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Entrevista:SANTIAGO CARRILLO | POLÍTICO Y ESCRITOR | ENTREVISTA

"Cuando escucho a algunos obispos me viene a la memoria 1936"

Santiago Carrillo acaba de revisar sus memorias, que reedita Planeta. En esta entrevista aborda algunos de sus recuerdos más personales (Paracuellos, las relaciones con su padre), habla de lo que él haría con la memoria histórica y confiesa que cuando escucha a algunos obispos "me viene a la memoria 1936". La conversación fue en su casa. Y empezó por la edad: tiene 91 años, y dice que ya es anciano, "un viejo".

Pregunta. ¿Y qué es ser viejo?

Respuesta. Que las piernas no te dejen jugar al fútbol. Muchas cosas que no puedes hacer. Ser viejo es jodido.

P. Cuando habla del episodio más tremendo de su memoria, los fusilamientos de Paracuellos, se le ve muy sereno. ¿Cómo asume ese asunto?

"La aviación franquista bombardeaba Madrid, había un odio terrible..."

"La memoria histórica debe llevarnos a recuperar la historia real"

"Creía que Stalin era un demiurgo. Hasta que conocí sus crímenes y barbaridades"

R. Con mucha tranquilidad. Hubo una Guerra Civil, me tocó quedarme en Madrid, cuando todo el mundo se marchaba. Pensaban que Madrid caería en tres días, se fue el Gobierno, pero dejaba en la cárcel a dos mil y pico militares sublevados. Las tropas franquistas habían llegado a 200 metros de la Cárcel Modelo. Si liberaban a esos militares, decían los técnicos, significaba que quedaban libres dos cuerpos del Ejército, y se perdía Madrid. Y hubo que trasladarlos sin que tuviéramos la tranquilidad necesaria para una operación de ese tipo, ni fuerzas de seguridad para custodiarlos y protegerlos de las iras de la gente. La aviación franquista bombardeaba Madrid, había un odio terrible... Y en el camino, ya fuera de mi jurisdicción [como miembro de la Junta de Defensa de Madrid], alguien sorprendió al convoy y lo atacó; los milicianos antifascistas que los custodiaban no se sintieron con valor para jugarse la vida salvando la de aquellos que al fin y al cabo eran sublevados. Y se produjo esa tragedia...

P. ¿Pudo hacerse más?

R. Si yo hubiera tenido en mis manos un instrumento de Estado serio... Yo no tenía nada; había que improvisarlo todo, eran las primeras horas de la defensa de Madrid. En esas condiciones nadie podía garantizar nada. Yo mismo no estaba seguro de que a las 24 horas no me colgaran en la Puerta del Sol. Es lamentable. Había tanta gente que moría, tantos inocentes. La verdad es que cuando te enteras de lo que ha pasado tienes un momento de estupor, pero luego se acumulan otros problemas, hacen falta soldados, hay que enviar refuerzos, y casi no puedes responder de casi nada. Pero eso fue la guerra, y no provoqué yo esa guerra.

P. ¿Cuál es su sentimiento personal cada vez que le preguntamos por eso?

R. Hombre, comprenderá usted que no me agrada nada. He respondido tanto esa pregunta... Ya me escuece.

P. ¿De veras no se pudo hacer más para evitar esa matanza?

R. En ese momento no creo que se pudiera hacer más. Rojo nos informó de la situación militar y no había fuerzas para defender Madrid; la policía la hacíamos las organizaciones y los partidos, y mucha gente por su cuenta. No había posibilidad alguna. Yo creo que hay una responsabilidad mucho mayor que la mía, que es la del Gobierno que sacó de Madrid a esa gente, que no la llevó a la retaguardia... Y es que el Gobierno se marchó dejándonos esa bomba en las manos, y yo, francamente, era impotente para hacer frente a la situación. Ninguna organización dejó en Madrid a sus dirigentes, excepto el Partido Comunista. A los dos días llegó una Brigada Internacional, y subió la moral... Es verdad que empezaron a sobrevolar Madrid los aviones rusos; desde el punto de vista militar no era decisivo, pero sí desde el punto de vista moral. La gente sentía mucho odio al fascismo.

P. ¿Qué le parecieron los libros de Ian Gibson y de Jorge Martínez Reverte sobre este episodio?

R. No me he explicado por qué Gibson, que es un progresista, publicó antes de unas elecciones un libro en el que se ponía en cuestión mi conducta. Lo de Reverte yo creo que está bien intencionado, y deja muchas incógnitas... Hay una preocupación de imparcialidad a la hora de enjuiciar hechos que ocurrieron hace tanto tiempo..., y la imparcialidad resulta imposible. Esta gente no tiene ni idea de lo que era Madrid esos días... En la práctica no mandaba nadie, el Gobierno no existía, y enfrente había un Ejército que avanzaba victorioso.

