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Reportaje:Nuevos vascos | Luz Manzanares

"Mi sueño es una casa digna y tener a mis hijos conmigo"

Luz Manzanares (Espinal, Colombia, 1958) tiene tres hijos jóvenes que son el objeto de su vida. Pero están a 8.000 kilómetros, en su Colombia natal. Para sacarlos adelante, emigró a Bilbao, a cuidar ancianos y niños y a limpiar casas.

Luz Manzanares sonríe de forma permanente, incluso cuando narra asuntos dolorosos. El peor, para ella, es la ausencia de sus tres hijos, a los que que dejó hace ya cinco años en su Colombia natal. Aunque ya son mayores (tienen 21, 25 y 26 años), para ella siguen siendo sus niños. La nostalgia y la necesidad del cariño mutuo viajan en ambos sentidos. Su sueño y el de los tres chicos es poder reunirse todos en España lo más pronto posible. "Si fueran chiquitos podría traerlos con la reunificación familiar, pero ya son mayores de edad y es muy difícil, pero todavía me necesitan", afirma.

En los cinco años que lleva de emigrante, sólo ha podido regresar una vez a su casa colombiana, en octubre del año pasado. "El pasaje es muy caro, pero hablo por teléfono con ellos casi todos los días. Estoy en permanente contacto. Y ellos todos los días me lloran para venir a España", dice. Si se le pide que imagine lo que más desearía para el futuro, sus aspiraciones son bien modestas: "Una casa digna, de dos habitaciones, y a mis hijos conmigo. Si están mis hijos aquí, ya lo tengo todo".

"Lo que más me gusta de la gente de Bilbao es que es seria, formal. Me siento bien tratada"

Aunque nació en Espinal, Luz Manzanares ha vivido siempre en Palmira Valle, un barrio de Cali, en la misma vivienda en la que siguen sus hijos, decorada con fotografías de la madre emigrante. Hace 12 años se separó de su marido. "Me sucedió lo típico. Me convertí en una madre que tiene que sacar adelante a sus hijos sola". Entonces se dedicó a vender alimentos en la calle. "Tenía un quiosco que armaba y desarmaba todos los días. Me ponía en una calle muy céntrica, cerca de la estación de autobuses, y vendía salpicón, que es como llamamos allí a la macedonia de frutas", explica.

En su puesto también se despachaban empanaditas y otros alimentos que ella misma preparaba en su casa por la noche. "Me iba bien. Pagaba el alquiler de mi casa, lo que necesitaran mis hijos,..." Eso sí, su horario laboral comenzaba muy temprano y terminaba a altas horas de la noche. Y pronto empezaron a surgir otros puestos y las ganancias ya no fueron las mismas.

"Una amiga me dijo que en un año en España ganaría lo que en cinco años allí, cuidando personas mayores, de interna", comenta. Ella fue la persona que la "entusiasmó" con venir a España. "Sabía lo que yo trabajaba en mi país, cuántas horas y en qué condiciones. Por eso me fié de ella". Así que Luz dejó a sus hijos, ya adolescentes, y emigró. "Llegué a Bilbao en junio de 2001 y no me he movido de aquí", precisa. Sus primeros recuerdos de la capital vizcaína son los de una gran decepción. La situación no se parecía a la que su amiga le había pintado. "Me he buscado la vida. Mi primer trabajo fue en una casa interna, cuidando de un niño y haciendo la limpieza. Ahora tengo trabajos por horas", relata esta mujer a la que una lesión de espalda le ha hecho bajar su ritmo en los últimos meses.

Afirma estar contenta en Bilbao, un lugar del que dice no poder destacar algo porque le gusta "todo". "Me siento muy bien tratada. Lo que más me gusta de la gente de aquí es que es seria, formal", indica. Su vida se reduce a su trabajo y, alguna vez, a visitar a una sobrina que también reside en la capital vizcaína. "Salgo muy poco", reconoce. "Sólo voy al trabajo y del trabajo a casa". Ni siquiera se permite un café con una amiga. "Lo que yo gano es para mantener a mis hijos", asegura rotunda.

El País Vasco la ha acogido bien y no se ha sentido nunca discriminada. "En 20 casas que yo haya ido a limpiar, sólo dos han sido desagradables, como hubiera sucedido en cualquier lugar del mundo. No es por discriminación, sino porque son antipáticos, malas personas, y eso lo hay en todas partes".

Mientras, los años van pasando y sus hijos crecen. Alguno ya ha terminado los estudios y los tres tienen novia. Quizá, cuando llegue el momento de partir hacia Bilbao, alguno de sus tres vástagos tenga ya la vida hecha y prefiera quedarse en Colombia. Esta posibilidad le parece imposible a Luz. "Mis hijos valoran mucho lo que he hecho. Sé cómo son y sé que vendrían en el momento que pudieran, dejarían atrás todo, hasta sus novias, por estar conmigo", afirma. Luego baja los ojos y reconoce que sí, que los mima, pero "como cualquier madre".

Al contrario de lo que le sucedió a ella, se resiste a ilusionar en exceso a sus hijos con un futuro espléndido en España. No quiere que, si al final pueden cruzar el Atlántico, se decepcionen como le sucedió a ella. "Les digo que las cosas no son como creen, que aquí hay que trabajar muy duro, que no es fácil. Si uno quiere algo, algo le tiene que costar".

De eso sabe bien ella, tras pasar cinco años sin dejar de trabajar, día y noche, al cuidado de niños y ancianos, limpiando casas. "Yo soy buena pobre; de trabajo, a mí lo que me echen", comenta. Esos trabajos también le han permitido vivir en los domicilios donde asistía y ahorrarse de esta manera lo que le costaría alquilar un piso. "Claro que me gustaría tener una casa, pero es mucho dinero y para qué si estoy sola", razona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de septiembre de 2006