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Análisis:

Sin banderillas, por favor

Después de doce años trabajando en los medios de comunicación me habían levantado en volandas, agarrado del micro y golpeado con cámaras, pero es la primera vez que alguien me inserta un objeto. Hay gente con sentido del humor y gente que carece de sentido. Estos últimos no son capaces ni de sonreír cuando se les contraría -por eso les resulta tan difícil el diálogo- y la mala baba se refleja en su rostro y además controla sus actos.

Chulería, machismo, prepotencia, humor negro, demasiado Benny Hill... No sé cuál de estas expresiones marcó su conducta. Lo que sí que sé es que no es propia de alguien responsable durante años de llevar el timón de ningún país y menos de uno como el nuestro, con cifras escalofriantes de maltrato y necesidad de políticas de paridad.

¿Exagero? Quizás. Pero la pregunta que me hizo recapacitar fue: ¿Y si hubieras sido tío? ¿Te lo hubiera metido en la bragueta? No. Ahora que... No pienso ir al terapeuta. Lo tengo superado y lo que agradezco enormemente es que lo que tuviera en la mano en ese momento fuera un boli y no un habano.

También doy gracias de que la mayoría de los políticos españoles son capaces de contestar a preguntas hechas con picardía y a veces con ciertas dosis de leche agria. Todos tenemos de eso, sólo que no dejamos que conduzca nuestra mano y menos delante de una cámara.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de octubre de 2006