir la realidad. Los artistas no somos otra cosa que bebés enormes, sentados en nuestras habitaciones, jugando a nuestros juegos mientras el gran mundo acontece en otra parte.

P. ¿Y está al tanto de lo que se escribe en otra parte?

R. Si se refiere a la literatura en español, me avergüenza confesar que estoy muy mal informado. Pero también estoy poco al tanto de los contemporáneos en mi propio idioma. He leído a Roberto Bolaño, espero que se traduzcan más libros suyos, pero ya puedo afirmar que se trata de un grande. Borges, en cambio, ha dejado de ser para mí la figura que fue en los sesenta y setenta. Me temo que estoy de acuerdo con Nabokov cuando dijo que Borges nos parece en principio una maravillosa mansión pero acaba siendo tan sólo un vistoso pórtico.

P. Semanas atrás usted ha publicado su primer libro bajo el seudónimo de Benjamin Black: el policial Christine Falls (que publicará Alfaguara), primero de varios thrillers protagonizados por el patólogo Quirke. Una de las diferencias fundamentales es que ha dejado de lado su característica primera persona narradora. ¿Pero por qué la súbita necesidad de ser otro?

R. Esa primera persona -o última persona, según Beckett- es algo que arrastro desde mediados de los años ochenta y que, me parece, ahora voy dejando dirigiéndome hacia una luz al final del túnel. Christine Falls era, en realidad, un guión de televisión que no fue producido y que convertí en novela. No estaría mal que Benjamín Black ganase el Booker, ja, ja. Quirke surge de los romance durs -no los Maigret- de Simenon. Los leí por primera vez no hace mucho y me impresionó lo que conseguía con un estilo tan simple y una narración tan directa.

P. ¿El estilo es rey y la trama soldado raso? ¿O viceversa?

R. El estilo avanza dando triunfales zancadas, la trama camina detrás arrastrando los pies.

John Banville ha publicado en España El libro de las pruebas (Anagrama), Eclipse (Anagrama), Copérnico (Edhasa), Kepler (Edhasa), Imposturas (Anagrama), El mar (Anagrama).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de diciembre de 2006