CANDIDA

Mary Poppins de San Blas

Guillermo Fesser, de Gomaespuma, debuta tras la cámara con 'Cándida', un homenaje a su asistenta de toda la vida, ocurrente estrella en su programa de radio y "ángel de patas gordas". ¿El resultado? Como ella diría, una "pinícula", que es "un poquito gramática, pero es comedia"

Cándida y Guillermo en una imagen de promoción de la película.
Cándida y Guillermo en una imagen de promoción de la película.JOSÉ LUIS LÓPEZ DE ZUBIRÍA

A veces los ángeles vienen en metro desde el extrarradio. A trabajar bien temprano, después de haber servido el desayuno en casa; después de vestirse con la primera prenda que encuentran, sin necesidad de mirarse al espejo; luego de pasarse la mano por la cabeza para atusarse algo el pelo. Y aunque su cuerpo les pese, suelen ceder el asiento a un tipo más achacoso. O gastarle una broma en alto a un estudiante con pirsin. Porque entienden la vida como una partida de frontón: lanzan una sonrisa y esperan a ver quién se la devuelve.

También a los ángeles, a veces, les duelen las piernas. Resulta que las tienen infladas. Como botes, de tanta sal que comieron en la época del hambre. Y puede incluso que en algún momento les llegue a doler todo el cuerpo. Pero tú, tranquilo, que estos ángeles no se quejan. Son menudos como un soplo, igual que el gorrión de Serrat, y en cuanto sospechan que sus historias pueden helarte el corazón se arrancan con una melodía para aliviarte las penas. Una canción de esas que nunca echan por la radio. De las que canturreaba Pepe, el trapero, en su Martos natal. "La tía Juana era tan rata / que hacía la tortilla con puré de patata. / Como era tuerta, / con la pata atrancaba la puerta…".

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A veces, algunas veces, más de cuatro veces, los ángeles tienen la nariz de pirindola y hacen las mejores croquetas de pollo del mundo. Las pasan dos veces por el huevo y el pan rallado para que no se revienten en la sartén. Para evitarle a la besamel grandes sobresaltos como los que a ellos les ha proporcionado la vida. ¡Qué vida! Consagrada en cuerpo y alma a los hijos. Que no les falte tabaco. Que no les falte un botellín. Que no les falte un detalle. Trabajar. Siempre a destajo. Trabajar y fatigar porque el trabajo es la salús. Lo más grande. Arrimando siempre en casa "el hombro a la sardina". Echándoles siempre a todos "una mano al cuello". Con ilusión porque, aunque algunos de sus hijos hayan resultado un desastre, la vida de estos ángeles no lo ha sido en absoluto.

No todo el monte es orgasmo

Conocí a Cándida Villar Vera una mañana de otoño de esos años en los que los niños no teníamos que ir al cole hasta cumplidos los seis. Abrí la puerta a la desconocida y luego corrí asustado a esconderme detrás de una cortina. No hay muchos más recuerdos y no quiero inventarlos. Su presencia en la casa de mis padres se mezcla con otras visitas de personajes singulares que mi madre iba coleccionando: Benita, Marciana, el hijo de la Diega… De Cándida recuerdo el rostro y un abrigo algo oscuro. Un rostro que se agachaba curioso. Como a husmearme. No traía alas. O, mejor dicho, entonces yo no supe verlas. Tardé mucho en darme cuenta.

¿Quién hubiera sospechado en los sesenta que a veces los ángeles tienen un padre cazador de conejos? Que les abandona con cuatro años para irse a la revolución y ya luego decide quedarse haciendo vida en Francia. Acontecimientos que introducen meandros en el cauce rectilíneo de las vidas. Y sin edad suficiente para la escuela, a esos ángeles caídos les toca ir a recoger carbón y venderlo por las casas. Como a Pulgarcito. Como a Hansel y Gretel. Como a Oliver Twist. Abriéndose camino en la nieve de las Aguazonas, serranía de Jaén, para poder llegar en busca de una limosna a los hogares que gozaban de luz eléctrica. "Ay, kikirikí; ay, kikiricuando. De aquín no me marcho sin el aguilando".

¿Quién habría podido adivinarlo? No es por buscar excusas, pero en los manuales del tema siempre aparecían en grupos jugueteando, o en cuadros individuales, pero recién duchados y peinados para atrás con mimo. ¿Cómo podría uno, pues, con esos datos, albergar la sospecha de que algunos ángeles nunca tuvieron a nadie a su lado para compartir las dudas? Ángeles que en su pasado largo, tan largo, extraordinariamente largo, nunca tuvieron la suerte de recibir una muestra de cariño. Seres marcados por la A mayúscula de "A los que hirió el amós". De "A los que jamás naide les dio un beso". Que se tiraron años en un internado de monjas sin recibir ni una carta, ni una visita. Ángeles que se han sentido incoloros, como el acero del vidrio. Ignorados, como "un cerdo a la izquierda".

