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Tribuna:

España en perspectiva

Las opiniones sobre la España de hoy son variadísimas. Curiosamente, en el plano internacional resultan favorables, sin excepción. En la propia España, en cambio, hay para todos los gustos. Las críticas al Gobierno abundan, en ocasiones feroces. ¿Se puede decir entonces algo objetivo acerca de nuestra situación actual, ante tanta diversidad de juicios?

A escala mundial, España es desde hace un cuarto de siglo un país avanzado. En el terreno económico, goza de esa condición desde 1980, cuando en las clasificaciones del Banco Mundial entró a formar parte del grupo de naciones de renta per cápita alta. En lo político, se ganó ese calificativo casi por las mismas fechas, cuando el 23-F de 1981 superó con éxito el último pronunciamiento militar de una historia pródiga en ellos y que constituían una clara indicación de atraso.

Aunque las asonadas quedaron felizmente atrás, hoy hay, sin embargo, en la vida política unos enfrentamientos insólitos en un país desarrollado y que no se sabe si son una mera circunstancia coyuntural o si obedecen a razones que corren más a lo hondo. A la hora de ver lo fundado o infundado de las críticas, huelga decir que los países avanzados son bastante imperfectos y desde luego mejorables. Sus sociedades no son un modelo de igualdad y su economía avanza a trompicones, con amenazas constantes de desequilibrios. En cuanto a la ayuda al desarrollo de los más pobres, es más bien cicatera. Pero esos defectos no son más acusados en España que en otras partes.

Si se mira a la historia se comprueba, de modo muy patente en el caso de nuestro país, que las imperfecciones actuales son mucho menores que las de hace, digamos, cincuenta años. Cierto es que, pese al progreso, han surgido problemas nuevos: destrucción del medio, inmigración ilegal, dificultades energéticas, para no hablar del terrorismo internacional. Ello no impide reconocer, sin embargo, que, en términos históricos, cualquier tiempo pasado fue peor, lo que permite abrigar esperanzas de un mañana mejor. En esa tesitura, no parece que España en lo económico vaya a retroceder puestos en el ranking mundial. Más bien puede ganarlos, por más que no falten problemas, ninguno insuperable, en aspectos como inflación, paro, vivienda, competitividad y productividad, investigación, gasto social, balanza comercial, desequilibrios sectoriales.

Políticamente, hay más dificultades, al menos de momento. Destacan dos de ellas, a saber, la ordenación territorial y el posible final del terrorismo etarra. Ambos los ha abordado, con mejor o peor fortuna, el actual Gobierno, lo que le ha deparado descalificaciones y ataques de toda laya que no han hecho más que redoblar las acerbas críticas recibidas desde el comienzo de la legislatura. ¿Por qué tal cosa? Los motivos para pensar que esa situación es coyuntural radican en su punto de partida. Fueron las elecciones generales de marzo de 2004 las que al arrojar un resultado inesperado y celebrarse tres días después de los atentados islamistas de Madrid produjeron reacciones airadas en el hasta entonces gobernante Partido Popular. Su disgusto era comprensible, aunque no lo sea el que se mantenga transcurridos dos años. Esa continuidad en el enfado le ha conducido a un áspero y permanente enfrentamiento con el Gobierno, por todo o casi todo, con razón o sin ella.

Como esa situación no es nada grata, hay que confiar en que sea pasajera, pues no parece que pueda durar más allá de las próximas elecciones generales, donde, ganen o pierdan, los populares no podrán seguir jugando al catastrofismo. Si ganan, porque lógicamente se les pasará el enojo, y si pierden, porque su política de crispación quedará desautorizada. Pero mientras duren, ataques y enfrentamientos están teniendo tantos efectos negativos que cabe preguntarse si no habremos vuelto a ser un país diferente.

Así, ha resurgido en la fauna nacional una especie, la del energúmeno político o más bien mediático, que se creía extinta. También una parte de la Iglesia española se distingue de las demás al vocear unos afanes integristas que parecían superados desde el final del franquismo. Para mayor inri, en el Gobierno se produce en ocasiones una excesiva reacción defensiva que le lleva a un triunfalismo que sólo echa leña al fuego, como se pudo ver en inoportunas declaraciones sobre el Estatuto de Cataluña o también en iniciales y precipitadas afirmaciones sobre el proceso de paz en el País Vasco.

Analizarse bien a uno mismo, dicen los psicólogos, es tarea casi imposible. Algo parecido pasa con el análisis del propio país. Ortega decía que somos un sistema nato de simpatías y antipatías, por lo que es difícil no dejarse llevar por preferencias personales a la hora de juzgar a gobernantes y demás políticos. Aceptado, sin embargo, ese inevitable subjetivismo, sería aconsejable, tal como ocurre en otros países, una mayor templanza en nuestras opiniones, sean las que fueren. Una templanza que no quiere decir indiferencia y mucho menos abstencionismo. Sobre todo, el abstencionismo de quienes, aburridos ante las trifulcas de los políticos, piensan que todos ellos son unos incapaces. De extenderse, tal opinión obligaría a replantearse el antiguo tópico que, como tantas otras cosas, creíamos también desaparecido, el de España como problema.

Pero no seamos demasiado pesimistas. Pensemos en un escenario favorable a dos o tres años vista. La agitación sobre la presunta ruptura de la unidad de España se habrá calmado, una vez que funcionen sin quebranto los nuevos Estatutos de Autonomía, con el refrendo, esperémoslo, del Tribunal Constitucional. El proceso de paz habrá culminado, con los ánimos tranquilizados al comprobarse la inexistencia de un precio inaceptable. Nuestros políticos se dedicarán a otras cuestiones. A mantener un crecimiento económico alto, al tiempo que se corrigen desequilibrios e insuficiencias. A reducir en todo lo posible el drama de la inmigración ilegal, intensificando la cooperación europea y africana. A impulsar a la un tanto decaída Unión Europea. Y sobre todo, habida cuenta de nuestra geografía y nuestra historia, a tender puentes entre Occidente y los países musulmanes, cuyas difíciles relaciones son, junto a la pobreza extrema de centenares de millones de seres humanos, los verdaderos problemas del mundo de hoy y, por ende, de España. Quién sabe si entonces, afianzada nuestra condición de país avanzado, incluso llegaremos a evitar las terribles decepciones futbolísticas de hoy día.

Francisco Bustelo es profesor emérito de Historia Económica en la Universidad Complutense, de la que ha sido rector.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de julio de 2006