P. En su libro usted aborda la relación con su padre. Cercanía y ruptura. ¿Cómo lo vive?

R. Como un recuerdo. Agridulce. Cuando aprobamos la política de reconciliación nacional me reconcilié con mi padre. Desde niño fui amigo suyo, le admiraba. Era muy honesto. Y cuando me lo encuentro enfrente, reprimiendo a mis camaradas, como miembro de la Junta de Casado... Me comunicaron al tiempo que mi padre estaba con Casado y que mi madre había muerto. Yo estaba en París; yo quería mucho a mi madre, y en ese momento lo que más me dolió fue lo de mi padre. Hoy lo recuerdo como era antes. Y he leído un diario suyo; en él dice que actuó con una ingenuidad estúpida: se enteró, ya en el exilio, en Londres, de que Casado estaba en contacto con la Quinta Columna de Mola. ¡Antes de formarse la junta ya estaba Casado comprometido con la Quinta Columna! "Y yo en la higuera", dice mi padre. Hoy me sigue dando pena de su error.

P. ¿Hablaron de ello luego?

R. Le vi en los cincuenta, en Francia; ya él estaba muy enfermo. Nos vimos en el hospital, nos abrazamos. "No hace falta que hablemos de nada", me dijo. Luego estuvo en París, con nuestros hijos y con nosotros. Jamás volvimos a hablar de Casado, de su participación en la junta. Era un hombre con mucho amor propio, como yo; hubiera sido inútil que discutiéramos, no hubiéramos llegado a ningún sitio, y hubiera sido aún más doloroso.

P. Mucha gente desfila por su libro. ¿Algún flagrante error suyo?

R. Stalin. Tuve fe en él, como muchos comunistas. Creíamos que era un demiurgo. Hasta que conocí los crímenes y las barbaridades; fue un desengaño terrible. Le dije a Arthur London, en 1956, en Bulgaria: "Después de lo que me han contado de cómo han torturado Stalin y a Beria ya sólo creeré en lo que vea y en lo que toque. ¡Se acabó la fe!".

P. La memoria histórica. ¿Cómo hubiera planteado usted esa ley que se ha aprobado esta semana?

R. Yo hubiera hecho una ley que anulara todas las condenas de los tribunales, y un organismo del Estado debería encargarse del desentierro de cunetas y de tapias, para enterrar los cadáveres en cementerios civiles o en campos santos. No deben hacerlo organizaciones privadas, es absurdo. Los planes escolares de enseñanza, además, deberían explicar de veras qué fue la República, la Guerra Civil, la dictadura... ¡Los chicos conocen sólo la historia de los Reyes Católicos! Y la memoria histórica debe llevarnos a recuperar la historia real de este país.

P. Hasta cuándo en este país va a ser la palabra paz precedida de la palabra proceso?

R. He visto algunas secuencias del vídeo del PSOE [sobre la otra tregua]. Y no sólo he pensado en la doble política y en la doble moral. He pensado que en aquel momento [al PP] le apoyaba todo el mundo, y fueron más decididos al negociar que el Gobierno actual. Hay algo que hace que a veces te preguntes si se busca la paz o se busca la rendición incondicional. ETA no se va a rendir nunca incondicionalmente; lo que se busca es que no haya más muertos y que se cree un estado de convivencia civil en España, en el País Vasco, y ahí yo creo que falla algo.

P. ¿Qué falla?

R. Que el Gobierno está presionado doblemente: por el Partido Popular y por algunos barones del PSOE. La presión del PP es muy fuerte.

P. ¿Ha visto usted en este tiempo algo que le haga evocar el pasado?

R. Cuando escucho a algunos obispos hablar en contra de los derechos del Estado, intentando justificar para la Iglesia un papel dirigente en la sociedad, o cuando oigo a alguno de ellos llamar a la desobediencia civil, en ese momento siento como si volviera a 1936 y estuviéramos regresando al mismo túnel de siempre. Es lo que me hace pensar que el nervio de la derecha no ha cambiado mucho de unos años a esta parte.

P. Una curiosidad. Se dijo que su encuentro con Fraga era simbólico de la reconciliación. Aparte de lo políticamente correcto, ¿qué sintió al darle la mano?

R. Por un lado, sentí cierto repelús, y a lo mejor a él le pasó lo mismo; él había sido un ministro de Franco, dijo cosas terribles contra Julián Grimau [ejecutado por co-munista]. Pero al mismo tiempo tuve la idea de que los hombres pueden cambiar. Y que además el futuro de un país que ha vivido guerras civiles está en que los hombres cambien. ¡Y sobre todo que cambien sus hijos y sus nietos! ¡Los hijos y los nietos no tienen la culpa de lo que hicieron sus abuelos!

P. ¿Tiene usted la sensación de haber cambiado más que Fraga?

R. Tengo la impresión de que todos los cambios que he hecho, a medida que la vida también ha cambiado, los he hecho para seguir siendo el mismo que era antes...

P. Como François Mauriac, nacería para ser "el mismo pero mejorado".

R. Esa definición me va de perlas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 17 de diciembre de 2006