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COLUMNA

¡Que vienen las inauguraciones!

Habrá observado el lector que la obra municipal cercana, la que a partir de las ocho ensordece su domicilio y obliga a hablar a los de casa como si estuvieran recitando una obra en un enorme teatro, se está acabando, y es posible que no se crea tanta prontitud ni felicidad. Pues créaselo, porque vamos a entrar en año electoral. En mayo que viene tendremos elecciones municipales.

Después de que en el mandato anterior los presupuestos de Bilbao se prorrogaran año tras año, las inversiones fueron más bien cortas. En éste, que ha habido mayoría para aprobarlos, conforme se acerque su final nos van a empachar con inauguraciones de obras, como cuando el Caudillo inauguraba pantanos; pero ahora más, porque ya no somos tan pobres y se hacen más cosas. Este año nos van a inaugurar los proyectos del mandato anterior y los de éste. Y por fin tendré delante de mi casa un hermoso aparcamiento para residentes, a un precio inalcanzable para la mayoría de los que aquí vivimos y que hay que devolver al municipio en cuarenta años. Lo gozará, quizá, algún directivo de empresa o abogado que, sabiamente empadronado, podrá pagar la millonada que vale la plaza y venir así todos los días en coche desde su chalet hasta el centro de Bilbao. Bien es verdad que las plazas de garaje promovidas por el Ayuntamiento en los barrios periféricos cuestan la mitad o menos. Pero a mí maldita la gracia que me hace, teniendo en cuenta que mi domicilio no es un valor de cambio, ¡oh santo Marx!, es decir, no es una mercancía, sino un valor de uso; lo necesito para vivir y no puedo especular con él.

Pues bien, por lo menos, me alegro porque la obra se acaba, y casi me alegro porque lo usen otros de por aquí. Ya puestos, hasta me congratulo de que, con el dineral que piden a los del centro, los de la periferia puedan acceder a una plaza de aparcamiento a precio razonable.

Pero, en el fondo, la razón por la que tanto me alegro es porque la obra del aparcamiento se acaba y en la superficie no van a dejar la plaza proyectada para rodar una futurista y deprimente película inspirada en Un mundo feliz, con toda la gente uniformada con buzos blancos, sino como era antes, con nuestra entrañable y no muy bella fuente de toda la vida. Me alegro porque esa fuente vuelva. Me alegro, repito, porque la obra se acabe aunque sea porque la tienen que inaugurar.

Tras la inauguración de la plaza de Indautxu, portento tecnológico que permite a los vecinos de los primeros pisos ahorrarse la luz debido a la que entra de las farolas, le tocará a mi plaza. Me dicen que a la Alhóndiga, manoseada por todos los alcaldes desde hace veinte años, todavía no le toca, por lo que va a durar más su obra que la de la catedral nueva de Vitoria. Podré, así, ver a un chico o chica levantar la pierna al son del himno de las inauguraciones, que se llama aurresku, y tras devolverle la boina cortarán una cinta con los colores de Italia o del Athletic, y quedará inaugurada. Me despido de las grúas que volaron sobre mi cabeza, de las sonoras máquinas que nos han dejado sordos.

Tantas molestias acumuladas harán soportable la larga campaña de inauguraciones, prólogo de la campaña electoral que nos espera para de animar a votar al personal, visto que en otras latitudes no lo consiguen ni con estatuto nuevo. No se extrañe, pues, de que su ayuntamiento se haya pasado este año con creces en el gasto -había que llegar con tiempo a la apoteosis de las inauguraciones- y piense que lo hace por su bien, para que se sensibilice y cumpla con el sagrado rito cívico y democrático de ir a votar. Especialmente, al que hace las inauguraciones.

No es que me meta con ellas; más vale una buena inauguración que muchas demoliciones. Así que iré a votar no por el aparcamiento que me han construido, sino porque por fin se hizo el silencio. Y volveré a votar si me prometen que no habrá otra nueva obra en mi entorno por lo menos hasta las elecciones siguientes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 8 de noviembre de 2006