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Entrevista:MAUREEN DOWD | Periodista y autora del libro '¿Son necesarios los hombres?'

"La gente vota por el macho"

Maureen Dowd (Washington, 1952) incrementó su fama como periodista vitriólica y premio Pulitzer por sus trabajos sobre Mónica Lewinsky y Bill Clinton en su periódico, el New York Times, publicando un libro cuyo título, ¿Son necesarios los hombres?, ya es una provocación. Dowd, autora de Bushworld, está en España promoviendo la edición castellana de ¿Son necesarios los hombres?, publicada por Antonio Bosch.

Pregunta. Cita al humorista Seinfield: "Los hombres no son más que perros extremadamente avanzados", esperan lo mismo de sus mujeres que de su ropa interior: "Un poco de sostén y un poco de libertad".

Respuesta. Como mujer siempre me he hecho la misma pregunta refiriéndome a los hombres: no sé si los simplifico o los hago más complicados. Y lo que decía Jerry Seinfield era que las mujeres los hacemos más complicados de lo que son.

P. ¿Cree que somos "perros avanzados"?

R. No, no creo que seáis perros. Pero cuando eso lo dice un hombre es refrescante.

P. Y también cita a Dorothy Parker: "Cuando al fin seas suya, / temblorosa y suspirando, / y él te jure que su pasión es / infinita, eterna... / mujer, recuerda lo siguiente: / uno de los dos miente". ¿Siempre ha de ser la mentira la base?

R. Un amigo me dijo que el secreto es entender que el hombre se enamora con la vista y las mujeres por el oído. En cuanto a las relaciones, tengo una teoría: en los setenta hubo un pacto entre los hombres, al menos en Estados Unidos. Consistía en dejar de evolucionar.

P. Usted cita dos mujeres, Katharine Hepburn y Jane Fonda, como paradigmas de las que se dejan abducir.

R. Mujeres interesantes, inteligentes, poderosas. Ése era el mito. Me entró tanta tristeza al leer la autobiografía de Hepburn: tuvo que cambiar todas sus cualidades de mujer porque no le gustaban a Spencer Tracy. Lo mismo ocurrió con Jane Fonda. Representaba el poderío, la sensualidad; y en su autobiografía se describe como un camaleón ante cualquier hombre con el que estaba.

P. Hillary Clinton también figura en su nomenclatura.

R. Nunca hubiera llegado tan lejos en política si no hubiese ocurrido el escándalo Lewinsky. Tuvo muchos detractores que le achacaban ser demasiado controladora y poderosa. El escándalo le sirvió para tomar una actitud de víctima.

P. Dice usted que la historia del progreso de la mujer va en zigzag...

R. El feminismo duró un nanosegundo y las repercusiones han durado cuarenta años. En las elecciones norteamericanas de 1984 creíamos que iba a triunfar Geraldine Ferraro como segunda de Mondale, y ganó Ronald Reagan: la testosterona, el hombre como padre, el cowboy. Y eso es lo que le da la victoria a Bush, y a todos los presidentes: hombres muy machos que reducen a sus rivales haciendo creer que son sensibles, débiles, demasiado femeninos. Al final, la gente vota por el macho testosterónico.

P. Usted sugiere que, como especie, pudiera ser que los hombres se estén convirtiendo en algo del siglo pasado, que no servirán ni para la procreación. ¿Nos ve así?

R. Parte del libro es sátira. Quería darle la vuelta a los estereotipos del género. En la política de Estados Unidos, las mujeres no pueden llorar. Les puede perjudicar. Pero los hombres lo hacen y ganan puntos. Se dice que una mujer jamás podría ser presidenta en mi país porque estaría demasiado pendiente de su físico. ¡Pues Bush se pasó días haciendo ejercicio porque había engordado cuatro kilos! Y eso fue antes del desastre del Katrina. Sus consejeros no quisieron interrumpirle la dieta cuando lo del huracán: dejaron pasar dos días hasta que le pasaron las imágenes. También se dice que, por aquello de las hormonas, una mujer presidente sería demasiado peligrosa. ¡Pues Cheney está arrebatado por las hormonas, y nunca se sabe qué país va a invadir!

P. Más sátira: dice que ya es hora de liberarnos de todos esos hombres que nos consumen el oxígeno...

R. Sátira, en efecto. Un biólogo me contó un caso relacionado con los peces: había un montón de hembras en una pecera; quitaron el macho, y al poco tiempo una de las hembras cambió de color y de aspecto, empezó a producir esperma y se transformó en macho. Y decía este biólogo que, algún día, lo único que van a necesitar las mujeres es un pequeño frigorífico donde guardar esperma. Pero si las mujeres fueran las únicas supervivientes en el mundo, sería un desastre. Como decía un biólogo al que entrevisté para el libro: un banco de esperma jamás reemplazará una cama doble.

P. ¿Cree usted verdaderamente, como se dice en su libro, que los hombres serán un día declarados no aptos para tener posiciones de liderazgo?

R. La Administración Bush se ha encargado de demostrar que los hombres no son aptos para liderar el mundo. Han demostrado lo que se puede hacer con unas buenas dosis de testosterona.

P. ¿Y de veras tenemos las de perder, como género?

R. Lo que quiero significar es que no hemos solucionado la guerra de los sexos, y quizá no lo hagamos nunca. Pero sí sé que podemos aprender a apreciar la diferencia y a reírnos un poco más.

P. ¿Qué es lo que más se pregunta sobre los hombres?

R. ¿Por qué cuando leen el título de mi libro no asumen que la respuesta es un sí?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de junio de 2006