Es la propia vida quien se empeña en sorprendernos y coloca las alas donde menos te lo esperas. Se me antoja imaginar que los ángeles, como el resto de las aves del paraíso, seguramente hacen acto de presencia en formatos diferentes. Sanos y portadores de fiebre aviaria. Atrevidos como el águila o cobardes como los avestruces. De vuelo largo como los gansos canadienses o de aleteo torpe como las gallinas de corral. Amplia gama que nos brinda el aliciente de tener que localizarles. Como a Carmen Miranda. Como Dónde está Wally. Como el cazador que, con la disculpa de buscar el rastro de su presa, aprende del paisaje y de sus moradores, de los aullidos y los silencios, del sol en el horizonte y de las estrellas, para terminar interpretando su lugar mismo en este puzle que compartimos.

Localizar un ángel es una misión ardua. Nada sencilla. Un cometido que obliga a arrojar por la borda los estereotipos que nos ocultan las alas. Y, ay, amigo mío, compartimos una sociedad mercantilista donde todo lleva su etiqueta. Ponerla es fácil. Clic, clic. Un doble guiño de ojos y definimos a las personas con un adjetivo. Con una profesión. Ése es un albañil. Ésa es una asistenta. Y ya todos sabemos de quién estamos hablando sin necesidad de más profundidades. Clic, clic. Como la maquinita de poner códigos de barras en los botes de tomate de las góndolas del Carreful. Ése es rumano. Ésa es marquesa. Etiquetas que se adhieren con fuerza al ser humano y que luego resulta complicado sacárselas de encima. Pegatinas que, como los precios de los regalos de Reyes, al levantarlas dejan el feo rastro del pegamento. Son los inexplorados vericuetos del pensamiento. Aunque la voluntad sea buena, los prejuicios al disolverse suelen dejar grumos como lo hace el cola-cao. Pequeñas ideas preconcebidas que nos quedan flotando para siempre en la memoria. Que nos impiden adivinar la forma de las alas detrás de un mandil o de una cofia.

Yo tardé bastante en descubrir a mi ángel, sospecho, porque le estaba mirando como quien observa la maqueta del Titanic. No sé si alguien vio el Cómo se hizo que viene en el DVD, pero allí se explica que para recrear el inmenso barco bastó con que reconstruyeran solamente dos trozos: la popa y la proa. La parte de en medio faltaba. Quedaba un hueco inmenso en el centro, pero la perspectiva lograba engañar al ojo y parecía que el barco atracado en el puerto estaba completo.

Un truco sencillo que, de un modo inconsciente, le aplicaba yo a la percepción de mi ángel. La popa obedecía a un concepto: una señora de patas gordas, simpática y dicharachera que se presentaba una vez en semana a repasar los baños y vaciar la cesta de la plancha. La proa, a una anécdota: el manojo de problemas que me relataba utilizando una construcción gramatical particular. Que si soplaban garrafas de aire. Que si la vecina tenía una lengua vespertina. Pero la parte de en medio, la verdadera Cándida, la de la fuerza moral a prueba de bombas, estilo Frank Capra, que yo descubriría más tarde, entonces era incapaz de percibirla. Sumaba popa y proa, pegaba ambos trozos y me salía esta etiqueta: "Asistenta con unos sucedidos y unas ocurrencias de morirse". O sea, para centrarnos: asistenta. Como la del otro. Y la del de más allá. Y la Blasa. Y la Tomasa. Y la que tuvieron los padres de aquél. Igualita, fíjate lo que te digo, a una que venía a atender a una compañera del curro. Porque bajo el epígrafe asistenta cabe de todo y no reluce nada. ¿Cómo habría de ser al contrario? Todo el mundo sabe que las asistentas no vuelan.

Anda fregona a limpiar que el agua ya está caliente

A veces ocurre que a uno, por lo que sea, le da tiempo de pararse a tomar un café y de esperar a que se enfríe en la barra sin tener que añadirle leche fría. Son minutos que se ganan a la vida y que dan para mucho. Y a veces, en ese impás, si es que acompaña el milagro de haberse olvidado en casa el móvil, a uno le da tiempo de pensar en lo que pasa en lugar de, por la justificación de las prisas, pasar de lo que piensa.

Cuando yo me sorprendí en esas circunstancias, decidí concentrarme en la imagen de mi Cándida. Hasta tenerla muy cerca. En primer plano. En macro. Desenfocada. Y la vi enorme, cual Godzilla tratando de aspirarme con un electrodoméstico industrial. Me chupaba hacia una luz blanca. Potente. Un halo que me llamaba y me atraía como la puerta de la nevera a los imanes publicitarios. Y entonces la historia de la España reciente, la que me ha tocado vivir a mí, me pasó a toda velocidad resumida en diapositivas. No recuerdo el programa, pero juraría que fue en el Windows Picture Viewer.

