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GRANDES REPORTAJES

El polvorín paquistaní

Dicen que es el país más peligroso del mundo. Un territorio en el que confluyen pobreza, terrorismo y armas nucleares. Un viaje a las provincias más aisladas de Pakistán, donde aún la tribu es la ley; a las regiones castigadas por el terremoto de hace un año y a las madrasas donde se fabrica a los 'yihadistas'

La doctora Reda, que dirige un centro de salud. Ella cree que la evolución es posible.
La doctora Reda, que dirige un centro de salud. Ella cree que la evolución es posible. ALFREDO CÁLIZ

El terremoto duró 47 segundos. "Era como el aullido de un animal moribundo", recuerda un testigo que escapó con vida. En Jabbar Gali, una aldea remota a cuatro horas en todoterreno de Islamabad, la mezquita fue uno de los primeros edificios en desplomarse. Hoy, un año después de la tragedia, el eco de la llamada a la oración aún retumba en el valle del Sirán. Los varones del pueblo, ataviados como hace siglos con gruesas túnicas de paño ocre y pobladas barbas teñidas con henna, realizan sus abluciones rituales en un torrente que desciende desde las cumbres. Luego trepan a las rocas elevadas sobre la exuberante naturaleza y se postran en dirección a La Meca. Sólo rompe el silencio el rugido del río. Es un momento de intensa espiritualidad. "Los desiertos crean profetas y las montañas santos", describe el anónimo profesor paquistaní que nos acompaña. No hay ni una mujer a la vista. En este país son invisibles.

Una vez concluida la oración, los hombres nos comentan que la mezquita es el primer edificio que quieren reconstruir. "Es nuestra identidad. Lo que da sentido a nuestra vida". Estamos en la Provincia Noroeste. El salvaje Oeste paquistaní. Una región que se extiende entre Afganistán y Cachemira. Las dos fronteras más calientes del planeta. Pobreza, terrorismo y armas nucleares. Esta zona aislada y tribal fue arrasada por un terremoto el 8 de octubre de 2005. El saldo, 80.000 muertos, 70.000 heridos y más de tres millones de personas sin hogar. Llovía sobre mojado. En este territorio, el 90% de la población es rural y más de la mitad analfabeta; los niveles de pobreza rozan el 60%. En Jabbar Gali fallecen 20 de cada 100 mujeres durante el parto. Y un porcentaje más alto de niñas que de niños antes de cumplir los cinco años: "No es un hecho biológico", afirma una profesional de Plan, una ONG occidental implantada en la zona desde 1997 que nos acompaña en este viaje. "No es que sean más débiles. Es que trabajan más y las cuidan peor. Aquí, tener un hijo es una bendición de Dios, y tener una hija, una maldición: hay que pagarle la dote cuando se casa".

-¿Cómo combate Plan esas tradiciones?

-Nuestro objetivo es abrir los ojos a las mujeres; hacerlas tomar conciencia de que tienen derecho a la educación, sanidad, trabajo remunerado, justicia. A vivir en un entorno saludable; a participar en la toma de decisiones. Y lo vamos consiguiendo.

-¿Es un problema religioso?

-En Pakistán, lo cultural y lo tribal se suman a lo religioso y empapan lo político. En Pakistán, lo cultural es más fuerte que lo religioso, porque lo religioso forma parte de lo cultural.

En este país el trabajo de las ONG no es fácil. Para empezar, tienen que superar los recelos del Gobierno, poco propicio a que entren ideas nuevas del exterior, y, sobre el terreno, respetar el complejo sistema de equilibrios entre las jerarquías tribales, religiosas y políticas. Las leyes tribales están incluso por encima del Código Penal.

Sin olvidar que en esta región gobierna el MMA (Consejo Unido para la Acción), una coalición de partidos fundamentalistas que participaron en los 80 en la yihad (guerra santa) contra la URSS en Afganistán; apoyaron en los 90 el terrorismo, y hoy, sin tanto ruido, han puesto su empeño en que Pakistán viva conforme a la ley islámica. Algunos expertos ya hablan de talibanización. Los mulás han prohibido en ciertos municipios el cine, la música, la televisión por satélite y la prensa extranjera. Es impensable para una mujer transitar sin el rostro cubierto. En todo el país es imposible probar una gota de alcohol.

