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Crítica:

La brevedad de un genio

El torrente literario de León Tolstói y su capacidad para ahondar en el alma humana se aprecia también en estos relatos en los que expresa su deseo de alcanzar la verdad.

Leer a Tolstói en este siglo XXI lleno de fanáticos y descreídos es un ejercicio admirable. Pocas veces se da en un escritor de talento una mezcla tan apabullante de literatura y doctrina. Por lo general, el escritor doctrinario hace literatura didáctica, que es una literatura de segunda; sin embargo, la literatura ejemplarizante ha existido siempre: desde los cuentos populares o los héroes míticos estamos acostumbrados a la presencia de historias y personajes ejemplares. Pero a partir del "enseñar deleitando" que propugnó sir Philip Sidney, la escritura ejemplarizante fue deslizándose hacia la lección moral y el didactismo de los buenos principios. En todo el XIX no ha habido escritor más doctrinario que Tolstói, como en el XX no ha habido escritor más didáctico que Bertolt Brecht. El segundo logró una síntesis admirable, el primero se limitó a juntar doctrina y literatura sin cortarse un pelo. Leído ahora, uno se queda estupefacto al comprobar que Tolstói no necesitaba de síntesis alguna, le bastaba con exponer y escribir: su formidable potencia literaria podía con todo.

RELATOS

León Tolstói

Traducción de Víctor Gallego Ballestero

Alba. Barcelona, 2006

624 páginas. 31,50 euros

Y eso es lo que constata el lector actual. No están los tiempos para que alguien venga a decirte que lo único importante es la búsqueda de la verdad, que Dios aprieta pero no ahoga, que la bondad y la rectitud son deseables, que el pecador ha de purgar sus pecados... y hete aquí que Tolstói lo hace y nos deja sobrecogidos. En realidad, como ocurre siempre, es la capacidad de exponer con profundidad lo complejo del alma humana lo que de verdad sostiene estos relatos y ante quien posee esa capacidad al extremo que la posee Tolstói no cabe sino la rendición. Una rendición honorable, pues nos deja llenos de felicidad e inteligencia. Nada mejor que la opinión de Turguénev, recogida en la contraportada de este volumen, para entender el porqué de su potencia literaria: "Tolstói es un gigante entre los demás escritores. Un elefante entre los demás animales".

El libro contiene una selec

ción de relatos breves de Tolstói (es decir, quedan excluidas las novelas cortas como La muerte de Iván Illích) y casi todos ellos pertenecen a su segunda etapa, la que sigue a la creación de Ana Karenina. La selección de su traductor, Víctor Gallego, es excelente y no lo es menos su prólogo al volumen: preciso y eficiente, propio de un verdadero conocedor. Ha tenido el acierto de comenzar con Las memorias del príncipe Njliúdov, pues perteneciendo a la primera etapa, preludia la concepción del mundo que invade la segunda. Después escoge una serie de piezas formadas por fábulas y apólogos tomados de sus libros de lecturas pedagógicas y continúa, esplendorosamente, por un conjunto de relatos de 1881 en adelante que, como señala con acierto, son comparables, en cuanto a vigor literario, a su mejor etapa novelística.

Tolstói fue un hombre realmente angustiado por el deseo de alcanzar la verdad y sus relatos se moverán entre el misticismo, la relación del hombre con Dios y con el pecado y la búsqueda de la verdad como forma suprema de felicidad. Naturalmente, son temas que tensan la cuerda de la condición humana y ensartan en ella creaciones dramáticas excepcionales, aunque no falten ni el humor ni la capacidad de observación de la vida cotidiana. Es esa capacidad de observación, esa mirada selectiva que diferencia al gran escritor del mero relator de historias, la que se da en Tolstói en grado sumo. Su fuerza expresiva reside, de una parte, en la minuciosa descripción de almas, vidas y paisajes, que no es mera acumulación ni yuxtaposición de cosas y ademanes sino selección rigurosísima de ellos, tan rigurosa como abundante, por cierto, pues describe con todo detalle; y de otra, en su propia vida y temperamento, una agonía progresiva en busca del conocimiento de la verdad. Tolstói es un cristiano sin iglesia que se revuelve contra la ignorancia, la intolerancia, la injusticia, contra los injustos y contra la vida misma. Leyéndolo, uno siente en el fondo de su escritura el fragor de la eterna lucha entre el bien y el mal.

Uno de los cuentos, El diablo,

publicado póstumamente, es paradigmático en cuanto a lo que contiene de lucha contra el destino, contra el mal y contra la propia naturaleza humana. El Yevguéni Irténiev que lucha ante todo consigo mismo es un trasunto de la lucha del propio autor, incluyendo el tema de la sexualidad, tan relevante en este cuento. Pocas veces una obra maestra como este relato habrá penetrado tan adentro en las anfractuosidades del ser humano.

Pero es que este volumen contiene otros relatos grandiosos, entre los que destacan Historia de un caballo, El padre Sergio, Amo y criado o Divino y humano, todos ellos de alta temperatura dramática. Y también encontraremos divertidas y encantadoras fábulas ejemplares como Qué hace vivir a un hombre, Los tres eremitas o un par de relatos que cabe calificar de perfectos: Después del baile, modelo de fusión entre intención y escritura, y ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, modelo de fabulación que integra la lección moral y la convierte en la esencia misma del relato con admirable naturalidad.

Nobleza y potencia, espíritu y belleza, compasión y generosidad: estas seis cualidades bien podrían resumir la escritura del conde Tolstói, ese formidable elefante en la selva de la Literatura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de agosto de 2006

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