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CONCIERTOS
Crítica

Maria Arnal, una voz de nuestro tiempo

Tras su avance en el Sonar y su paso por la Merçè, la cantante de Badalona presentó oficialmente Ama, su primer disco en solitario

La cantante Maria Arnal, en el concierto de este sábado en Barcelona.Carles Ribas

Pasó como un ensalmo, y como tal tuvo efectos sanadores en la audiencia que llenó el Paral·lel 62 en la puesta de largo de Ama, primer concierto de Maria Arnal con el disco ya editado, que se repite este domingo. Como si la música evocase un estado de ánimo que ayuda a restañar heridas, que lo hace, como si la música crease comunidad, que las crea, como si la música fuese ese hilo que nos vincula a una realidad, a unos sentimientos, a un estado de ánimo. Con Maria Arnal en el escenario pasó eso y más, pues hay un sentimiento de mujer cuya traducción no es necesaria para los hombres, y a todo su público llega llano, sin más herramienta que las propias canciones. Mujeres en escena, bailarinas, historias de mujeres, una familiar fallecida cuando aún era joven, mujeres que ha conocido Maria a lo largo de su vida, con Safo a la cabeza, a la que reivindicó antes de concluir su concierto con la alegre Tictac impulsada por ese palpitar electrónico que es el pulso de su música. Tic tac, el tiempo ha traído otro disco de Maria Arnal. Ama se llama, ama son las siglas del nombre de la familiar que murió antes de tiempo, ama es amor y ama es madre en euskera, donde las madres son alma de una sociedad matriarcalista.

Se suele decir que Maria es una artista vanguardista, y quizás lo sean sus trabajos sobre la voz IA mediante la sintetización de los sonidos y la textura de sus ritmos, pero la entrega de tales trabajos y avances se antoja fácil, comprensible, llana, una historia que incluso parece que nos han contado y a la que a ella añade sensibilidad, espíritu, poder y fragilidad. Si vanguardia se asocia a dificultades formales, en Maria es un facilitar el hermanamiento de pop, sonidos de órgano, polifonías y regusto de canción popular que cose con una voz llena de fuerza, una preciosidad que sobrevuela crujidos, retales de ritmo o la simple ausencia del mismo, ensombrecido por esa voz que todo lo pauta, que todo lo une. Es la trama de Ama, su primer disco en solitario y eje de su concierto, que completó con temas como Meteorit Ferit, de su época junto a Marcel Bagés o con esa nana-saeta que como recordó en escena al presentarla, perdió un Goya formando parte del film La virgen roja. Poco más de una hora para enardecer al público con esa caricia que desmiente, si es que a estas alturas fuere necesario, que la electrónica, las voces procesadas y lo digital constituyen herramientas frías. Lo más digital puede ser tan cálido como gélido lo más analógico.

Con el puntual despliegue de unas plásticas coreografías, nada de gimnásticas posturas, ajena al vértigo, ponderada en su dinamismo y elegante en sus despliegues, Maria fue desde Madrigal casi sin ritmo a Espejo, con un suave dembow de fondo, pasando por Suspiros, con ese inicio titubeante que evoca a Meitei o la delicada Si te asomas, con una escenificación preciosa mediante un laser abriéndose sobre el escenario entre las voces, o ese repicar metálico, como de cacerola percutida de industrialización doméstica que sonó en Ama. Un cancionero que fue desgranando como una letanía de belleza irrevocable que también se acercó a los sonidos de la canción popular con Meua, la pieza de cierre del disco, una suerte de rúbrica para indicar de dónde venimos pese a nuestra fascinación por el futuro. Ese futuro que ya está aquí, que da forma a nuestra música y cuyo lenguaje dejó de ser incomprensible para filtrarse incluso en nuestras nanas. Maria Arnal forma parte de ese presente que se asienta entre el ayer, el hoy y el mañana.

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