El MMA no tiene experiencia en gestión pública y su programa electoral no dedica ni una sola línea al desempleo, la sanidad, la corrupción o la situación de la mujer. Sin embargo, ha sabido rentabilizar el profundo antiamericanismo generado en Pakistán por la invasión estadounidense en Afganistán e Irak, y su fracaso en la pacificación y reconstrucción de esos dos países, para alzarse como tercera fuerza política del país y gobernar en las dos regiones fronterizas con Afganistán: Baluchistán y Provincia Noroeste. El peso político del MMA aún no es determinante en Pakistán; en cambio, domina en la calle y teledirige la extensa red de madrasas (escuelas coránicas) extendida por todo el país. Esos son sus grandes poderes.

En ese entorno viciado, el terremoto ha supuesto, paradójicamente, una apertura de la región al exterior. Y una entrada de ingresos tras diez años de aislamiento.

Cuando los talibán llegaron al poder en Afganistán, en el año 1996, la mayor parte de las ONG occidentales abandonaron un Pakistán también radicalizado. El país dejó de recibir fondos de cooperación internacional. A esa pérdida se sumarían, a partir de 1998, las sanciones económicas de la comunidad internacional por el desarrollo del arsenal nuclear paquistaní. La situación se hizo insostenible.

El (forzado) giro político del general/presidente Pervez Musharraf hacia Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, ha supuesto un alivio para la precaria economía del país. Bush pagaba a Mush (como apoda la oposición a Musharraf) los servicios prestados: unos 600 millones de euros al año y la renegociación de parte de su deuda exterior. En 2002 volvieron a Pakistán las primeras ONG. Aún tendría que temblar la tierra con el poder destructivo de un millón de toneladas de TNT para que regresaran las grandes organizaciones pertrechadas con 5.000 millones de euros para la reconstrucción. En estos momentos, la economía paquistaní vive uno de los mejores momentos de su corta historia, con un crecimiento anual del 7%. Un ciclo expansivo en que el apoyo de la comunidad internacional a Musharraf tiene mucho que ver.

Para los habitantes de los lugares más apartados de esta región, la llegada de decenas de organizaciones internacionales ha supuesto, además, su primer contacto con los temidos occidentales; incluso con mujeres dirigiendo equipos de hombres. La mayoría confiesa que la experiencia ha sido positiva. "El terremoto nos ha demostrado que podemos ser amigos", explica un líder tribal. Para otro representante local, "los occidentales parecen gente sincera, y, sobre todo, han respetado nuestras tradiciones. Consultaron a nuestros jefes. Y las mujeres usaban velo". Un tercero va un poco más lejos: "Hemos conocidos a japoneses y alemanes, que en otro tiempo quisieron esclavizar el mundo, y aquí no han venido a esclavizar, sino por humanidad".

-¿Han conocido a americanos? ¿Son buena gente?

-Lo dudo. El único pueblo que ha usado la bomba atómica no puede ser bueno. Cualquiera que quiera dominar el mundo, sea cual sea su religión, es un terrorista. Y nosotros somos el último obstáculo para que los americanos dominen el mundo.

Ni una sonrisa. Rostros atezados, barbas pobladas, miradas altivas. Estamos en el campo de refugiados de Daryal, a las afueras de Mansehra, la capital del distrito. Sentados en sillas de arpillera, ocho líderes locales responden a nuestras preguntas. Pertenecen a los tres clanes de la zona. Son agricultores y pequeños comerciantes. Gente religiosa y muy conservadora. Orgullosa. Hoy, sin embargo, en sus respuestas abundan los tibios lugares comunes. Las llamadas a la fraternidad entre los seres humanos. La definición del islam como una religión de paz. Es difícil sacarles de esa ambigüedad calculada. Ante la alusión al terrorismo islamista, no se dan por aludidos: "Los talibán y Osama y Al Qaeda es política; pregunte al Gobierno".

