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Crónica:CARTA DESDE RÍO DE JANEIRO

La paradoja Brasil

Brasil está viviendo una paradoja: de puertas afuera, en el exterior, todo es entusiasmo, buena imagen, simpatía por este país en vías de desarrollo que ha acabado con la inflación, que tiene las cuentas del Estado al día, que es uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo y que es autosuficiente en petróleo. De puertas adentro es diferente: reina el desencanto. El escenario de cuatro años atrás, cuando el ex tornero Luiz Inácio Lula da Silva llegara al poder bajo el eslogan "La esperanza ha vencido el miedo" ha cambiado profundamente. La esperanza era la de la transformación y modernización, acabando con la lacra de ser el país con mayores desigualdades sociales del planeta.

Es un país que no ha perdido la alegría de vivir, que posee la rara cualidad de no avergonzarse de ser feliz

En aquel verano de 2002, el equipo de fútbol de Brasil se convertía en el pentacampeón del mundo mientras Lula iba triunfando en las elecciones presidenciales. Brasil ganó la Copa y Lula la presidencia de la República. La euforia era total. Se notaba en el aire el clima de alegría.

Brasil estaba de moda en el mundo. La figura del ex sindicalista sin estudios llegado a la jefatura del Estado agrandó en el mundo la imagen de simpatía del país. Por primera vez llegaba al poder el mayor partido de izquierdas de América Latina, el Partido de los Trabajadores (PT), que era, además, la reserva ética de la política. Por primera vez, el PT y con él Lula consiguieron convencer y arrancar los votos no sólo de la clase media y alta, sino del mundo de la empresa y de las finanzas. Se había perdido el miedo a la izquierda y Brasil tenía un líder carismático que empezaba a perfilarse como el centro de atención política de toda América Latina.

Puertas afuera la imagen del país y de Lula seguían firmes, mientras dentro las cosas comenzaron enseguida a cambiar. La opinión pública empezó a entender que en las promesas de Lula de transformación del poder y de llevar a Brasil al club de los grandes países en desarrollo, no pasaban de promesas que no tenían una respuesta concreta. El PIB de Brasil de 2005, con un 2,5%, fue el peor de toda América Latina excepto Haití. El país no crecía. Junto a eso, explotó el gran escándalo de corrupción que afectó al PT y al Gobierno de Lula. Fue como una pesadilla nacional. Nadie se hubiese imaginado que el partido que durante 25 años había proclamado la primacía de la ética en la política pudiera aparecer más corrupto que ningún otro partido. La cúpula de los dirigentes desapareció; Lula perdió a sus ministros más próximos y el desencanto se implantó en el país.

A ello hay que añadir que el Gobierno fue inoperante en uno de los puntos que más de cerca tocan a la población: la seguridad ciudadana. En las dos mayores urbes del país: São Paulo y Río de Janeiro, pero no sólo en ellas se ha instalado una especie de sindicato del crimen que está mejor organizado y armado que las fuerzas del orden del Estado y que son capaces, como lo han demostrado varias veces, de poner de rodillas a la ciudad ante la impotencia del Estado. Ello se debe a las connivencias entre los narcotraficantes y los presos de las cárceles con sectores corruptos de la policía, de la justicia, de la abogacía e incluso de algunos diputados.

En octubre, Lula intentará reelegirse sobre todo, esta vez, con los votos de los más pobres y menos escolarizados. Pero ya no será lo mismo. El miedo ha sobrevivido a la esperanza. Ya no hay euforia. Lula, a pesar de que ha conseguido quedar fuera de los escándalos personalmente, alegando que no sabía nada, ha acabado perdiendo el gran liderazgo que poseía.

Al mismo tiempo, Brasil sigue siendo un país codiciado; crece en él el turismo internacional, triunfa la moda, posee una tecnología punta de primer mundo, su democracia está consolidada, sus gentes son adorables, poco amantes de la guerra y que ni siquiera han salido a la calle cuando explotaron los escándalos que pusieron en jaque a toda la clase política. Es un país, sin duda, de futuro, que no ha perdido la alegría de vivir, que posee la rara cualidad de no avergonzarse de ser feliz. Está sólo desencantado con sus gobernantes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de agosto de 2006