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Crítica:

Francesas en la Corte

El ensayo de la historiadora Benedetta Craveri repasa el poder alcanzado por reinas, favoritas y cortesanas en Francia durante varios siglos hasta la Revolución de 1789. La autora mantiene que aquellas mujeres fueron poderosas a pesar de su marginación.

En un país donde, según las estadísticas que publica en Internet el Instituto de la Mujer (http://www.mtas.es/mu jer/mujeres/cifras/ta blas/W837.XLS), mueren en manos de sus parejas del sexo masculino un promedio de ocho mujeres por mes, resulta temerario rechazar por tendenciosos o exagerados los alegatos y denuncias de los colectivos feministas, lo mismo cuando se manifiestan abiertamente en su característico tono militante como cuando recalifican el sesgo de sus posiciones con la denominación "estudios de género". La discriminación y la violencia contra la población femenina sigue siendo una parte sustancial de la acendrada tradición del machismo ibérico. Es tan flagrante y grotesca la misoginia española -signo de una secularización incompleta que la modernización superficial y muy reciente de España sólo ha conseguido maquillar- que aún está pendiente la reparación de la condición inferior de la mujer en este país, reparación que desde luego queda apenas mitigada por la política de asignación de cuotas de poder aplicada por las últimas administraciones de populares y socialistas.

AMANTES Y REINAS: EL PODER DE LAS MUJERES

Benedetta Craveri

Traducción de María Cóndor

Siruela. Madrid, 2006

408 páginas. 19,90 euros

Ningún reclamo en cuanto a la condición de la mujer española está injustificado. Sin embargo, hay libros que permiten matizar y, si acaso, ponderar con elementos históricos y de análisis teórico menos militantes los consabidos y en gran medida justos reclamos del feminismo español con relación a la condición de la mujer en la historia de Europa. El trabajo de Benedetta Craveri, por ejemplo, permite recorrer la vida y la condición de algunas mujeres ilustres durante el periodo de la hegemonía francesa en la cultura europea, desde el reinado de Francisco I hasta la revolución de 1789, y comprender el papel decisivo que desempeñaron las mujeres en ese periodo pese a su condición marginal o subsidiaria. Más aún, Craveri muestra cómo esa condición desplazada u oprimida no fue en desmedro de la enorme influencia alcanzada por las mujeres en la sociedad de corte de la Francia absolutista, sino todo lo contrario.

Así pues, a partir de una lectura no victimista de la historia moderna, surge una reinterpretación de las figuras de reinas y amantes en la corte francesa, un medio donde, como es sabido, la ley sálica -que, dicho sea de paso, fue introducida en España por los Borbones- impedía a las mujeres acceder a la Corona y, por lo tanto, las mantenía alejadas de las decisiones de Estado. La tesis que defiende Craveri en su libro, minuciosa reconstrucción de las intrigas de palacio de la corte francesa y de la aristocracia del antiguo régimen, es que fue justamente la ley sálica la que, lejos de sustraer a las mujeres del poder político, hizo la influencia de estas cortesanas mucho más decisiva e incontrolable, hasta configurar un auténtico poder en la sombra. Marginadas sí; pero débiles, en absoluto.

En su origen, los textos reunidos en este volumen fueron concebidos como retratos biográficos de reinas, concubinas, favoritas y cortesanas francesas del siglo XVIII, desde Diana de Poitiers hasta María Antonieta, pasando por Catalina de Medicis y Madame de Pompadour. Se publicaron por entregas en el suplemento literario de La Repubblica. Esta circunstancia explica tanto el tono, muy ameno y coloquial, de los ensayos como la índole de los apasionantes relatos de las intrigas palaciegas narradas que es, al mismo tiempo, muy riguroso en cuanto a las referencias y las fuentes empleadas (principalmente epistolarios, crónicas y las frondosas memorias escritas por los protagonistas de la época) y estimulante como una novela de Dumas, aunque haya momentos en que la autora se desliza peligrosamente hasta terrenos que lindan con el puro cotilleo, por cierto, muy a tono con el contexto estudiado. Una de las virtudes de Craveri como historiadora -como quedó demostrado en una obra anterior (La cultura de la conversación, Siruela, 2003)- es su habilidad para reconstruir imaginativamente el pasado y para infundir al lector esa inocultable simpatía que siente por la aristocracia francesa.

Es un pasado un tanto novelesco, pero el libro será sin duda bienvenido por quienes disfrutan con una historiografía de rostro humano, aunque me temo que no complacerá a la ruidosa hueste que forman los descendientes de los sans-culottes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de junio de 2006

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