Más difícil aún es comunicarse con sus mujeres. Para empezar, no admiten ser fotografiadas. Va contra el islam. La conversación es decepcionante. No hay la mínima reivindicación. De las 20 mujeres que participan en la reunión, 18 no saben leer ni escribir. Van completamente cubiertas. Son viejas prematuras, cargadas de hijos. No miran a los ojos. Incluso alguna habla vuelta de espaldas. Son incapaces de criticar el papel dominante del hombre en su sociedad. Sólo ante la pregunta de si es difícil ser mujer en Pakistán, la más anciana (puede tener 50 años) salta: "¡Lo que es muy fácil en Pakistán es ser hombre!". El último razonamiento que hace una de ellas es clónico del que nos ha expresado antes un líder tribal: "Hemos sufrido una catástrofe en nuestras vidas; nos hemos quedado sin casa y han muerto nuestros familiares. Sin embargo, mantenemos firmes nuestros valores".

Ante esa imagen de sumisión, es un bálsamo conversar con la doctora Reda, una médica de 26 años que dirige un centro de salud en el valle del Sirán. Reda es de Peshsawar, la ciudad paquistaní limítrofe con Afganistán donde nació Al Qaeda hace 20 años. Donde aún se puede conseguir un Kaláshnikov por unos euros y el burka es la ley. La doctora Reda es la otra cara del burka. Va tocada con un ligero hiyab (velo) y mira a los ojos. Se presenta como el ejemplo de un nuevo modelo de mujer paquistaní dueña de su destino: "Mi padre confió en mí y me mando a estudiar lejos de casa. Y eso lo están haciendo muchas mujeres en este país".

-Será en las grandes ciudades, porque en Pakistán, dos tercios de la población aún vive en el medio rural…

-En el campo las mujeres aún viven recluidas en casa; son ciudadanas de segunda. Pero hay que educar a la gente. Mi misión como doctora también consiste en educar a los padres para que cuiden a sus hijas. Y a las mujeres para que den a luz en un hospital. Atiendo a unos 50 pacientes cada día, hombres y mujeres. Les respeto y me respetan.

-¿Y si un hombre religioso se niega a que le atienda una mujer?

-A un integrista trataría de convencerle, porque parto de una base muy sólida.

La doctora Reda tiene razón. Es cierto, se ha avanzado mucho. Musharraf ha promovido una política de cuotas que reserva a las mujeres un tercio de los puestos en la Administración y un 10% de los escaños. Hace seis meses se creó un Ministerio de la Mujer. Y hay mujeres juez y pilotos de combate. Sin embargo, en Pakistán aún se enfrentan a una barrera infranqueable a la hora de lograr una plena igualdad de derechos: el decreto Hudood, que juzga y dicta sentencia desde un punto de vista tradicional islámico cuestiones como la violación, la prostitución, el divorcio o el adulterio. Y más allá, la blasfemia o el alcoholismo.

Según el siniestro Hudood, una mujer violada necesita el testimonio de cuatro testigos (hombres) para ser creída por las autoridades. En caso contrario, puede acabar en la cárcel por adulterio. Teóricamente incluso podría ser lapidada. Un hombre, con sólo proferir tres veces en su propio hogar su deseo de divorciarse, lo consigue. Por el contrario, para una mujer es un vía crucis que le puede hacer perder la custodia de sus hijos. Musharraf prometió desmontar el Hudood. Una más de sus reformas congelada por la presión de los fundamentalistas en la calle".

¿Cómo es el epicentro de un terremoto? ¿Qué aspecto tiene el kilómetro cero de la desolación? De pesadilla. Basta con contemplar Balakot, el pintoresco pueblo de montaña en que a las 8.50 horas del 8 de octubre de 2005 comenzó el seísmo.

