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Crítica:

El detective y los demonios

El novelista irlandés John Connolly publica El camino blanco, un nuevo título de la serie protagonizada por el detective Charlie Parker. En esta ocasión, el investigador se ocupa del caso de un joven negro condenado a la pena de muerte en Carolina del Sur.

Puede pensarse en la magnífica El ángel caído de William Hjortsberg (de 1978, llevada al cine por Alan Parker como la mediocre El corazón del ángel, con Mickey Rourke y Robert De Niro) como en el hito más o menos fundante de un subgénero a denominar policial-satánico. Es decir: la figura del clásico detective duro y noir súbitamente transplantado a comarcas donde el Diablo mete la cola. Más de un cuarto de siglo más tarde, allí están Michael Gruber (con su detective, Jimmy Paz de Miami, de visita en ceremonias vudú y bizarros ritos católicos), Daniel Hecht (creador del investigador parapsicólogo Cree Black) y, sobre todo, aquí está John Connolly.

Cuando Connolly (Dublín, 1968) publicó en 1999 la formidable Todo lo que muere presentando al atormentado policía neoyorquino Charlie Bird Parker no sólo ofreció un thriller con suficientes vueltas de tuerca y subtramas como para alimentar varias novelas sino que, de paso, comenzó a insinuar lo que no demoraría en llegar. Allí -sobreponiéndose al asesinato de su mujer y de su hija- Parker no se conformaba con ser apenas otro tipo torturado persiguiendo asesinos seriales. En Todo lo que muere ya se percibían toques extraños, Parker recibía sin pedir el don de "ver muertos" y "sintonizar" instrucciones desde el Otro Lado. Algo de eso volvió a sentirse en la un tanto deficiente El poder de las tinieblas (2000) y, sobre todo, a partir de Perfil asesino (2001). El camino blanco (2002) -una de sus mejores entregas hasta la fecha- no sólo cierra la historia que había quedado abierta en la novela anterior -las monstruosas proezas del Reverendo Faulkner, uno de los villanos más logrados desde Hannibal Lecter- sino que, también, propone un intenso drama racial y lanza guiños cómplices a los policiales "con gente poderosa" de Ross Macdonald. Y, definitivamente, impulsa a Parker hacia territorios sobrenaturales consagrando a Connolly como una notable mezcla de Raymond Chandler y Stephen King. Alguien con un más que atendible talento para delinear a su atípico héroe y a quienes lo acompañan caso tras caso (a destacar esa gran pareja de implacables ayudantes todoterreno que son los gay Angel y Louis) con una prosa muscular y funcional que no se priva de momentos cerebrales y líricos.

Luego de El camino blanco,

Connolly publicó una novela de horror puro y duro (Bad Men, 2003), incluyó una nouvelle protagonizada por Parker en su colección de relatos de terror Nocturnes (2004, con el ex policía explorando una casa embrujada) y, el año pasado, sucedió lo que se esperaba y lo que el lector en castellano disfrutará en 2007. En El ángel negro -donde al cocktail de serie negra y al azufre del maléfico Brightwell se le añade una rodaja de novela histórico-religiosa y cacerías por Europa- Parker confirma lo que él sospechaba y lo que, seguro, deseaban sus fans: saberse parte de maquinaciones fuera de este mundo en el que siempre -y quizá desde siempre- fue una suerte de avatar debatiéndose entre lo angelical y lo demoniaco. Y comprender que ha llegado el momento de, por los siglos de los siglos, elegir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de junio de 2006

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