En aquellas imágenes comprobé con claridad que la transición a la democracia, además de un puñado de políticos generosos, la forjaron con tenacidad un ejército de Cándidas. Mujeres que, con el conflicto de Líbano en sus propios hogares, salían al amanecer de casa y siempre con una sonrisa. A trabajar a destajo en hogares ajenos sin que les temblase el pulso y a regresar tarde en la camioneta verde, luego de dos transbordos, bromeando con el conductor.

Entendí que "con los pelos del cepillo se saca el brillo". Y que si este país nuestro resplandece hoy en el universo, no podía ser sino el resultado de quienes lo hubiesen frotado hasta la saciedad. Aquí y allá. En tantas colocaciones. En tantas contratas. En tantas casas. Ese frotar y refrotar de tantas Cándidas, que son nuestras madres, o nuestras abuelas, o las señoras que nos cuidaron en la infancia. Ese motor incansable de mujeres que, con su empuje positivo, hicieron posible que hayamos pasado de ser un país en blanco y negro a tener en los teatros carteleras de Broadway y a colocar en el extranjero estudiantes con beca Erasmus.

Ahí fue cuando mi ángel desplegó definitivamente las alas. Ahí es cuando decidí rendirle un homenaje. Hacerle una película.

Es cosa 'reás'. Vayáis a 'vela'

¿Cómo catalogar una película? Supongo que los expertos las clasificarán comparándolas con lo que se haya hecho anteriormente en cinematografía y poniéndolas en perspectiva con lo que ellos anticipen que debería estarse haciendo ya. Pero para eso se necesita una preparación formal. Muchas horas de vuelo en la filmoteca. Yo, a mi película sólo se me ocurre compararla conmigo mismo. Con las oportunidades que me ha dado la vida. Con la gente que he tenido la suerte de conocer. Con los libros y las músicas a las que he tenido acceso. Con los viajes que me han tocado en suerte y lo que observaba durante el trayecto asomado por la ventanilla. Meter todo eso en un saco y preguntarme: ¿es esto lo mejor que sabes hacer, machote? Porque cuando se hace una película cada 45 años (ésa es por ahora mi media aritmética), corre uno el riesgo de que su primera obra se quede, como le ocurrió a Juan Rulfo con su Pedro Páramo, simplemente en la obra. Y en una pinícula, aunque ahora lo suyo es decir flin, le estás agradeciendo a la vida todas las oportunidades que puso a tu alcance. A tu primer jefe, que te contratase, a pesar de que fueras un pardillo. A tus padres, que te pagaran la excursión a Cullera, a conocer el mar con Gwendolyne de fondo, a pesar de que el dinero requiriese otra noche de trabajos extras. A un profesor del colegio, que te contagiase el entusiasmo por las letras, aunque le tuvieras frito con tus gracias, no siempre tan graciosas. Al capitán del equipo de rugby, que te convocara en la final, sobrando gente con mayores méritos. A tu mujer, que haya aprendido a leerte sólo con la mirada…

¿Y cómo contar, después de finalizado un proceso tan complejo, con tantos profesionales de los que tanto has aprendido, de qué va tu película? Una aventura de emociones que carece de efectos especiales. O, mejor dicho, que lo único que tiene de especial es Cándida, su protagonista, que, eso sí, viene causando en la audiencia mucho efecto. Recurro a ella como crítica de cine, que lo es en un programa de radio que ahora echan por las tardes, y me anticipa la respuesta: Sonrisas y lástimas. Una Vera Drake versión latina 5.0 que nos muestra un Madrid apetecible. ¿O es que sólo Woody Allen estaba autorizado a retratar a su ciudad con cariño? Un personaje entrañable, como lo era el profesor de Los chicos del coro, que, en lugar de regalar partituras a unos desheredados, le regala un hereje de geranio a una marquesa asquerosa.

Ah, y el humor continuo. La risa, bendita sea la risa, como el terrón de azúcar que utiliza esta Mary Poppins de San Blas, que no vuela y viene en metro del extrarradio, para que al personal le pase la medicina sin enterarse siquiera. "Es un poquito gramática, pero es comedia". Les invito a comprobar de nuevo que a los colonos nos hubiera ido mejor si hubiésemos querido aprender un pelo más de los indios. Les brindo una oportunidad de mirar a la que friega a los ojos y observar maravillados cómo, de un modo natural, casi imperceptible, la que debería ser una pobre señora se transforma en heroína. Un ángel que llena la pantalla. Que nos emociona. Que nos hace llorar. Y que, para colmo, nos mata de risa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 24 de diciembre de 2006.