Aquel bucólico valle surcado por el río Kunhar es hoy un decorado fantasmal, gris, sucio, sembrado de ruinas y tiendas de campaña entre las que deambulan figuras oscuras. Antes de la tragedia vivían aquí 70.000 personas; murieron 16.000. Durante aquella primera espantosa jornada, el pueblo quedó aislado del exterior. Cayó la noche. Comenzó a llover torrencialmente. "El agua arrastraba los cadáveres por las calles. Les conocíamos, eran nuestros amigos; caían trozos de montaña y árboles. Creímos que había llegado el armagedon: el fin del mundo", describe un vecino sentado en un neumático. A la mañana siguiente comenzaron a llegar los primeros auxilios en helicópteros militares. Y también los barbudos: los fundamentalistas.

En la región nunca fue un secreto. Durante años, este rincón inaccesible de Pakistán estuvo sembrado de campos de entrenamiento islamista. En los 90 se hablaba de hasta 60 en la zona. Tras el 11-S se volatilizaron. "Musharraf les obligó a desmontarse o emigrar a zonas más ocultas", explica un profesor universitario. "Hubo un tiempo en que, si estabas dispuesto a luchar, aquí te daban un arma y entrenamiento. Todo el mundo lo sabía. En esta región operan cinco servicios secretos".

-¿Cuáles?

-El ISI paquistaní, la CIA, el MI6 británico y los servicios de hindú y chino. Y no descarto a los rusos y los israelíes.

La investigación policial de los atentados islamitas en el metro londinense, en julio de 2005, puso en evidencia que, al menos uno de los involucrados, había recibido ese mismo año formación militar en esta zona. Otro detenido por los americanos confesó haber recibido adiestramiento en un campamento cerca de Mansehra con capacidad para 80 personas.

Y en esa línea, algunos supervivientes confirman que, tras el terremoto, los primeros que llegaron en auxilio de la población fueron los militantes islámicos. Pasar unas horas en el área de Balakot aún permite contemplar el tránsito de viejas camionetas pickup cargadas de jóvenes, alguno ataviado con ropa de camuflaje. Nadie sabe de dónde viene ni a dónde van. Por contra, no se divisa ni un solo soldado o policía en la zona.

En los días posteriores al seísmo, tras el caos inicial, se inició un rápido desembarco de las organizaciones de cooperación internacional en la provincia. Y, sin perder un segundo, el de las organizaciones caritativas unidas a los partidos fundamentalistas paquistaníes: Al Rasheed Trust (acusada por Estados Unidos de financiar actividades terroristas), Al Khair Trust y la Fundación Al Khidmat, y de ONG de países musulmanes, como la Islamic Relief, alarmadas ante la perspectiva de perder su clientela frente a las ONG occidentales. Estas organizaciones caritativas ya han declarado que pretenden construir en la provincia 1.500 mezquitas y 300 madrasas. Y encargarse de cuidar a los miles de huérfanos. Una muestra más del intento de talibanizar la región.

Lo que no quiere decir que todas estas organizaciones religiosas promuevan el terrorismo. Hay una estrecha línea roja que separa el fundamentalismo islámico del terrorismo islámico; a los grupos que luchan espiritual, incluso políticamente, para imponer un Estado regido por la sharia, de los que empuñan un arma para conseguirlo.

Una diferencia que sí parece tener clara Pervez Musharraf, que alcanzó el poder en Pakistán tras un golpe militar en 1999. Musharraf parece dar por hecho qué grupos fundamentalistas puede manejar y, por el contrario, cuáles son realmente peligrosos para su permanencia en el poder. Ha demostrado ser un maestro en el arte de jugar a dos barajas. Es, por un lado, un firme aliado de Estados Unidos en la "guerra contra el terrorismo", y, al mismo tiempo, favorece y utiliza a la coalición fundamentalista religiosa MMA como válvula de escape para el descontento popular. Para un analista internacional paquistaní, "Musharraf se ha presentado como imprescindible a los ojos de Occidente; se ha creado una imagen de que, si se va, Pakistán caería en manos de los terroristas". "Y eso no es totalmente cierto", continúa un diplomático destinado en Islamabad. "La realidad es que es el propio Musharraf el que no puede permitirse el lujo de perder la confianza de la comunidad internacional, que le mantiene en el poder. Queda un año para las próximas elecciones. Veremos…".

Mohamed Yussuf se encuentra a un palmo de cruzar esa estrecha línea roja que separa los argumentos de los disparos. Le conocimos entre las ruinas de Balakot. Nos invitó a visitar los restos de su casa colgada en la ladera de la montaña. Allí, en lo que un día fue su terraza, ordenó a sus tres hijos que extendieran alfombras y cojines. Y trajeran galletas y una botella de litro y medio de refresco local. La hospitalidad musulmana en toda su expresión. Mohamed es maestro de primaria, tiene 42 años y personifica el estereotipo del talibán: barba de la longitud de un puño (como ordena la tradición), ropajes negros y gesto severo. Es un hombre piadoso. Tiene la frente oscurecida por grandes cicatrices resultado de haber pasado muchas horas rezando con la cabeza en el suelo. En su casa no hay radio, televisión ni más libro que el Corán. Sus gestos pausados y comedidos; su expresión adusta, su discurso cadencioso, buscan remedar la figura del Profeta Mahoma. Éstas fueron sus palabras: "A mí, como musulmán, no me está permitido odiar a nadie. La paz es para mí un deber. Ustedes vienen de lejos y les abro mi casa. El islam nunca ha atacado a nadie. Nunca ha iniciado una guerra. Pero cuando nos bombardean y matan a nuestros hijos, tenemos que responder. La yihad se convierte en una obligación para todo buen musulmán. Y eso no es terrorismo, es defenderse. Como nos hemos defendido por las viñetas del Profeta, que han hecho sangrar nuestro corazón. Los musulmanes estamos dispuestos a luchar contra el mal. La yihad es nuestra obligación".

Yihad, esa ambigua expresión islámica que se relaciona inmediatamente en Occidente con el terrorismo internacional, fue, sin embargo, durante 12 siglos, un concepto prácticamente ignorado por los musulmanes. Hasta que la Unión Soviética invadió Afganistán en 1979. Y Zbigniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter, lanzó una inusual declaración de guerra: "Vamos a sembrarles de mierda a los soviéticos su patio trasero". En un laboratorio de la CIA alguien resucitó el concepto de yihad como una guerra santa de la comunidad musulmana contra los comunistas. En ese entorno nacieron para la historia Osama Bin Laden y sus brigadas internacionales. "Freedom fighters" (luchadores de la libertad), les denominaba la prensa estadounidense en los ochenta. Para Fred Hallyday, profesor de Relaciones Internacionales en la London School of Economics, "la guerra afgana fue al mundo del siglo XXI lo que la Guerra Civil española a la II Guerra Mundial, la cocina del diablo en la que se prepararon todos los caldos que después envenenaron el mundo".

Dentro del diseño de los servicios de inteligencia estadounidense, la dictadura militar paquistaní sería la encargada de lavar el cerebro, entrenar y dar apoyo logístico en su territorio a miles de yihadistas. Con ese propósito, se abrieron a lo largo de la frontera con Afganistán miles de madrasas. Mano de obra barata para la yihad. Y se procedió a un acelerado proceso de islamización de Pakistán, que había nacido como "un Estado de musulmanes", y no como "un Estado musulmán". El invento funcionó. En febrero de 1989, el ejército soviético se retiraba de Afganistán. Y miles de combatientes musulmanes programados para matar infieles se quedaban en paro. Mientras, Estados Unidos se lavaba las manos y abandonaba a Pakistán a su suerte.

Desgraciadamente, la historia de la yihad no acaba ahí. Un profesor paquistaní nos lo explica con una metáfora: "Un día, los americanos abrieron la botella mágica, salió el genio y le pidieron un deseo: '¡queremos derrotar a los soviéticos!'. El genio cumplió. Y la URSS se desmoronó. Pero cuando acabó su labor, el genio no quiso volver a la botella. Y empezó a trabajar por su cuenta. Y a nosotros, para entonces, nos habían jodido el país para siempre".

"Ganamos a los rusos en Afganistán y ganaremos a los americanos. No tenemos prisa. Aquello nos llevó diez años. ¿Sabe por qué Estados Unidos no puede ganar a los musulmanes con toda su tecnología y su dinero? Porque para vencer hay que tener coraje y principios. Ellos tienen 140.000 soldados en Irak y dígame uno sólo que sea capaz de ponerse una bomba en el cuerpo y de inmolarse por su patria americana. ¡Ninguno! Y nosotros tenemos miles de jóvenes dispuestos a morir. Somos más poderosos. Dios está de nuestro lado". El mulá Abdul Rashid Ghazi es un símbolo del fundamentalismo en Pakistán. Él cruzó la línea roja hace décadas. Dirige la Mezquita Roja de Islamabad y dos de las madrasas más grandes del país: Jamia Hafsa y Jamia Faridia, con 10.000 alumnas y alumnos. Su organización, a la que se relaciona con la red de Al Qaeda, fue un importante banderín de enganche para la yihad en los ochenta. Él mismo combatió durante tres años a los soviéticos en Afganistán. Aún luce con orgullo su turbante afgano. Su padre, Mohamed Abdullah, fue amigo y un sólido aliado de Osama Bin Laden hasta caer asesinado por una secta rival en 1998. Esta mezquita ha sido objeto de tiroteos, asaltos y detenciones policiales en los dos últimos años. Se la ha relacionado con el intento de asesinato del presidente Musharraf y los atentados de 2005 en Londres. Ghazi ha sido interrogado varias veces, pero sigue en libertad. Y cuenta en su red con 10.000 alumnos entre los seis y los 20 años. "Aquí no entrenamos, educamos".

Hasta el momento, el general Musharraf ha fracasado (una vez más) en su intento de sacar a la luz el complejo laberinto de escuelas coránicas que jalonan el país; las factorías del fundamentalismo islamista. Su intención inicial era crear un registro gubernamental, regular su currículo, controlar su financiación y expulsar de Pakistán a los estudiantes extranjeros sin visado. Papel mojado. La reforma se ha aplazado sine die por la presión del MMA. Hoy, sigue sin saberse el número de madrasas que hay en Pakistán. La cifra más sensata podría estar en torno a 12.000. Tampoco cuántos seminaristas albergan. Distintas fuentes hablan de 1,5 millones de jóvenes. Y acerca del porcentaje que predica la violencia, los más prudentes hablan del 10%. Los pesimitas elevan esa cifra a un tercio del total.

Al igual que la yihad, las madrasas fueron una realidad ajena a los paquistaníes hasta la invasión de Afganistán por la URSS, cuando se puso en marcha la industria islamista. En 1947, año de la independencia del país, había menos de 150 escuelas en Pakistán. Y su influencia política era nula. En plena campaña contra la URSS, en los años ochenta, se hablaba ya de 2.500. Hoy, algunos elevan ese número a 20.000.

El 'mulá' Ghazi se niega a mostrarnos su escuela: "No podemos perturbar el trabajo de los estudiantes. En la de mujeres no entro ni yo: les damos clase desde otra habitación a través de un micrófono. El islam prohíbe que los hombres y mujeres interactuemos. La naturaleza es débil". Sin embargo, accede a abrirnos las puertas de su hogar. Previamente, un seminarista retira de la estancia dos fusiles Kaláshnikov, munición y pistolas: "Comprendan que me tengo que defender de los ataques terroristas del Gobierno que buscan satisfacer a los americanos". Nos trae galletas y té. Y comienza su discurso en un perfecto inglés. "El islam se ha expandido muy rápido en todo el mundo y la respuesta de la propaganda occidental, que va contra los preceptos del islam, es mentir diciendo que creamos intolerancia y terrorismo. Nosotros respetamos a la mujer, no la utilizamos como un objeto carnal. Dicen ustedes que las maltratamos. Pero las mujeres están bien en el islam. No hay que cambiar su estatus; es nuestra cultura. Aquí tampoco creamos terroristas, formamos ulemas. No les enseñamos a atacar, sino a defenderse. Si nos atacan, la obligación del musulmán es extenderlo a todo el mundo. La venganza es un deber del musulmán. Hay que tomar represalias con exactitud: Ojo por ojo; nariz por nariz; oreja por oreja; diente por diente…".

-¿Incluso contra la población civil, como el 11-S?

-No hay ninguna evidencia de que ese hecho fuera obra de los afganos, y, sin embargo, Bush bombardeó Afganistán en represalia. Estados Unidos está interviniendo como policía, juez y verdugo. Si tiene evidencias, que lo lleve al Tribunal Penal Internacional. Pero que no invada un país inocente.

-Un país que estaba dirigido por personas que apoyaban el terrorismo…

-Los talibán era el gobierno ideal para Afganistán, pero no tuvieron tiempo de llevar a cabo su programa. No eran expertos en conducir un país; eran religiosos. Y los americanos no les dieron una oportunidad. La ley islámica es el gobierno ideal. No le dé más vueltas, todo está en el Libro.

Cuando por fin logramos entrar en otra madrasa, la realidad es decepcionante. La Muhammadia Ghousia, a las afueras de Islamabad, no es un sofisticado campo de entrenamiento, sino un cochambroso edificio en un descampado donde malviven 300 niños y jóvenes, muchos huérfanos y la mayoría procedente de los sectores más humildes del país, entre los seis y los 18 años. Aquí la vida es muy dura. Los seminaristas se levantan al salir el sol. Duermen sobre esteras en las mismas aulas desnudas. En ellas, repiten durante horas párrafos del Corán mientras se mecen adelante y atrás, "impulsados por el aliento de Dios", explica el rector, Mukhtar Ahmad Zia, al que los alumnos besan la mano al pasar. "Cuando salen de aquí pueden ser profesores de religión o ir a una universidad islámica o al ejército". Ante nuestras preguntas, un seminarista de 12 años está a punto de echarse a llorar. El rector comienza a estar incómodo con nuestra visita. Amplios círculos de sudor avanzan por su túnica. En toda la madrasa retumba el arrullo del Corán. Todo es demasiado pobre. Pero da la sensación de que esta precariedad va más allá de la simple ausencia de medios económicos. Que forma parte de un completo modelo de adoctrinamiento político.

Pakistán es un polvorín de 160 millones de habitantes, la mitad con menos de 19 años. Un 97% son musulmanes. La mitad es pobre. Gobierna un general que alcanzó el poder en un golpe militar y que elude el juego limpio democrático. El Ejército es un Estado dentro del Estado. Los partidos seculares están desacreditados por los casos de corrupción. Los partidos fundamentalistas gobiernan en la calle. El país cuenta con armas nucleares. Y miles de escuelas coránicas sin registrar. En el norte, mantiene una pugna casi bélica con India (que también posee arsenal atómico), por el control de Cachemira. En el oeste, comparte con Afganistán una frontera de 1.500 kilómetros, en muchos de cuyos distritos la única autoridad es la tribal. El país es profundamente antiamericano, está orgulloso de sus tradiciones, admira muchas prácticas de los talibán y cree que el 11-S fue un montaje. Y, sin embargo, el inmenso McDonald's entre Islamabad y Rawalpindi está cada noche a reventar.

Y, en este viernes de septiembre, tres días antes de que se cumplan los cinco años de los atentados del 11 de septiembre en Nueva York, a la hora del rezo en la faraónica mezquita Rey Faisal, que puede albergar a 100.000 personas, nadie se molesta por nuestra presencia. Nos ignoran. No hay insultos. Ni amenazas. No tenemos ningún sentimiento de incomodidad o peligro. Cuando concluyen, los fieles recogen sus zapatos y se marchan. Y les vemos alejarse en viejísimos autobuses.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de noviembre de 2006